Tengo pocos recuerdos de esa mudanza, pero sé que Laura, una amiga de Irene, estaba emocionada por la posibilidad de poder ver bajar el piano por el balcón.
Como dije, una nueva vida comenzaba y habría que hacer varios ajustes. Al no vivir en el mismo edificio que el resto de la familia, ya casi no veíamos a Lila y Cuca, que eran las que quedaba en ese entonces. Las familias de Raúl y Chichí, la viuda de Victorio ya se habían mudado a dos casas hermosas.
Por otro lado, mis hermanos menores eran muy niños y se hicieron amigos de los hijos de los vecinos.
La casa nueva tenía un balcón y yo quería esa habitación, pero ese era un vestidor en suite con la habitación principal. En cambio, me dieron un cuarto al lado del vestidor. Era chico, pero era la primera vez que yo dormía sola. El cuarto de Irene que daba a la esquinay tenía ventanas a Bulevar Artigas y al jardín. Además, era mucho más grande. Así que en él pusieron un placard que ambas compartimos durante varios años, además de un baño para ambas.
Los traslados en mi infancia se presentaban sumamente resguardadas. Mi madre solía tener la constancia de llevarnos a la escuela en el automóvil; en su defecto, el transporte lo cubría de forma solidaria la madre de una de mis amigas.
Sin embargo, al cumplir los 12 años de edad, emocionada por una falsa sensación de independencia adolescente, y luego de pedirle e insistirle con total vehemencia a mi madre, logré que ella me otorgara el permiso para empezar a movilizarme de forma autónoma. Así arranqué a concurrir con mi hermana Irene, utilizando el ómnibus, a diversas actividades extracurriculares del calendario.
También empezamos también a trasladarnos a pie hacia el colegio y luego al liceo, cuya sede quedaba ubicada a una distancia de escasas cinco o seis cuadras del apartamento de mi padre.
No obstante, en cuanto finalizó la mudanza y nos instalamos en la nueva casa, la lejanía del lugar mostró ser compleja. La propiedad quedaba bastante lejos del centro de estudios, lo que determinaba que todos los hermanos tuviésemos que tomarnos obligatoriamente el ómnibus de línea para poder ir a estudiar.
Adaptarme a esa rigidez me costaba un montón en las mañanas. El transporte público manejaba un traqueteo implacable: los autobuses venían completamente llenos de gente y no nos paraban. Si uno no lograba pararse al firme en la vereda antes de las 7:35 de la mañana resultaba imposible subirse a ninguna unidad sino hasta pasadas las 7:50. Como yo no era una persona especialmente madrugadora, esa demora operaba en mi contra y terminaba siempre llegando tarde al liceo.
Pero, como la nueva casa quedaba bastante lejos, había que tomar ómnibus para ir al liceo. Eso me costaba bastante. Los autobuses venían llenos y, si uno no se los tomaba antes de las 7:35, ya no se los podía tomar como hasta 7:50. Como yo no era especialmente madrugadora, siempre terminaba siempre tarde al liceo.
El invierno añadía su crudeza al trayecto. Esperar al ómnibus en la parada de mañana temprano era fría. La parada en la que me bajaba quedaba a algunas cuadras del liceo. La caminata era poca pero, si una tormenta descargaba agua de forma fuerte en el asfalto, el líquido se me filtraba irremediablemente hasta el interior de los zapatos, y las medias se me empaparan por completo. Con ese frío y humedad en el cuerpo, me veía obligada a soportar las extenuantes horas de un colegio régimen doble horario de la mejor manera que pudiera en el banco de clase, una donde no habría calefacción. En ese tiempo, el liceo no nos permitía usar pantalones. Ignoro si eso aún es así.
Para coronar el asunto de los viajes en ómnibus, el retorno nocturno de las actividades de la parroquia —adonde yo concurría en mi juventud a cantar en el coro y a socializar en los grupos de jóvenes— presentaba su propio suspenso, puesto que perder el último ómnibus implicaba que tendría que caminar tres kilómetros y medio, sola y en la oscuridad.
Hoy en día, pensando en esos viajes, sonrío y me pregunto con total asombro qué tipo de lógica abstracta estaba habitando en mi cabeza cuando le suplicaba con tanto ahínco a mi madre que me quitara del confort del auto para dejarme andar en ómnibus...
La casa era maravillosa y tenía mi propio cuarto, el cual contraba con una cama, un escritorio que había sido de tata con su silla. Unos años más tarde se le sumó un pequeño mueble con llave para guardar mis papeles y libros. Creo que era de Cuca o Lila.
El sacrificio de vivir tan lejos valía la pena.
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Editado: 20.10.2026