Cuando se giraron Anna había desaparecido, en su lugar estaba Lykar.
— Normalmente la gran fisura no se abre, está pero, permanece invisible. — Se volvió hacía ellos— La única manera de despertarla es estar en el lugar adecuado, en el momento adecuado.
Unai frunció el ceño.
— ¿Solo existe una?
Lykar negó con la cabeza.
— No. Hay muchas aperturas repartidas por todo el Umbral. Son heridas antiguas, aunque algunas son tan débiles que apenas duran un instante; otras ni siquiera llegan abrirse. Pero hay unas pocas — hizo una pequeña pausa— que todavía conservan suficiente fuerza para conectar ambos mundos.
Empezó a caminar en a la dirección opuesta.
— Una de ellas está cerca.
El bosque se fue cerrando a su alrededor. Las ramas se entrelazaban sobre sus cabezas y el aire se volvió más fresco. El suelo estaba cubierto de hojas secas que crujían bajo sus pasos, y de vez en cuando el canto de algún ave nocturna rompía el silencio.
Después de unos diez minutos llegaron a un pequeño claro. No había nada especial. Un círculo irregular de piedras cubiertas de musgo emergía de la tierra como si llevasen siglos allí. Algunas estaban inclinadas, otro medio enterradas entre las raíces de los árboles. No había símbolos ni inscripciones. Ni siquiera parecían colocadas con un propósito concreto.
Mar parpadeó. Aquello era…decepcionante.
— ¿Aquí? — preguntó
— Aquí.
Miró alrededor otra vez. Parecía un rincón cualquier del bosque.
— ¿Qué hora tienes Unai?
— Las ocho menos cuarto. — miró el móvil.
Lykar asintió.
— Entonces aún tenemos tiempo.
Se dejó caer sobre la hierba y acomodó sus patas traseras.
— Poneos cómodos. La fisura solo se puede abrir cuando la luna alcanza el punto más alto del cielo. Antes de eso…esto no es más que un grupo de piedras viejas.
Lucas observó el claro.
— ¿Y quién decidió que una puerta entre mundos tuviera un horario específico?
Una sonrisa apenas perceptible apareció en la mandíbula de Lykar.