Amara
Descubrí que mudarse a la habitación de un hombre podía ocurrir sin que nadie tomara oficialmente la decisión.
Primero fue el cepillo de dientes.
Después aparecieron una crema, el cargador del teléfono y dos blusas que dejé sobre una silla porque pensaba volver a usarlas. Para el miércoles había ropa interior en uno de los cajones, varios vestidos ocupaban una esquina del armario de Axel y mis productos empezaban a desplazar los suyos en el baño.
No recordaba haber llevado una maleta.
Simplemente había dejado de regresar a mi habitación.
Axel tampoco hizo ningún comentario al respecto.
Lo cual, viniendo de un hombre que sabía exactamente dónde estaba cada objeto de su casa, resultaba sospechoso.
La confirmación llegó el jueves por la mañana.
Abrí el armario buscando una blusa y encontré aproximadamente medio metro de espacio completamente vacío.
Me quedé mirándolo.
—Axel.
Él estaba frente al espejo terminando de ajustar los gemelos de la camisa.
—¿Qué?
—¿Qué hiciste?
Su mirada apareció en el reflejo.
—Necesitarás ser más específica.
Señalé el armario.
—Eso.
—Espacio.
—Ya veo que es espacio. ¿Por qué está ahí?
Axel terminó con el gemelo y se volvió.
—Porque tus vestidos estaban aplastando mis camisas.
—Tenía cuatro vestidos.
—Cinco.
Lo miré.
—¿Los contaste?
—No fue difícil.
—Podías haberme dicho que los llevara a mi habitación.
—Podía.
Esperé.
Nada.
—Pero no lo hiciste.
—No.
Aquella tranquilidad era irritante.
Y encantadora.
—¿Entonces?
Axel tomó el saco que había dejado sobre la cama.
—Entonces ahora tienes espacio.
—¿Me estás mudando?
—Técnicamente te estás mudando sola. Yo estoy evitando daños materiales.
—A tus pobres camisas.
—Son buenas camisas.
No pude evitar sonreír.
Me acerqué al espacio vacío y pasé los dedos por la barra.
—Esto parece bastante permanente.
Axel se detuvo detrás de mí.
Lo sentí antes de que me tocara.
Una mano rodeó mi cintura y me acercó contra su cuerpo.
Esa era otra cosa que había cambiado.
Ya no había vacilación.
Desde nuestra primera noche juntos, Axel había dejado de analizar cada acercamiento como si necesitara autorización escrita. Si quería besarme, lo hacía. Si pasaba junto a mí, encontraba alguna forma de tocarme. Si estábamos sentados suficientemente cerca, terminaba atrayéndome contra él.
Nunca se sentía como si decidiera por mí.
Se sentía como si finalmente hubiera dejado de preguntarse si tenía un lugar a mi lado.
Y yo estaba descubriendo cuánto me gustaba esa seguridad.
—No he dicho permanente —murmuró junto a mi oído.
La palabra consiguió devolverme a la realidad.
Giré dentro de sus brazos.
—Cierto.
Sus ojos encontraron los míos.
Durante un segundo pensé que había arruinado el momento.
Entonces Axel deslizó una mano por mi espalda.
—Tampoco he dicho temporal.
Me quedé quieta.
Él sostuvo mi mirada.
Después se inclinó y me besó.
No había nada urgente en el gesto. Fue un beso lento, firme, casi doméstico, de esos que últimamente parecían significar demasiado precisamente porque ocurrían sin ninguna razón.
Cuando se apartó, miré su reloj.
—Vas tarde.
—Tú también.
—Mi primera reunión es a las nueve.
—La mía a las ocho.
—Entonces definitivamente vas tarde.
Intenté apartarme.
Axel me sujetó por la cintura.
—Todavía tengo cuatro minutos.
—¿Cuatro minutos para qué?
Su mirada descendió hacia mi boca.
Comprendí.
—No.
—No he dicho nada.
—Tienes una reunión.
—Puedo llegar cinco minutos tarde.
Solté una carcajada.
—¿Quién eres y qué hiciste con mi esposo?
—Mi esposa es una mala influencia.
La palabra seguía produciendo algo extraño dentro de mí.
Mi esposa.
Ya no sonaba como una descripción legal.
Axel me besó otra vez y durante algunos segundos olvidé por completo que ambos teníamos obligaciones. Sus manos recorrieron mi cintura con una familiaridad nueva y mis dedos encontraron el cabello perfectamente arreglado que probablemente tardaría varios minutos en volver a ordenar.
Él se separó primero.
Me miró.
—Lo hiciste a propósito.
Observé su cabello.
—Tal vez.
—Tengo una reunión.
—Eso intenté decirte.
Su expresión prometía represalias.
Sonreí dulcemente.
—Que tengas un buen día.
Salí de la habitación antes de que pudiera detenerme.
Escuché su risa detrás de mí.
El viernes debía responderle a Daniel.
Había dedicado cuatro días a revisar su propuesta.
Era buena.
Realmente buena.
Un salario considerablemente superior a lo que podía pagarme durante los primeros meses de mi propio estudio, proyectos importantes, contactos que podían impulsar mi carrera y la oportunidad de trabajar con profesionales de mucha experiencia.
Todo indicaba que debía aceptar.
Excepto yo.
Daniel estaba sentado frente a mí en una cafetería cerca de sus oficinas cuando cerré la carpeta.
—No voy a aceptar.
No pareció sorprendido.
—Lo imaginé.
Fruncí el ceño.
—¿Entonces para qué me hiciste venir?
—Porque esperaba equivocarme.
Sonreí.
—Lo siento.
—No lo sientas. Si estuviera en tu lugar, probablemente haría lo mismo.
Eso sí me sorprendió.
—¿En serio?
—Tienes algo propio empezando. Sería difícil abandonar eso ahora.
—No está empezando. Todavía estoy gastando dinero sin ganar prácticamente nada.
Daniel soltó una risa.
—Bienvenida a emprender.
Miré la propuesta.
—Es una oferta increíble.
—Lo es.
—Eso no ayuda.