Sangre de Dioses y Reyes

Capítulo XXIV.

Camino Real del Este, Bastión de la Aurora,
En las Puertas de Arduin,

Aelron espoleó a Brisa-de-Hierro, su yegua cenicienta, estaba en la última curva del serpenteante del camino real. El alba, todavía era joven, y este, esparcía un oro tímido sobre las losas musgosas que bordeaban la calzada. Y entonces —como un ejército de titanes alzándose de la memoria,— los 33 Montes de Arduin se revelaron ante sus ojos cansados. El paladius Aradius, el título que tenia como Paladin y guardian, se sentía como una carga horrible en su interior, y su corazón le martilleaba con una mezcla de reverencia y urgencia. Cada pico, estaba coronado por cúpulas calizas y estandartes blanquiazules que parecían custodiar un fragmento de la historia élfica… y, al mismo tiempo, juzgar a todo viajero que se atreviera a cruzar su perímetro sagrado. El jinete se detuvo un instante, tragando el nudo de polvo y ansiedad que se le había formado en la garganta: había fracasado en proteger a la Isharnati'Isharni'Ushvaeri. Y ahora debía entrar en la joya de la corona Vaelorniana cargando un mensaje de desgracia.

A sus espaldas, dos exploradores del destacamento de la guardiania de los Bosques​ —rostros tensos y armaduras cubiertas de polvo del camino— mantenían las riendas cortas a sus monturas. Nadie hablaba. ¿Pues, qué palabras podían llenar el vacío dejado por una Elegida del Sol y la Luna secuestrada y una Sacerdotisa flamígera desaparecida? Solo se oía el crujir de los arreos y el siseo constante del viento entre cipreses que rompían ese silencio que se sentía a culpa.

Aelron alzó la vista.

En la distancia, por encima del arco principal de la muralla oriental de la Ciudadela, se distinguían los enormes muros concéntricos de Arduin, aquellos mismos que el viejo maestro de cartografía describía en las aulas del Alcázar de los Cien Libros como... “tres anillos concéntricos de granito nacarado, símbolo visible del pasado, presente y futuro del reino”. Más allá de la tercera muralla, recortándose contra el cielo lívido, emergían las torres esbeltas del Palacio Real, como lanzas de mármol queriendo pinchar las nubes.

—Nada ha cambiado —murmuró, consciente de la amarga ironía.

Y, sin embargo, todo pendía de un hilo.

Porque si aquel Elfae, aquel elfo de la casta de los Ulvaeh de nombre Kaelthir —aquel individuo, de ojos carmesi como la sangre que fluía en su interior— había reaparecido, la quietud aparente en todo el Reino de Vaelorn y sobre todo, en su Capital, Arduin, podía estallar en mil añicos. Aelron rememoró la silueta de Eloria cuando se la llevaron, el relámpago azul que devoró a Ilariel a punta de golpes, la imagen de aquel Ulblatanah de piel azul oscura y ojos carmesí. Cada imagen punzaba como un alfiler en el costado. Fue en ese momento, que una bocanada de aire frío le devolvió al presente. Apretó los muslos contra el lomo de Brisa-de-Hierro y reanudó la marcha. Las puertas gigantescas, custodiadas por dos colosos de bronce con lanza y escudo, se abrieron tras los preceptivos toques del clarín. El estandarte oficial —escarlata, con el halcón plateado de la guardia Nor-oriental— flameaba sobre su cabeza, otorgándole paso sin más preguntas: él era Aelron, capitán y Paladin de frontera, orgulloso veterano de cien campañas… y por desgracia, portador de malas noticias. Mientras cruzaba la bóveda de entrada, un temblor involuntario le recorrió la espalda. Contempló, con súbito vértigo, el mosaico de callejuelas, puentes colgantes y canalillos que descendían en espiral desde los montes hacia el corazón de la urbe. Aquella retícula ordenada y bella no era solo arquitectura; era la expresión tangible de siglos de dogma, jerarquía y sacrificios en nombre de los 12 y del trono. Y ahora, él llegaba para anunciar que un espectro del pasado —un miembro de los antiguos elfae, quizá terrible, quizá importante que la historia oficial y los mitos, daba por supersticion,— se había alzado de nuevo.

Se ajustó el broche del manto, sintiendo el metal frío contra el cuello. Debía presentarse en el Cuartel Central de la Guardia Cívica antes de que la sombra de la primera torre tocase la avenida de los Lágrimas Plateadas. Después, entregar un informe sellado, de lo ocurrido al carruaje que había partido con el, y sobre todo, notificar al palacio real y despues… que los dioses dispusieran. Pero en lo hondo de su pecho, una certeza latía como un tambor de guerra:

«Si los 33 montes vigilaban, también recordaban. Y si recordaban, también podrían sentir el temblor que hoy agitaba su pulso, y pronto, aquel pulso, sacudiría los cimientos mismos de aquellos 33 montes.»

La comitiva que lo había acompañado desde la entrada, se internó por la gran avenida entre pasillos de fresnos y fuentes que brotaban en cascada. Los primeros ciudadanos matutinos —mercaderes con carros de flores, escribas con tablillas de cera, aprendices con pergaminos,— se apartaban a ambos lados, saludando con rapidez a la patrulla. Nadie notaba el temblor en los dedos de Talanthir, ni la sombra que velaba sus ojos. Aún no. Solo veían cierto atisbo de preocupación, y otros, por su parte solo lo observaban con extrañeza y se preguntaban. ¿Que le habría sucedido?

Sin embargo, fuera de las disquisiciones internas de todos sus espectadores, Aelron exhaló despacio, apartó los miedos a un rincón de la mente y espoleó una vez más a Brisa-de-Hierro.

Su misión, pensó, apenas habia comenzado.

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15 minutos después,
Avenida de las Lágrimas Plateadas,
Heliopol,
Primer Anillo Interior de Arduin,

El rumor de las fuentes escalonadas se mezclaba con el repicar de herraduras mientras Thalantir enfilaba la gran arteria imperial. A ambos lados, las columnatas de mármol verde —testimonio de guerras remotas ganadas a los reinos Omenki del Este— sostenían balcones labrados con filigranas de plata. Entre los arcos, mercaderes desplegaban rollos de seda, mendicantes declamaban viejas leyendas y niños saltaban sobre mosaicos que narraban la fundación de Vaelorn.




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