Una fecha escrita

Capitulo 20 Antes del final

Amara

Durante tres días no le dije a Axel que había escuchado la conversación con su abogado.

No porque quisiera ocultarlo.

Porque no sabía cómo hablar de ello sin admitir algo que llevaba semanas evitando.

Yo quería quedarme.

Esa certeza había llegado de forma lenta, casi silenciosa. No nació durante nuestra primera noche juntos, ni cuando empezó a hacer espacio para mi ropa, ni siquiera cuando invirtió en mi estudio. Había aparecido en cosas mucho más pequeñas: en esperar escuchar sus llaves al final del día, en buscarlo automáticamente cuando algo importante ocurría, en la facilidad con la que la palabra casa había dejado de significar únicamente la propiedad de mi abuelo.

Axel estaba en todas partes.

No de una manera que hubiera borrado mi vida.

Todo lo contrario.

Mi estudio avanzaba. Monteluna empezaba a ocupar buena parte de mis días. Había contratado a dos personas, tenía mis propios clientes y una lista de problemas suficientemente extensa como para mantenerme despierta por las noches sin necesitar ayuda matrimonial.

Y aun así quería regresar con él al final de cada día.

Eso era lo que me asustaba.

Porque no necesitaba a Axel para sobrevivir.

Lo quería en una vida que ya podía sostener sola.

Y no tenía idea de qué hacer si él no quería lo mismo.

La inauguración informal del estudio estaba prevista para el viernes.

No sería una apertura oficial. Todavía faltaban detalles, permisos y algunos muebles que parecían haber decidido recorrer el país antes de llegar. Pero el equipo ya podía trabajar allí y quería reunir a las personas que habían participado en la transformación.

Cuando entré aquella mañana, tuve que detenerme en medio del recibidor.

La casa seguía siendo la de mi abuelo.

Eso había sido lo más importante.

La cocina estaba donde siempre. Conservé la madera original en varias zonas y el antiguo taller se había convertido en un espacio de muestras sin perder por completo su aspecto anterior. Algunas habitaciones ahora eran oficinas, pero había fotografías de Alfredo en lugares discretos y una de sus herramientas antiguas permanecía expuesta junto a la entrada del taller.

No había convertido su casa en algo distinto.

La había dejado crecer.

Sentí que eso le habría gustado.

—Vas a llorar.

Carolina apareció detrás de mí con dos cafés.

—No.

—Ya tienes los ojos brillantes.

—Polvo.

—Acaban de limpiar.

La miré.

—Déjame tener dignidad.

Me entregó un café.

—Nunca estuvo entre mis planes.

Sonreí y continuamos recorriendo los espacios.

Daniel llegó poco después con parte del equipo de Monteluna. Había sido una de las personas que más me había ayudado durante las últimas semanas, especialmente recomendando proveedores y evitando que cometiera algunos errores costosos.

Nuestra relación había encontrado un lugar mucho más sencillo.

Profesional.

Amistosa.

Sin aquella tensión que Axel había insistido en detectar antes de que yo estuviera dispuesta a admitir que quizá había existido un poco.

—Quedó bien —dijo Daniel mientras observaba el antiguo taller.

—Eso suena decepcionantemente moderado.

—Estoy reservando entusiasmo para la inauguración oficial.

—Qué generoso.

Sonrió.

—Valmore viene esta noche, ¿verdad?

La pregunta consiguió que mi atención cambiara.

—Sí.

—Entonces esperaré para felicitarte delante de él.

—¿Por qué?

—Me resulta divertido verlo intentar decidir si le caigo mal.

Reí.

—Ya decidió.

—Lo imaginé.

No hablamos más del tema.

Y agradecí que fuera así.

Axel llegó cerca de las seis.

No solo.

Nick entró primero, hablando con alguien por teléfono, y Augusto apareció detrás con un bastón que utilizaba únicamente cuando quería dramatizar su edad.

Después entró Axel.

Lo vi desde el otro extremo del recibidor.

Traje oscuro.

Corbata.

La expresión seria que llevaba después de un día de trabajo.

Hasta que me encontró.

Entonces algo cambió.

Solo un poco.

Pero yo ya sabía verlo.

Caminó directamente hacia mí.

No saludó primero a Daniel.

Ni a Carolina.

Ni siquiera a Augusto, que ya estaba quejándose de haber sido ignorado.

Llegó hasta donde estaba, puso una mano en mi cintura y me besó.

Breve.

Natural.

Completamente fuera de cualquier actuación.

—Hola.

—Hola.

Miró alrededor.

Por primera vez pareció fijarse realmente en el lugar.

—Terminaste.

La emoción apareció sin permiso.

—Casi.

Axel recorrió lentamente el recibidor con la mirada.

Después volvió a mí.

—Está increíble.

No bien.

No funcional.

No una evaluación empresarial.

Increíble.

Sonreí.

—Gracias.

—Quiero verlo todo.

Aquella frase consiguió que olvidara durante algunos minutos la conversación que había escuchado.

Lo llevé por cada espacio. Le expliqué decisiones que ya conocía y otras que había cambiado en los últimos días. Axel preguntó poco. Observó mucho.

Cuando llegamos al taller, se detuvo frente a una fotografía de Alfredo.

—¿Esa estaba aquí?

—En una caja.

Era una imagen antigua. Mi abuelo aparecía sentado frente a una mesa de trabajo, mucho más joven, con una expresión de falsa seriedad mientras sostenía un martillo.

Axel sonrió.

—Le habría gustado.

Tragué saliva.

—Eso creo.

Su mano encontró la mía.

No dijo nada más.

No necesitaba hacerlo.

La reunión fue pequeña.

Comida, vino y unas pocas personas que habían trabajado en el proyecto. Augusto hizo un discurso que nadie le había pedido y consiguió mencionar a mi abuelo sin volver el momento triste. Nick se atribuyó méritos por haber «mantenido con vida emocionalmente al inversionista principal».




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