Mi padre

Apendicitis

Le dije a mis padres en el comedor que me dolía mucho la barriga. Lo siguiente que recuerdo con nitidez forense fue que me sacaron de la casa envuelta de apuro en una frazada rústica; era mitad de julio, pleno invierno en Uruguay. La siguiente imagen que guardo en las carpetas de mi memoria es que estaba ya internada en el hospital y tomé la firme decisión de dormirme por mí misma en la cama, antes de que los enfermeros me dieran una inyección ya que sospechaba analíticamente que venía eso.

Me desperté sobresaltada en mitad de la noche, diciéndole a mi madre, que pasaba la guardia conmigo en santa paz: “¡Qué noche más larga!”. La noche no lo era en absoluto, sino que yo me había dormido muy temprano en esa internación. Al mirarme, tenía la barriga toda roja en la superficie. A los años, estudiando en el escritorio, entendí con ojo científico que aquella coloración era mercuriocromo, que se utilizaba de forma masiva en la época como antiséptico en los sanatorios.

Mi cumpleaños de 7 años

Ese día de mi cumpleaños yo estaba aún convaleciente en el hogar. No había caminado un solo metro desde la operación de apendicitis, que había tenido lugar pocos días antes.

Mi maestra de 1º de la escuela, la hermana Goretti, a la que yo adoraba, vino de visita a casa a visitarme. Creo que fue la única vez que una docente se preocupé lo suficiente como para perder tiempo en venir de visita. Esa hermana era realmente amorosa. En su honor y para lucirme en el mostrador, me armé de valor y me animé a ir caminando desde un sillón hasta el de enfrente en el living de mi casa.

A partir de ahí, ya rompí la inercia y seguí caminando sola por el comedor. Al principio lo hacía completamente doblada por la rigidez de los puntos, pero luego ya lo hice normalmente en el asfalto diario.




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