Mi padre

El brazo dolorido y el tirón a prepo. Sobre los dolores y las penas de amor

Entre mis recuerdos escolares recuedo muy vívidamente algo que sucedió en las clases de educación física. Mi padre ocupa un lugar central y, sin realemetne pretenderelo, me enseñó una gran lección.

Un día, nos encontrábamos realizando carreras de velocidad adentro de un gimnasio cerrado. Muchos almanaques después, gracias a una foto antigua que una compañera tuvo la amabilidad de subir a Facebook, logré recuperar la visualización exacta de la ropa que usábamos en gimnasia en aquellos tiempos de juventud.

Durante la competencia, yo iba corriendo tan rápido que, al llegar al final de la pista, la velocidad me ganó y tuve que poner el brazo con fuerza contra la pared para lograr detenerme a tiempo. Conclusión: la articulación se me lesionó de inmediato. Curiosamente, a otra compañera de la clase le ocurrió exactamente el mismo percance ese mediodía, y como toda la atención y los mimos del grupo se concentraron en ella, nadie en el salón notó mi pequeño accidente.

Durante los días siguientes, yo caminaba de forma discreta con el brazo completamente doblado a la altura del pecho; me dolía horriblemente cada vez que intentaba estirarlo, por lo que fui adoptando esa postura de protección.

Ya había pasado más o menos una semana desde el golpe cuando mi padre notó el detalle en la mesa de casa. Al ver que llevaba el miembro rígido y encogido, y que el malestar iba en aumento, no anduvo con vueltas: lo agarró con firmeza, le dio un tirón seco y me hizo estirar el brazo a prepo.

En ese milimétrico segundo vi las estrellas del dolor y pegué un grito.

¡Pero aquello milagrosamente me curó!

Mi mentalidad científica me hizo entender el fenómeno después: el músculo estaba cada vez más adolorido y contraído debido a la posición antinatural en la que yo lo mantenía para esquivar el sufrimiento. Al distender el brazo por la fuerza, el músculo finalmente se relajó, las fibras se acomodaron y el dolor empezó a aflojar de forma paulatina hasta desaparecer por completo a los pocos días.

Sobre los dolores y las penas de amor.

A raíz de aquella experiencia rústica con mi brazo dolorido, eventualmente logré descifrar una gran verdad en mi computadora mental: a veces, para curarnos definitivamente de un dolor profundo, tenemos que pasar obligatoriamente por otro impacto que puede llegar a ser momentáneamente muy fuerte. Si no asumimos ese asunto y nos quedamos encogidos en una postura de falsa protección, cada vez vamos a estar peor.

Cuando fui mayor y me tocó caminar por las complejas avenidas de la vida adulta, pasé por una pena de amor muy grande que me dejó el ánimo en el piso. En ese momento aprendí de la peor manera posible la máxima científica de que lo que no te mata, te hace más fuerte. Ahora sé que si esa primera fractura emocional no logró destruirme, ya no lo iba a hacer la próxima tormenta ni ninguna de las siguientes.

Muchas personas me preguntan a menudo, conociendo las distintas peripecias y pérdidas que me han tocado enfrentar en el mostrador de la vida, cómo hago para mantener una postura tan valiente y entera ante los golpes. Yo creo que el secreto radica en que entendí, tarde o temprano, que el dolor siempre disminuye con el tiempo —aunque la cicatriz quede latente en el fondo— y que, por lo tanto, es mucho mejor acelerar el trámite del sufrimiento en lugar de estirar la agonía.

Si la experiencia nos indica con total claridad cómo terminaremos, ¿qué sentido tiene retrasar el proceso?

Es mejor llegar a la brevedad aunque, claro, es más fácil decirlo que hacerlo.




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