Axel
Amara había empezado a convertir mi casa en algo que ya no reconocía del todo.
No era por los muebles. Apenas había cambiado nada desde que llegó. La sala seguía siendo la misma, la cocina también, y el despacho continuaba exactamente como lo había dejado durante años. Sin embargo, ahora había libros abiertos sobre superficies que antes permanecían vacías, una manta en el sofá, una planta que aparentemente había sobrevivido a sus cuidados y música algunas tardes.
También había fotografías.
La de nuestra boda seguía en su habitación.
Lo sabía porque la había visto una vez desde la puerta, junto a una fotografía de su madre y Alfredo.
No debería haberme importado.
Me importó.
Más de lo razonable.
Aquella mañana bajé temprano y encontré a Amara dormida sobre el sofá.
Tenía el computador abierto frente a ella, varios documentos sobre la mesa y el libro que le había prestado apoyado boca abajo sobre su pecho.
Me detuve.
Era sábado.
Habíamos acordado revisar números para su estudio después del desayuno, aunque parecía que había decidido adelantarse.
Me acerqué.
—Amara.
No despertó.
—Amara.
Nada.
Sonreí.
Tenía una capacidad sorprendente para dormir profundamente cuando estaba realmente cansada.
Cerré el computador.
Retiré con cuidado el libro de su pecho.
Se movió apenas y murmuró algo que no entendí.
Podía despertarla.
En lugar de hacerlo, tomé la manta y la cubrí mejor.
Cuando estaba por alejarme, abrió los ojos.
—¿Qué haces?
Su voz era ronca por el sueño.
—Intentando evitar que amanezcas con dolor de cuello.
Parpadeó.
Después miró alrededor.
—Me dormí.
—Eso parece.
Se incorporó lentamente.
Su cabello era un desastre.
No se había quitado el maquillaje completamente y tenía una pequeña marca roja sobre una mejilla.
Aun así, me quedé mirándola.
—¿Qué? —preguntó.
—Nada.
—Tu cara.
—Necesitas una ducha.
Abrió la boca.
—Eso fue grosero.
—También cierto.
Amara agarró un cojín y me lo lanzó.
Lo atrapé.
—Violenta.
—Te lo merecías.
Se levantó.
—¿Qué hora es?
—Siete.
—¿Por qué estás despierto?
—Porque es de día.
—Es sábado.
—Sigue siendo de día.
Me miró con verdadera lástima.
—Tu vida es triste.
—Mi vida está organizada.
—Lo mismo.
Caminó hacia las escaleras y se detuvo.
—No empieces sin mí.
—¿Con qué?
—Los números.
—No iba a hacerlo.
—Mentiroso.
—No necesito ayuda para revisar una hoja de cálculo.
—Precisamente por eso. Quiero entenderla, no que me entregues un informe terminado.
La observé.
—Bien.
Sonrió.
—Una hora.
—Treinta minutos.
—Cuarenta y cinco.
—Treinta.
—Controlador.
—Lenta.
Me lanzó otra mirada y subió.
Sonreí mientras recogía los documentos.
Habíamos avanzado demasiado rápido hacia una normalidad que no debería existir.
Y cada día me resultaba más difícil recordar por qué eso debía preocuparme.
Revisamos el proyecto de su estudio durante casi tres horas.
Amara había hecho mucho trabajo por su cuenta.
Había calculado costos básicos de adecuación, mobiliario, licencias, equipos y varios meses de operación. También había empezado a pensar en cómo dividir la casa de Alfredo entre espacios privados y profesionales sin destruir lo que la hacía especial.
—Aquí quiero conservar la cocina —dijo, señalando el plano.
—Eso limita el área útil.
—Lo sé.
—Podrías moverla atrás.
—No.
—¿Por qué?
Amara levantó la mirada.
—Porque era la cocina de mi abuelo.
La respuesta terminó la discusión.
Asentí.
—Entonces se queda.
Su expresión cambió.
—¿Así de fácil?
—Sí.
—Pensé que ibas a darme cinco razones financieras para moverla.
—Puedo hacerlo.
—No.
Sonreí.
—Entonces se queda.
Amara bajó la mirada hacia el plano.
—Gracias.
—No necesitas agradecer cada cosa.
—Y tú no necesitas corregirme cada vez.
—Parece que sí.
Negó con la cabeza.
Continuamos.
La inversión no era pequeña, pero tampoco absurda. Con parte de los bienes que mi abuelo pretendía transferirle y sus propios ahorros podía hacerlo sin endeudarse demasiado.
—No quiero usar todo lo de Augusto —dijo.
—No necesitas hacerlo.
—Quiero guardar una parte.
—Bien.
—Y quiero poner dinero mío.
—También.
Me miró con sospecha.
—Estás demasiado de acuerdo.
—Porque tu planteamiento tiene sentido.
—Eso fue extrañamente fácil.
—No discuto por deporte.
Amara dejó caer el lápiz.
—Eso es una mentira enorme.
Me reí.
—Solo cuando estás equivocada.
—Insoportable.
—Profesional.
—No significa lo mismo.
—Para mí sí.
Ella sonrió.
Después volvió a los números.
—Podría empezar pequeño.
—Deberías.
—No quiero contratar demasiadas personas al principio.
—Correcto.
—Tal vez un diseñador junior, alguien administrativo y trabajar con proveedores externos.
—Eso reduce riesgo.
—Exactamente.
La observé.
Estaba concentrada.
Segura.
Era fácil olvidar que la mujer que había llegado a mi casa semanas atrás acababa de perder a la persona que la había criado y estaba reconstruyendo buena parte de su vida.
No parecía estar esperando que nadie lo hiciera por ella.
—Amara.
Levantó la vista.
—¿Qué?
—Hazlo.
Frunció el ceño.
—¿Qué?
—El estudio.
—Todavía estoy revisando...
—No me refiero mañana.
Me recosté.
—Pero hazlo.
Su expresión se suavizó.
—¿Crees que puedo?