Las Visitas de Cuca
Recuerdo vivamente las épocas en que Cuca irrumpía en el apartamento nuestro. No sé con exactitud qué cosas hacía o decía entre cuatro paredes, pero lo cierto es que, tras largar de un tirón todo lo que la molestaba o la traía de mal humor, daba la media vuelta y se retiraba a sus aposentos sumamente aliviada y tranquila. La que quedaba temblando, con los nervios de punta y al borde del colapso era mi pobre madre, mofándose de la situación junto a las muchachas que trabajaban en las tareas de nuestra casa.
Poco tiempo después de aquella drástica venta de acciones de la empresa familiar, mi padre decidió invertir una parte del capital en solucionar de forma definitiva el gran dilema habitacional de nuestro hogar.
La necesidad de mudarnos era una urgencia matemática: el apartamento donde vivíamos sobre la calle Rivera ya nos quedaba chico. En ese entonces ya habían nacido todos mis hermanos menores; además, teníamos a Emilia y a Keika viviendo con nosotros de forma permanente, y siempre había alguna empleada extra trabajando en las tareas domésticas que ocupaba el cuarto de servicio. El espacio estaba colapsado.
Irene y yo dormíamos juntas en una habitación, mis padres, en otra, mientras que en el estar, un cuarto grande —que de día funcionaba obligatoriamente como dormitorio de noche y de día como estaba previsto— dormían Emilia, Keika y mis dos hermanas menores, Andrea y la Mona.
En ese entonces, las cuatro mayores éramos todas mujeres, nacidas en una zafra muy junta entre julio de 1960 y enero de 1966. La convivencia se defendía bien en el apartamento mientras éramos solo nosotras cuatro. Luego de que nació Nico, y mientras fue bebé, la convivencia se defendía entre dos niñas grandes y una cunita, además de Emilia y Keika.
Sin embargo, el quiebre absoluto llegó con los más chicos de la dinastía: mi hermano Nico nació mucho después, en 1970, y finalmente Isa llegó en 1974. Supongo con total certeza que ese último nacimiento en el setenta y cuatro fue el factor determinante que decidió a mis padres a iniciar la búsqueda urgente de una casa...
Pero en junio de 1974, al nacer Isa, la sexta de la dinastía, la situación logística se empezó a complicar de forma alarmante. Los primeros años, Emilia iba cada tanto a visitar a su propia casa o a visitar a su familia y eso descongestionaba un poco el ambiente, pero luego decidió quedarse a residir definitivamente en el apartamento y vendió esa casa Aquella parte del apartamento se volvió un laberinto de camas y, además, funcionaba como estar durante el día.
Por esa razón, estuvimos cerca de dos años enteros buscando una nueva propiedad en Montevideo. El traqueteo de las visitas inmobiliarias era eterno y los niños de la casa nos sabíamos de memoria una rima que repetíamos una y otra vez para matarnos de risa:
«¡Si le gusta a papá, no le gusta a mamá. Si le gusta a mamá, no le gusta a papá. Y, si les gusta a los dos, es muy cara!»
El ultimátum de mi madre
En ese periplo vimos algunas propiedades maravillosas. A mí, con mi ingenuidad de la infancia, me gustaban absolutamente todas. De las que recuerdo con más nitidez, una se ubicaba en una zona señorial, cerca de nuestro apartamento, y con el tiempo se transformó en la Embajada de Paraguay, que fue más adelante escenario de uno de los cuentos de El Período de Facto.
Otra quedaba justo a la vuelta, atrás del edificio donde residíamos, y años después creo que la compró un consorcio que la restauró como una residencia imponente; y una tercera joya arquitectónica se plantaba frente al Parque Rodó, que me dejó completamente encantada.
Cada vez que las vueltas de la vida me hacen pasar por esas esquinas de Montevideo, recuerdo con total claridad el día en que entramos a verlas.Finalmente, ante la indecisión crónica y el desgaste de las idas y vueltas, mi madre tomó una medida drástica. Mis hermanas aseguran que ella se plantó firme durante unas vacaciones en la costa de Rocha y sentenció con total entereza que no volvía a Montevideo hasta que mi padre comprara una casa de una vez por todas.
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Editado: 20.10.2026