Una fecha escrita

Capitulo 18 La inversión

Amara

Preparar una presentación para Axel resultó bastante más intimidante de lo que quería admitir.

No porque creyera que fuera a humillarme o a utilizar mis errores para demostrar que sabía más. Precisamente lo contrario. Sabía que iba a escucharme con atención, revisar cada número y hacer preguntas que probablemente nadie más se atrevería a hacer. También sabía que, si al final aceptaba invertir, sería porque realmente creía en el negocio.

Eso era exactamente lo que había pedido.

Y ahora quería arrepentirme un poco.

Pasé casi toda la semana preparando proyecciones, revisando costos, hablando con proveedores y calculando escenarios que antes apenas había considerado. Descubrí rápidamente que abrir un estudio y hacerlo crecer eran dos problemas completamente distintos. El primero podía resolverse con entusiasmo, trabajo y una cantidad razonable de dinero. El segundo necesitaba estructura.

Cuando llegué al despacho de Axel el viernes por la noche, llevaba el computador bajo un brazo y una carpeta gruesa contra el pecho.

Él estaba sentado detrás del escritorio.

Levantó la mirada.

—Puntual.

—No empieces.

Una sonrisa pequeña apareció.

—No he dicho nada malo.

—Todavía.

Me senté frente a él y abrí el computador.

Axel cerró el suyo.

Ese gesto me tranquilizó más de lo que debería.

Toda su atención quedó en mí.

—Cuando quieras.

Respiré.

—Antes de empezar, quiero establecer algo.

—Adelante.

—No puedes ser condescendiente.

Su expresión cambió apenas.

—No suelo serlo.

Lo miré.

—Axel.

—Bien. Continúa.

—Tampoco puedes aceptar solo porque somos esposos.

—Eso ya lo hablamos.

—Quiero escucharlo otra vez.

Axel apoyó los brazos sobre el escritorio.

—Si el negocio no tiene sentido, no voy a invertir.

—Perfecto.

—Y si sí lo tiene, tampoco significa que aceptaré exactamente las condiciones que propones.

Fruncí el ceño.

—¿Ya estás negociando?

—Todavía no has empezado.

—Eres irritante.

—Eso tampoco estaba en la presentación.

Respiré otra vez.

—Bien. Empecemos.

Una hora después quería golpearlo.

No de verdad.

Probablemente.

—Ese crecimiento es demasiado optimista —dijo Axel.

—No lo es.

—Estás proyectando un aumento de clientes del cuarenta por ciento en seis meses.

—Porque Monteluna me dará visibilidad.

—Puede darte visibilidad.

—Me la dará.

Axel se recostó en la silla.

—Eso es confianza. No proyección.

—Tengo conversaciones con otros dos clientes potenciales.

—Conversaciones no son contratos.

—Lo sé.

—Entonces no los pongas como ingresos probables.

—No están como probables. Están en el escenario medio.

—Y yo los movería al optimista.

Lo miré con irritación.

—¿Siempre eres así?

—Cuando alguien me pide dinero, sí.

—No estoy pidiendo una donación.

—Precisamente.

Deslicé la hoja hacia mí.

—Bien. Los muevo.

Axel no sonrió.

Eso casi me molestó más.

Había esperado que disfrutara ganando.

No parecía interesado en eso.

Solo en que los números funcionaran.

Continuamos.

Revisó costos de contratación, márgenes, proveedores, tiempos de pago y una proyección de caja que yo había tenido que rehacer tres veces antes de enseñársela.

Cuando llegamos al final, me dolía la cabeza.

—¿Terminaste? —pregunté.

Axel miró nuevamente una de las hojas.

—Casi.

—Llevas diciendo eso veinte minutos.

—Porque sigues dejando cosas que preguntar.

—Pensé que querías invertir, no hacer una auditoría.

—No son lo mismo.

Me crucé de brazos.

—Habla.

Axel cerró finalmente la carpeta.

—Quiero invertir.

Me quedé quieta.

Había esperado esa respuesta.

Aun así, escucharla produjo una mezcla extraña de alivio y orgullo.

—¿Sí?

—Sí.

—¿Porque es buen negocio?

—Porque puede serlo.

—Eso no sonó tan emocionante.

—No estoy aquí para emocionarte. Estoy aquí para evitar que pierdas dinero.

Sonreí a pesar de mí misma.

—Entonces aceptas la cifra.

—No.

Mi sonrisa desapareció.

—¿Qué?

Axel abrió otra hoja.

—Estás pidiendo demasiado poco.

Parpadeé.

—Perdón.

—Si vas a crecer, hazlo de verdad.

Señaló mis proyecciones.

—Con lo que estás solicitando puedes contratar dos personas, cubrir equipos y sobrevivir varios meses. Pero si Monteluna funciona como esperas, en menos de un año vas a volver a necesitar capital.

—Eso no es necesariamente malo.

—No. Pero sí innecesario si ya sabes que vas a necesitarlo.

—¿Cuánto propones?

Dijo una cifra.

Lo miré.

—Eso es casi el doble.

—Lo sé.

—No necesito tanto.

—Todavía.

—Axel.

—Escúchame.

Su tono cambió.

No era autoritario.

Era el empresario.

El mismo hombre que había construido algo fuera de su familia y sabía exactamente qué estaba viendo.

—Tu problema no es abrir el estudio. Eso ya puedes hacerlo. El problema es que estás calculando para no fracasar cuando deberías estar calculando para crecer.

Me quedé en silencio.

—Si aceptas Monteluna y sale bien, necesitarás más personal. No quieres contratar a cualquiera porque estarás desesperada. Tampoco quieres rechazar otro proyecto porque no tienes liquidez. Necesitas margen.

—Eso aumenta tu participación.

—No necesariamente.

Fruncí el ceño.

—¿Entonces qué quieres?

Axel se apoyó en el escritorio.

—Un porcentaje menor del que pensabas ofrecer.

Lo miré todavía más confundida.

—Eso no tiene sentido.

—Sí lo tiene.

—Si pones más dinero deberías recibir más participación.

—Si quisiera maximizar el retorno, sí.




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