En mi alma guardo un recuerdo sumamente luminoso y de una gran paz, que aún me hace sonreír.
Mi padre era un apasionado del ajedrez y solía jugar largas partidas con Guillermo, el esposo de una de las primas de mi madre. Ellos venían seguido a nuestra casa junto a mis primos segundos para compartir el mostrador de los almuerzos dominicales.
En esas jornadas, mi padre y Guillermo se sentaban durante horas enteras en el living, disfrutando de sus silenciosas batallas sobre el tablero, mientras mi madre y su prima conversaban animadamente en el comedor y nosotros, el batallón de los niños, jugábamos por todos los rincones del hogar.
Se formaba casi una verdadera escalera cronológica de edades, que creo que era así: yo ocupaba el escalón principal por ser la mayor, luego venía mi hermana Irene. Le seguía la hija mayor de mi tía y, en el cuarto puesto se ubicaba Andrea, la tercera de mis hermanas. La esclaera continuaba con el mayor de los varones de mi tía, luego con Mona, la cuarta de mis hermanas, el menor de los varones de mi tía y, finalmente, se plantaba mi único hermano varón, Nico. No fue hasta varios años después que nacieron dos niñas más, una en cada familia.
Recuerdo con total nitidez que a veces me detenía a observarlos jugar al ajedrez en silencio. Me quedaba absorta, a mentros de la mesa donde los veía, en silencio por horas, preguntándome con profunda curiosidad por qué tardaban tanto en realizar un simple movimiento en el tablero. Hoy comprendo que la estrategia y la paciencia se cocinan con lentitud.
Aquella escalera de primos y hermanos que poblábamos el patio generaba una dinámica donde la ropa iba y venía constantemente entre las familias. Muchas veces, en mi fuero íntimo de niña, me preguntaba con intriga por qué razón mi madre no conservaba de forma sistemática la ropa de abrigo para que la heredara el integrante que venía inmediatamente abajo. Con el tiempo comprendí dos verdades inapelables en la casa: la primera, que los roperos domésticos no poseen una capacidad infinita. La segunda, que en el ajedrez uno tiene que tomarse el tiempo necesario para estudiar los posibles movimientos del adversario.
No es una tarea simple ser capaz de calcular y proyectar en el aire, sin sentarse a escribir en un papel, una serie de varios movimientos alternativos frente al tablero.
Siempre pensé que yo no servía para semejante despliegue de abstracción. Sé perfectamente que existen series de aperturas y jugadas predeterminadas que la gente memoriza y aplica de memoria, pero yo no me sentía capaz de prever matemáticamente todo lo que pudiera desencadenarse según la reacción del otro flanco. Me parecía simplemente inabarcable, a no ser que me sientecon papel y lápiz y haga toda la discusión de las posibles jugadas de cada contrincante. Pero, aún así, eso no parecía hecho para mí.
Sin embargo, el cerebro siempre nos guarda alguna sorpresa. ¡A mi edad, casi todas son malas! Pero, a los 66 años de edad, se me ocurrió la loca idea de empezar a aprender ajedrez de forma autodidacta a través de la plataforma Duolingo.
Creo haber realizado algunos progresos muy valiosos. ¡A fin de cuentas, tal vez no esté todo perdidopara mí!
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Editado: 20.10.2026