Amara
La primera vez que vi a Claudia Beaumont entendí por qué alguna vez había estado con Axel.
No fue una conclusión incómoda. Ni siquiera especialmente dolorosa. Fue sencilla.
Claudia pertenecía a aquel mundo con una naturalidad que yo todavía no tenía. Conocía los apellidos, las empresas, las pequeñas alianzas que parecían existir detrás de cada saludo. Se movía entre las mesas del evento sin necesitar que nadie la presentara y vestía con esa elegancia discreta que no buscaba llamar la atención porque estaba acostumbrada a recibirla.
Cuando se acercó a nosotros, Axel tenía una mano apoyada en mi espalda.
No la retiró.
—Claudia.
—Axel.
Se saludaron con la familiaridad tranquila de dos personas que habían compartido suficiente pasado para no necesitar fingir que eran desconocidos.
Después ella me miró.
—Amara. Tenía curiosidad por conocerte.
—Espero que Augusto no haya sido tu fuente de información.
Una sonrisa apareció en sus labios.
—Desafortunadamente, sí.
Axel soltó una respiración resignada.
—Voy a empezar a controlar sus llamadas.
—Llegas unos treinta años tarde —respondió Claudia.
Me hizo gracia.
Y aquello eliminó buena parte de la tensión que había esperado sentir.
No había hostilidad en ella. Tampoco ese interés demasiado evidente por demostrar que conocía a Axel mejor que yo. De hecho, después de unos minutos comprendí algo que me sorprendió.
Entre ellos no quedaba nada.
No necesitaba saber los detalles de lo que habían sido. Axel ya me había contado suficiente. Habían tenido una relación larga, cómoda y adecuada para las vidas que ambos llevaban entonces. Había terminado porque eso dejó de ser suficiente.
Verlos juntos hizo que finalmente entendiera lo que él había intentado explicarme.
Encajaban.
Pero no se buscaban.
Y ahora sabía que existía una diferencia enorme entre ambas cosas.
Axel tuvo que alejarse poco después para hablar con uno de los accionistas de Cárdenas.
El conflicto seguía abierto, aunque las últimas negociaciones parecían favorecerlo. Durante los días anteriores había dormido poco y trabajado demasiado, pero aquella noche necesitaba estar allí. El evento reunía a varias personas vinculadas al grupo y, aunque nadie hablaba abiertamente de la disputa, podía sentirla debajo de muchas conversaciones.
Lo observé alejarse.
Claudia también.
—Está igual —dijo.
La miré.
—¿Igual?
—Cuando algo le importa, el resto del mundo desaparece.
Sonreí ligeramente.
—Sí. Eso no ha cambiado.
Claudia tomó una copa de una bandeja.
—Aunque ahora parece recordar que existe alguien cuando levanta la cabeza.
No necesité preguntar a qué se refería.
Axel acababa de mirarme desde el otro extremo del salón.
Nuestros ojos se encontraron apenas un segundo.
Fue suficiente.
—No tienes que preocuparte por mí —dijo Claudia.
La franqueza me sorprendió.
—No estaba preocupada.
—Bien.
No intentó discutirlo.
Agradecí eso.
—Axel y yo terminamos hace mucho tiempo. Lo que haya ocurrido entre nosotros pertenece exactamente donde está.
—En el pasado.
—Sí.
Su mirada volvió brevemente hacia él.
—Además, nunca lo vi mirar a alguien como acaba de mirarte.
Sentí algo cálido instalarse debajo de mis costillas.
—No sé qué significa eso.
Claudia sonrió.
—Supongo que tendrás que preguntárselo a tu esposo.
Y ahí terminó.
Sin confesiones.
Sin advertencias.
Sin una conversación extrañamente íntima entre dos mujeres que acababan de conocerse.
Claudia cambió de tema.
Yo también.
Fue mucho mejor así.
Terminamos hablando de trabajo.
Claudia conocía a una de las responsables de un pequeño grupo hotelero que estaba evaluando restaurar dos propiedades antiguas, y cuando la mujer se acercó a saludarla, me presentó.
—Amara está trabajando en Monteluna.
Eso bastó.
La conversación duró casi veinte minutos y terminó con un intercambio de contactos y una posible reunión para el mes siguiente.
Cuando la mujer se alejó, miré a Claudia.
—Gracias.
—No tienes que agradecerme. Le interesó tu trabajo.
No insistí.
Pero guardé el gesto.
Claudia se despidió poco después. Besó mi mejilla y luego la de Axel, que acababa de regresar.
—Fue un placer, Amara.
—Igualmente.
Miró a Axel.
—Cuídala.
Él levantó ligeramente una ceja.
—Sé hacerlo.
Claudia sonrió.
—Eso también es nuevo.
Y se marchó.
Axel permaneció mirando su espalda durante un instante antes de volver hacia mí.
—¿Qué te dijo?
—Nada que necesites saber.
—Eso no me tranquiliza.
—Sobrevivirás.
Su mano regresó a mi cintura.
—¿Quieres quedarte?
Miré alrededor.
Hasta hacía algunos meses aquel tipo de evento me habría parecido fascinante. Esa noche solo quería quitarme los zapatos y volver a casa con él.
—No.
—Perfecto.
—¿Tú tampoco?
Axel ya estaba guiándome hacia la salida.
—Llevo una hora queriendo irme.
Sonreí.
—Podías haberlo dicho.
—Estabas hablando de tu estudio.
—¿Y?
Me miró como si la respuesta fuera evidente.
—No iba a interrumpirte.
Aquella frase sencilla consiguió hacerme sonreír durante todo el camino hacia el automóvil.
La casa estaba en silencio cuando llegamos.
Me quité los zapatos apenas cruzamos la entrada y suspiré al sentir el suelo frío bajo los pies. Axel dejó las llaves sobre la mesa y aflojó el nudo de su corbata mientras caminaba hacia la sala.
Lo seguí.
Había algo que quería decirle.
—Claudia me cayó bien.
Se detuvo.
—Eso me preocupa.
Reí.
—No debería.
Me acerqué y terminé de aflojarle la corbata.