Mi padre

La música de los setenta y la teoría del fósforo

A fines de los años sesenta y principios de los setenta, el mercado musical rioplatense experimentó un vuelco masivo hacia las canciones cantadas enteramente en idioma español. Muchas de aquellas melodías pegadizas hicieron una verdadera época en el mostrador de nuestra juventud y la gente las coreaba de memoria en todos lados.

Sin embargo, cada vez que esas canciones sonaban en la radio de la casa, mi padre contemplaba el aparato con un gesto de total desaprobación y sentenciaba de forma lapidaria:

«Gastan mucho fósforo...»

Aquella frase se convirtió en un misterio constante para mí; cuando finalmente me decidí a preguntarle a mi madre qué quería significar papá con esa curiosa expresión, ella me dio una explicación científica muy propia de las creencias de esos años: me aclaró que, según el saber popular de los mayores, el fósforo constituía un elemento químico absolutamente imprescindible para el correcto desarrollo de la inteligencia humana. Por lo tanto, el veredicto de mi padre implicaba que aquellos cantantes estaban quemando innecesariamente sus neuronas en composiciones vacías.

Hay que comprender la naturaleza de sus gustos: mi padre venía de la gran época del tango, un género cuyas letras resultan verdaderamente impresionantes cuando uno logra desglosarlas y entenderlas en su justa dimensión. Son auténticos e imponentes poemas de la cultura popular.

Y al día de hoy, debo reconocer científicamente que papá no andaba muy desencaminado en su opinión: a pesar de que muchas canciones de los setenta poseían un ritmo muy pegadizo que empujaba a la gente a cantarlas en bloque, en el plano de la lírica les faltaba una enorme dosis de imaginación y profundidad literaria.

Su creación fue un derroche de fósforo total, pero a todos nos gustan. Mi padre, como siempre, exageraba en sus juicios, por supuesto.

Les Luthiers

La realidad es que ha existido música verdaderamente hermosa en todas las épocas de la humanidad.

Les Luthiers, un grupo que realmente llama la atención por su humor inteligente, y que empezaba en esos años, hiczo una parodia de las letras de aquella época: "Besame muñequita, sha la la la", como se ve al final de un video en Youtube: El beso de Ariadna.

Las canciones de fines de los años sesenta y principios de los setenta configuran algunas de las melodías que más hondo han calado en mi gusto personal; piezas inmensas que la gente ha continuado cantando desde entonces en el pago, y que los hijos terminaron aprendiendo directamente de sus padres.

Guardo la firme esperanza de que la cadena no se rompa y que también los nietos las hereden en el fuero familiar. Tienen un valor afectivo para todos los de esa época. ¡Pero no dejo de reírme con las canciones de Les Luthiers!




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