La hora de ir a la cama y la tregua del test vocacional
Los horarios en el hogar guardaban una rigidez matemática muy estricta en aquellos años de mi adolescencia.
El portón principal del edificio de apartamentos se cerraba de forma implacable a las 9:00 de la noche, y esa barrera física fue adoptada por mis padres como la hora oficial e inamovible para tener que regresar a casa.
Cuando yo era una niña, la realidad es que ese límite no me importaba en absoluto. Mi padre siempre repetía con firmeza en el comedor que "las niñas tenían que ir a las 9:00 a la cama", y yo había aceptado esa ley sin chistar durante toda mi vida. Además, existía una razón biológica muy simple detrás de mi docilidad: ¡sin importar a qué hora exacta me acostara, yo igual siempre tenía un sueño espantoso al despertarme!
Sin embargo, al alcanzar la frontera de los 15 años, la mente analítica me empezó a dictar que esa estructura ya no tenía el más mínimo sentido. Yo asistía con total entusiasmo a los grupos juveniles de la parroquia y lógicamente pretendía regresar un bache más tarde a mi cuarto, pero el cerco paterno no me lo permitía.
En 1975 me hicieron un test vocacional, cuyos detalles pertenecen a otro libro. Pero lo único verdaderamente bueno y rescatable que tuvo el test de la psicóloga del colegio fue que, como yo aproveché una de las preguntas sobre qué quería cambiar, o algo por el estilo, para escribir con total honestidad rústica que quería cambiar urgentemente esa imposición horaria, el informe profesional surtió un efecto milagroso en el mostrador del hogar: la hora de acostarse se flexibilizó de forma definitiva a partir de ese instante, ganando un mayor libertad para mis salidas nochturnas.
#1715 en Otros
#306 en Relatos cortos
#79 en No ficción
historias familiares, alegrías y tristeza, alegrías cotidianas
Editado: 20.10.2026