Mi padre

El recitado sobre la creciente y la ventana de la dictadura

En junio de 1973, cuando las instituciones crujieron y se desató el Golpe de Estado en el Uruguay, mi papá tomó una decisión drástica y protectora: nos armó los bolsos de apuro y nos llevó a refugiarnos al campo.

Él temía profundamente que se desataran disturbios graves en las calles de Montevideo, y esa prudencia fue una de las muchas razones por las cuales yo pasé mi infancia sin saber muy bien lo que pasaba a mi alrededor.

Mientras la capital se sumergía en la oscuridad, en el campo todo parecía transcurrir con total normalidad. Aquel invierno fue implacable; llovió tanto y de forma tan seguida que el arroyo de la estancia experimentó una crecida descomunal, dejándonos prácticamente aislados en una isla de tierra. a calzada, un paso del arroyo que usualmente se inundaba, quedó completamente tapada por el agua. No podíamos salir a jugar bajo la tormenta y pasábamos los días como presos dentro del casco de la casa.

Nuestra única conexión con la civilización era una vieja radio a pilas. Por esos días, el cantante español Nino Bravo acababa de fallecer recientemente en un accidente de tránsito, y las emisoras pasaban sin cesar su canción póstuma: «América». Aquella melodía imponente nos daba un poco de alegría y color en medio del encierro obligado y la incertidumbre que se respiraba en el aire.

A pesar de la gravedad del contexto que nosotros apenas vislumbrábamos, mi padre se encargaba de blindar nuestra infancia a fuerza de ingenio. Recuerdo perfectamente una noche en la que estábamos todas metidas en la cama grande de mis padres junto a mamá.

Mi padre, buscando ahuyentar las sombras del temporal, se sentó al borde del colchón y nos recitó con total gracia un poema de muy dudosa calidad literaria que acababa de inventar, haciéndonos matar de la risa a todos:

«Cuando voy a la estancia en estos días

me quemo y me tuesto bien tostado,

de tanto andar a caballo

por esos campos secos y áridos.

(…)

¡Y hasta en la calzada hay que cavar hondo

para hallar... un poquito de humedad!»

Lamentablemente, no recuerdo la totalidad de ese recitado. Pero este es, de manera fidedigna, el tipo de recuerdo feliz que tengo grabado a fuego en el alma, y cuyas connotaciones e implicancias futuras serían, en ese momento de niñez, completamente insospechadas.

El veredicto de la profesora de Idioma Español

Al año siguiente, en 1974, ingresé a segundo año de liceo. En una de las primeras clases, la profesora de Idioma Español nos mandó como tarea escribir una redacción libre sobre nuestras vacaciones. A mí se me ocurrió volcar en el papel exactamente lo que había sucedido en la estancia tras el Golpe de Estado: el sitio del agua, los ríos desbordados y la manera magistral en que mi papá nos hacía descostillar de la risa en la cama a pesar de todo el temporal.

Cuando la profesora entregó los trabajos corregidos, ante mi absoluto asombro, se plantó frente a la clase y alabó mi redacción de una forma maravillosa. Recuerdo textualmente que comentó ante todos que yo había logrado pintar la unidad y la calidez familiar en momentos de crisis sin caer jamás en los clichés o lugares comunes de los escolares.

Aquella profesora no me caía bien y pensaba que el sentimiento era mutuo; veníamos arrastrando varios problemas de relación debido a mi escasa dedicación al estudio en esa época.

Sin embargo, mirándolo a la distancia en mi Mac, tengo que reconocerle una hidalguía enorme: ella fue la primera autoridad en notar y validar algo que a mí me tomaría varias décadas enteras descubrir por mi cuenta: que yo tenía una capacidad innata para escribir y conmover con la literatura.




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