Una fecha escrita

Capitulo 21 Elegirte

Axel

Veintidós días podían ser muy poco tiempo.

También podían ser demasiado.

Durante las dos semanas siguientes intenté no pensar en la fecha del contrato. Trabajé. Cerré acuerdos. Terminamos de asegurar Cárdenas y el consejo aprobó una revisión profunda de la empresa antes de cualquier intento de venta. Mi padre aceptó finalmente que yo asumiera un puesto temporal dentro del comité estratégico, aunque dejamos claro que no significaba mi regreso definitivo al grupo.

Todo eso debería haber ocupado suficiente espacio en mi cabeza.

No lo hizo.

Amara seguía allí.

Cada mañana.

Cada noche.

En mi habitación.

En mi casa.

En mi vida.

Y cuanto menos tiempo quedaba, más difícil se volvía fingir que aquello no importaba.

La diferencia era que ya no evitábamos el tema.

No constantemente, al menos.

Habíamos hablado una vez y bastó para cambiar muchas cosas. Amara sabía que no quería que se fuera. Yo sabía que ella no quería irse. Pero ninguno había dicho qué significaba eso después del contrato.

Y empezaba a comprender que esperar hasta el último día era una estupidez.

Probablemente una cobardía.

Mi abuelo se aseguró de decírmelo.

—Eres un idiota.

Lo miré desde el otro lado de su escritorio.

—Buenas tardes.

—Lo digo con cariño.

—Eso no lo mejora.

Augusto cerró la carpeta que estábamos revisando.

Habíamos terminado de hablar de Cárdenas hacía menos de cinco minutos.

Naturalmente, decidió cambiar de tema.

—¿Cuánto falta?

—No sé.

Mentí mal.

Augusto levantó una ceja.

—Diez días.

No respondí.

—Exactamente.

Me levanté y caminé hacia la ventana.

—No quiero hablar de esto contigo.

—Eso nunca te ha detenido de escucharme.

—No recuerdo haberte dado permiso.

—Soy tu abuelo. Nunca lo necesité.

Suspiré.

—Ella sabe que no quiero que se vaya.

—Eso no es suficiente.

Me volví.

—¿Qué quieres que haga?

Augusto me observó como si la respuesta fuera evidente.

—Dile que la amas.

Silencio.

Me molestó lo rápido que apareció la palabra.

No porque fuera incorrecta.

Porque lo era.

Correcta.

Demasiado.

—No es tan sencillo.

—Sí lo es.

—No.

—Axel.

Su tono cambió.

Menos burla.

Más serio.

—Llevas meses haciendo cosas para esa mujer que no harías por nadie más. Cambiaste tu casa, tu rutina, tu tiempo, tus prioridades y hasta tu manera de relacionarte con tu propia familia.

—Eso no significa...

—Claro que significa.

Me quedé callado.

Augusto se apoyó en el respaldo.

—No necesitas convertirlo en un discurso.

—No sé si ella siente lo mismo.

—Eso es mentira.

Lo miré.

—No lo sé.

—Sabes que quiere quedarse.

—No es lo mismo.

—Correcto.

Pausa.

—Entonces pregúntale.

La lógica de mi abuelo era insoportable.

—¿Y si no?

Augusto sonrió apenas.

—Ahí está.

La frase me hizo fruncir el ceño.

—¿Qué?

—El verdadero problema.

No respondí.

—No tienes miedo de que se vaya porque el contrato termine.

Su expresión se suavizó.

—Tienes miedo de decirle lo que quieres y descubrir que no te elige de la misma manera.

Aquello encontró exactamente donde debía.

O donde no quería.

—No necesito una sesión de terapia.

—Claramente sí.

—Abuelo.

—Axel, llevas toda tu vida construyendo cosas que puedes controlar. Empresas. Contratos. Dinero. Decisiones.

Se inclinó hacia mí.

—Amara no es una de ellas.

—Lo sé.

—Entonces actúa como si lo supieras.

Guardé silencio.

Augusto volvió a abrir la carpeta.

—Y deja de esperar que ella adivine todo lo que sientes porque la besas bonito y compras acciones de su empresa.

Lo miré.

—Eso fue innecesariamente específico.

—Tengo ojos.

—Voy a irme.

—Excelente. Ve a hablar con tu esposa.

Me dirigí hacia la puerta.

—Axel.

Me detuve.

—¿Qué?

Su expresión cambió.

Por un instante dejó de parecer el hombre que había manipulado medio mundo para organizar nuestro matrimonio.

—No dejes que el miedo a perder algo se convierta en la razón por la que nunca reconoces que lo quieres.

La frase no era nueva.

Me la había dicho antes.

Solo que ahora ya no podía fingir que no entendía.

Amara no estaba en casa.

Lo supe apenas entré.

Había silencio.

No música.

No computador abierto en la sala.

No bolso sobre una silla.

Miré el teléfono.

Tenía un mensaje.

Amara: Voy a quedarme en la casa del estudio esta noche. Tenemos entrega temprano mañana.

Mi pecho se tensó.

No era extraño.

Ya había pasado alguna noche allí cuando trabajaba demasiado tarde.

Pero esa vez se sintió diferente.

Quizá porque acababa de pasar una hora hablando sobre perderla.

Respondí.

Yo: ¿Necesitas algo?

Amara: Dormir 😂

Sonreí.

Después escribí:

Yo: Eso puedo resolverlo mejor aquí.

Tres puntos.

Desaparecieron.

Volvieron.

Amara: ¿Me estás extrañando?

Me quedé mirando la pregunta.

La versión anterior de mí habría respondido una broma.

O habría cambiado de tema.

No lo hice.

Yo: Sí.

La respuesta tardó más.

Amara: Yo también.

Algo dentro de mi pecho se aflojó.

No era suficiente.

Pero era algo.

Miré la casa.

Vacía.

Demasiado ordenada.

Por primera vez entendí lo mucho que había cambiado.

No porque Amara hubiera llenado espacios.




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