Amara
Descubrí que estar casada no cambiaba demasiadas cosas de forma inmediata.
La casa seguía siendo la misma. Axel continuaba levantándose demasiado temprano, trabajando más horas de las razonables y dejando su taza negra junto a la cafetera. Yo seguía ocupando la sala con planos, poniendo música cuando el silencio empezaba a molestarme y dejando libros en lugares que él fingía no notar.
La diferencia estaba en detalles pequeños.
En el anillo sobre mi mano.
En el suyo.
En que ahora Axel me besaba al pasar por la cocina sin necesitar una razón para hacerlo.
Y en que algunas personas habían empezado a llamarme señora Valmore.
Esa última parte todavía me resultaba extraña.
El lunes después de la boda regresé al estudio convencida de que podría sentarme frente al computador y continuar mi vida como cualquier otro día.
La ilusión duró aproximadamente cuatro minutos.
Mi jefa apareció junto a mi escritorio con los brazos cruzados.
—¿Tienes algo que contarme?
Levanté la mirada.
—Buenos días.
—Te casaste.
—Veo que las noticias viajan rápido.
—Carolina encontró fotografías.
Tres escritorios más allá, Carolina levantó una mano con expresión culpable.
—Era una nota de sociedad.
—Eso mejora muchísimo las cosas.
Mi jefa tomó una silla.
—Trabajas aquí desde hace tres años y jamás mencionaste que estabas saliendo con Axel Valmore.
—La relación fue privada.
Técnicamente cierto.
Demasiado privada, considerando que durante una parte considerable de ella ni siquiera había existido.
Me observó unos segundos antes de cambiar el tono.
—¿Estás bien?
La pregunta me sorprendió.
—Sí.
—¿Segura?
—Sí.
Entonces sonrió.
—Pues felicidades.
Me abrazó y, cuando se apartó, recuperó inmediatamente su expresión profesional.
—Ahora dime que no vas a renunciar.
Me reí.
—No voy a renunciar.
—Perfecto. Ese era mi verdadero problema.
—Qué emotivo.
—Ya tuvimos el momento sentimental.
Regresó a su oficina.
Durante el resto de la mañana recibí mensajes de conocidos, familiares lejanos y personas con las que no hablaba desde hacía años. Algunas felicitaciones eran sinceras. Otras apenas curiosidad disfrazada.
La pregunta que más se repetía era sorprendentemente sencilla.
¿Vas a usar Valmore?
Miré mi firma al final de un correo.
Amara Rivas.
No había pensado demasiado en cambiarla.
Ahora parecía importante.
Axel me escribió poco después del mediodía.
Axel: ¿Cómo va tu primer día como mujer casada?
Sonreí antes de responder.
Yo: Terrible. Todo el mundo sabe quién es mi marido.
Axel: Mis condolencias.
Yo: Demasiado tarde. Ya firmé.
La respuesta tardó apenas unos segundos.
Axel: Podemos revisar la política de devoluciones.
Reí.
Carolina levantó la cabeza.
—¿Tu esposo?
—No sé por qué todo el mundo disfruta tanto diciendo esa palabra.
—Porque te pones roja.
—No estoy roja.
Su expresión decía lo contrario.
Volví al teléfono.
Yo: No creo que acepten devoluciones de productos usados.
Pulsé enviar.
Me quedé completamente inmóvil.
Oh.
No.
Los tres puntos aparecieron casi inmediatamente.
Desaparecieron.
Volvieron.
Axel: ¿Usado?
Me cubrí el rostro con una mano.
Yo: No empieces.
Axel: Tú empezaste.
Guardé el teléfono.
Dos minutos después volvió a vibrar.
Axel: Cobarde.
No respondí.
Pero tardé bastante en dejar de sonreír.
Las fotografías oficiales de la boda llegaron dos días después.
Augusto las había encargado sin consultarnos, naturalmente.
Estábamos cenando cuando Axel recibió el enlace y se movió hasta sentarse a mi lado en lugar de permanecer frente a mí. Ese gesto se había vuelto tan habitual que solo lo noté cuando su pierna quedó junto a la mía.
Abrimos la galería.
Primero aparecían los jardines, la decoración y algunos invitados. Después yo bajando las escaleras, Augusto ofreciéndome el brazo y ambos caminando hacia la ceremonia.
La siguiente fotografía era de Axel.
Esperándome.
Amplié la imagen.
—Estabas nervioso.
—No.
—Axel.
—Estaba esperando.
—Con cara de hombre nervioso.
Intentó quitarme el teléfono.
Lo aparté.
—Mira.
—No necesito estudiar mi propia expresión.
—Yo sí.
Sonreí mientras seguía observando la fotografía. Había algo en su rostro que no había podido ver desde el otro extremo del jardín.
Expectativa.
Y algo más.
—Parecía que te gustaba lo que estabas viendo.
Su expresión cambió apenas.
—Me gustaba.
Dejé de sonreír.
—Ah.
—Ya te lo dije.
—Lo sé.
Pasamos a la siguiente.
Nuestro beso.
Esta vez ninguno habló inmediatamente.
Era una fotografía preciosa. Mi mano descansaba sobre su pecho, la suya rodeaba mi cintura y los dos teníamos los ojos cerrados mientras el jardín quedaba desenfocado detrás.
Parecíamos enamorados.
El pensamiento apareció tan rápido que tuve que apartarlo.
—Esto sí parece real —murmuré.
Axel siguió observando la imagen.
—Lo fue.
Giré hacia él.
—¿Qué?
—El beso.
Dejó el teléfono sobre la mesa.
—Eso fue real.
Mi corazón golpeó más fuerte.
—Sí.
Permanecimos en silencio.
Después Axel preguntó:
—¿Quieres una copia?
—Sí.
Demasiado rápido.
Sonrió.