La estructura económica de nuestra familia política y comercial venía de lejos. La empresa original había sido fundada por mi abuelo paterno, Raúl Costa Ibero padre, un hombre fuerte del pago que ya había fallecido para el momento en que yo nací. El negocio quedó en manos de sus hijos, de los cuales cuatro lograron llegar a la adultez. Lamentablemente, mi tío y padrino falleció cuando yo tenía apenas un año de vida, por lo que en mi mostrador de recuerdos de esa dinastía solo conservo con nitidez a mi tía Lila y a mi tío Raúl.
Yo tenía apenas 14 años de edad cuando mi padre tomó una decisión financiera drástica: vendió la totalidad de su parte y sus acciones en la empresa familiar. Yo era muy chica y no me enteré de los pormenores de aquella transacción hasta muchísimo tiempo después.
A partir de esa firma, el paquete accionario pasó a ser propiedad exclusiva de mi abuela paterna, Cuca, y de mis tíos Lila y Raúl. La viuda de Victorio había reclamado su parte cuando él falleció, lo que dio origen a líos y disputas de todo tipo.
Analizada a la distancia en la computadora, aquella determinación de mi padre fue, como decimos muy bien en el Uruguay, «pan para hoy y hambre para mañana». Consiguió una liquidez inmediata a costa de desmantelar su estabilidad a largo plazo.
Sin embargo, el primer efecto de ese dinero fresco en el hogar fue un espejismo de absoluta opulencia. Recuerdo patente el día en que mis padres me llamaron formalmente para hablar conmigo a solas sobre mi viaje de quince años. Yo iba caminando hacia la reunión con la cabeza totalmente resignada, convencida de que me iban a comunicar que el presupuesto solo daba para mandarme en ómnibus a Bariloche. Me iba a recibir la noticia con total conformidad, pensando que Bariloche seguro era un lugar muy lindo para conocer, ¡y qué enorme habrá sido mi alegría y mi sorpresa cuando me soltaron en la cara que sí, que tenían los fondos para mandarme a Europa!
En esos tiempos de mi juventud se estilaba a nivel social que las familias ofrecieran a las jóvenes una de dos opciones: o una gran fiesta de quince años o un viaje de placer. Yo, apelando a mi practicidad habitual, prefería mil veces un viaje —algo duradero que iba a disfrutar y atesorar en la memoria durante toda mi vida— antes que una fiesta tradicional, donde los que se iban a divertir más que nadie eran los demás. Tenía claro que en un salón yo iba a estar sumamente en tensión, tratando de atender a todos los invitados y cumpliendo con el protocolo en vez de simplemente disfrutar del baile.
Curiosamente, esa tensión que tanto quise evitar a los quince fue exactamente lo que me terminó pasando años después en mi propia fiesta de casamiento; como en mi adolescencia no había tenido ese festejo, asumí erróneamente que la boda era una especie de asignatura pendiente que debía cumplir, confirmando tarde y en el cuerpo mi hipótesis de juventud.
En un principio, yo deseaba con todas mis fuerzas viajar a Europa, pero mis padres ya me habían dicho rotundamente que no se podía por razones presupuestarias y me habían puesto sobre la mesa la alternativa de Bariloche.
Con ese panorama de austeridad en la cabeza, recuerdo patente el día en que mis padres me llamaron formalmente para hablar conmigo a solas. Yo iba caminando hacia la habitación con el espíritu totalmente resignado, convencida de que me iban a comunicar los detalles de mi traslado en ómnibus hacia el sur argentino. Me disponía a recibir la noticia con total conformidad, pensando que Bariloche seguro era un lugar muy lindo para conocer, ¡y qué enorme habrá sido mi alegría y mi sorpresa cuando me soltaron en la cara que podían mandarme a Europa!
En ese tiempo, yo o no tenía la más mínima idea de la debacle familiar y financiera que nos esperaba. Por eso, ese mediodía salí feliz y radiante de esa habitación, saboreando el viento en la camiseta sin sospechar el precipicio estaba cerca.
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Editado: 20.10.2026