Una fecha escrita

Capítulo 12 Elegirse

Amara

La mañana de mi boda desperté antes de que sonara la alarma.

Permanecí inmóvil unos segundos mirando el techo de una habitación que ya no se sentía prestada hasta que recordé qué día era. Entonces mi corazón decidió despertarse también.

Me iba a casar.

No dentro de unas semanas. No como aquella propuesta absurda que Augusto había hecho mientras intentaba reorganizar mi vida después de la muerte de mi abuelo. No como una cláusula escrita por abogados.

Ese día.

Con Axel.

Me cubrí el rostro con las manos y respiré profundamente. Nada había cambiado durante la noche. Seguía pensando que aceptar el acuerdo había sido la decisión correcta. Confiaba en Axel, me sentía segura con él y, después de las últimas semanas, sabía que incluso me gustaba compartir mi vida con él.

Quizá ese último punto era precisamente el problema.

Me levanté y fui al baño. La mujer que me devolvió la mirada desde el espejo tenía el cabello desordenado, los ojos todavía hinchados por el sueño y una expresión que no se parecía en absoluto a la serenidad que había intentado conservar durante las últimas semanas.

—Vas a sobrevivir.

Me lavé el rostro.

No ayudó demasiado.

La boda sería pequeña.

Ese había sido uno de los pocos asuntos en los que Axel y yo estuvimos completamente de acuerdo desde el principio. Augusto habría organizado una celebración para cientos de personas si se lo hubiéramos permitido, pero finalmente aceptó reducirla a familia cercana, algunos amigos, Nick, Teresa y poco más.

La ceremonia se realizaría en su casa.

En el jardín que había diseñado su esposa.

Eso último había sido idea mía.

Cuando se lo propuse, Augusto permaneció callado durante tanto tiempo que pensé que había cometido un error. Después simplemente dijo que sí y abandonó la habitación.

Axel me contó más tarde que su abuelo había pasado casi una hora solo en aquel jardín.

No volvimos a mencionarlo.

Mi vestido tampoco era exagerado. Blanco, largo, de cintura definida y falda ligera. Las mangas de encaje llegaban hasta las muñecas y el escote era suave. Nada de pedrería excesiva ni una cola que necesitara tres personas para moverse.

Lo había escogido porque me hacía sentir hermosa.

No porque pareciera el vestido correcto para una novia Valmore.

Mientras la estilista terminaba mi cabello, comprendí algo que no había considerado al elegirlo.

El matrimonio podía tener fecha de vencimiento.

Aquel día no.

Formaría parte de mi vida incluso cuando todo terminara.

No quería recordarlo sintiendo que había estado disfrazada.

Victoria llegó a media mañana.

Eso sí me sorprendió.

La madre de Axel apareció en la habitación con un elegante vestido azul oscuro y el cabello perfectamente arreglado. Nos habíamos visto algunas veces después de aquella primera cena y, aunque su trato conmigo había mejorado, todavía existía cierta distancia.

—Espero no interrumpir.

—No. Pasa.

Cerró la puerta y me observó durante unos segundos.

—Estás muy bonita.

La sinceridad de su voz me tomó desprevenida.

—Gracias.

Victoria abrió el bolso.

—Quería prestarte algo.

Sacó una pequeña caja.

—No es necesario.

—Lo sé.

Sonreí.

Aquella frase parecía hereditaria en los Valmore.

Abrió la caja y descubrí unos pendientes pequeños de perlas rodeadas por diminutos diamantes.

—Son preciosos.

—Eran de mi madre. Los llevé el día de mi boda.

Levanté inmediatamente la mirada.

—Victoria, no creo que deba...

—Quiero que los uses hoy.

Había firmeza en su tono.

Definitivamente Axel había heredado aquello de algún lugar.

—¿Por qué?

Su expresión no cambió, pero tardó unos segundos en responder.

—Porque eres la mujer con la que mi hijo decidió casarse.

La frase tenía más peso del que parecía.

No dijo que comprendiera nuestro matrimonio. Tampoco que estuviera de acuerdo con él.

Pero había reconocimiento.

Tomé la caja.

—Gracias. Los cuidaré.

—Sé que lo harás.

Victoria se quedó mirándome.

—Axel nunca hace nada que realmente no quiera hacer, Amara. A veces puede parecer lo contrario cuando Augusto o su padre están involucrados, pero créeme: si está aquí hoy es porque decidió estar.

Pensé en las últimas semanas.

En sus besos.

En su mano en mi cintura.

En aquel porque me importas que todavía aparecía en mi cabeza en momentos inconvenientes.

—Lo sé.

Victoria asintió.

Cuando llegó a la puerta la llamé.

—Gracias por venir.

Se volvió.

Por primera vez desde que la conocía, su sonrisa no pareció medida.

—Bienvenida a la familia, Amara.

Y salió.

Me quedé mirando la puerta.

Aquello sí no lo esperaba.

Augusto apareció poco después.

Sin tocar.

Naturalmente.

—Deberías aprender modales.

—Tengo casi ochenta años. Ya es demasiado tarde.

Sonreí mientras se acercaba.

No dijo nada durante varios segundos.

Simplemente me miró.

Después algo cambió en su expresión.

—¿Qué?

Negó lentamente.

—Alfredo habría estado insoportablemente orgulloso.

Tuve que bajar la mirada.

—No hagas eso.

—¿Qué hice?

—Hacerme llorar antes de la boda.

—No era mi intención.

Lo miré.

Augusto sonrió apenas.

—Quizá un poco.

—Eres terrible.

Tomó mis manos.

La sonrisa desapareció.

—¿Estás segura?

Parpadeé.

De todas las personas que esperaba que me ofrecieran una salida aquel día, Augusto ocupaba el último lugar.

—Sí.

—Amara, no tienes que hacerlo porque yo lo propuse. Tampoco por la promesa que hice a Alfredo ni porque ya estés viviendo con Axel.

—Lo sé.

—Necesito escucharlo.

Respiré.

—Quiero casarme con él.




Reportar




Uso de Cookies
Con el fin de proporcionar una mejor experiencia de usuario, recopilamos y utilizamos cookies. Si continúa navegando por nuestro sitio web, acepta la recopilación y el uso de cookies.