Cuando uno intenta escarbar en lo más profundo de la memoria, los primeros recuerdos de la infancia siempre aparecen difusos, como envueltos en una neblina, pero cargados de una sensibilidad única. En mi mente, los primeros retazos que conservo de mi padre están estrechamente vinculados a su presencia física en la casa de nuestra niñez. Lo recuerdo como una figura enorme, un verdadero gigante protector que llenaba las habitaciones con su sola caminata.
Me viene de golpe a la memoria la nitidez de sus rasgos: su cabello oscuro, espeso, y sobre todo la intensidad de sus ojos.
Lo recuerdo en sus momentos de descanso en el living, o llegando a casa después de una larga jornada de traqueteo y trabajo, siempre con una palabra afectuosa o alguna salida ingeniosa de las suyas. En esa época de la vida, uno no comprende los problemas del mundo de los adultos ni las dificultades del día a día; simplemente se limita a observar y a absorber la seguridad que esos gigantes nos transmitían.
Esos primeros retazos de él son, sin duda, los cimientos de todo lo que vino después.
El versito del pollito
Uno de los recuerdos más antiguos y entrañables que conservo de mi padre está grabado en la penumbra del living del apartamento en el que vivíamos en Montevideo. Cuando el sueño se me hacía esquivo, él se sentaba pacientemente conmigo en la falda para hacerme dormir. Para lograrlo, me recitaba al oído un versito de su propia autoría; una rima de una dudosa calidad literaria, no lo voy a negar, pero que al día de hoy me calienta el alma con solo recordarla:
«¿Quién es ese pollito?
¡Oh! Es Anabelita,
que es de mamita
y es de papito».
Supongo que aquellas rutinas nocturnas ocurrían las noches en que yo sufría de pesadillas, aunque no necesariamente tenía que ser así; tal vez, simplemente, yo era una niña con dificultades naturales para conciliar el sueño.
Lo más tierno del asunto era el desenlace: cuando mi padre creía que yo finalmente había caído rendida, me levantaba con cuidado en sus brazos enormes y me trasladaba hasta mi cama. Lo curioso es que yo recuerdo perfectamente el trayecto y el calor de su pecho, lo que demuestra que no siempre estaba tan dormida como él pensaba.
La solución del Valium
Esos problemas infantiles para dormir se volvieron tan persistentes que, en mi niñez, terminaron llevándome al médico. Como solución, me mandaron tomar durante un tiempo una pastilla para dormir que resultó ser nada más y nada menos que Valium. Eran otras épocas de la medicina, claro está.
No recuerdo con exactitud cuánto duró aquel tratamiento, calculo que habrá sido un par de meses, pero la realidad es que la pastilla me regularizó el reloj biológico de forma santa y no volví a padecer de insomnio hasta que fui una mujer adulta.
El proyector de cine familiar
Mi padre era un hombre tecnológico para su tiempo y tenía un proyector de películas antiguo, un aparato mecánico imponente, muy similar a los que se pueden ver en internet.
Cada tanto, mis padres decidían transformar el comedor de la casa en una auténtica sala de cine de barrio. Él se encargaba de oscurecer por completo el ambiente, girábamos todas las sillas en dirección a la pared limpia y todos nos sentábamos a divertirnos en masa.
Teníamos un catálogo fijo de dibujitos animados en cinta: el Pájaro Loco, las Urracas Parlanchinas y varios otros que habremos visto fácil más de cien veces. Supongo que mi padre había conseguido esos rollos específicos en algún remate o negocio porque le parecerían sumamente divertidos para nosotros.
Con los años, lógicamente, me terminé aburriendo de ver siempre los mismos dibujos, pero el recuerdo de esos momentos de risas compartidas en familia me sigue pareciendo una de las cosas más hermosas de mi infancia.
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historias familiares, alegrías y tristeza, alegrías cotidianas
Editado: 20.10.2026