Una fecha escrita

Epílogo Sin fecha de vencimiento

Amara

Dos años después.

Descubrí que Axel Valmore podía guardar rencor durante periodos extraordinariamente largos. Especialmente contra una pared.

—Sigue siendo innecesaria.

Levanté la vista de los planos y lo encontré observando la distribución de la nueva sede de Rivas Estudio con el mismo gesto crítico que había usado la primera vez que le presenté una proyección financiera.

—Llevas dos años diciendo lo mismo.

—Porque llevo dos años teniendo razón.

—La pared se queda.

Axel volvió a mirar el plano, como si pudiera intimidar al arquitecto a través del papel. No funcionaría. Yo había elegido al arquitecto precisamente porque no le tenía miedo.

La ampliación de Rivas Estudio había dejado de ser una posibilidad para convertirse en una necesidad. Monteluna abrió once meses atrás y el proyecto había traído otros dos hoteles, varias residencias privadas y una restauración que todavía conseguía quitarme el sueño algunas noches. El equipo había crecido, los espacios empezaban a quedarse pequeños y Augusto, para mi desgracia, no había tardado ni dos años en recordarme que había predicho exactamente aquello.

También había cometido errores. Muchos. Contraté mal una vez, presupuesté mal otra, acepté un proyecto que debí rechazar y rechacé uno que después lamenté no haber aceptado. Axel nunca intentó impedir que me equivocara. Estaba cuando lo necesitaba, preguntaba cuando creía que estaba a punto de cometer una estupidez y discutía conmigo si consideraba que la estupidez era demasiado grande, pero la decisión final seguía siendo mía.

Y cuando me equivocaba, nunca decía te lo dije.

Al menos no inmediatamente.

A veces esperaba varios días.

—Estás perdiendo casi cuatro metros útiles —insistió.

—Estoy conservando la estructura original.

—Puedes conservarla sin esa pared.

—Era del taller de mi abuelo.

Silencio.

Bajé la mirada para esconder la sonrisa.

Había ganado.

—Eso es manipulación.

—Es información relevante.

Axel dejó los planos sobre mi escritorio.

—Entonces ¿para qué pediste mi opinión?

—No pedí tu opinión. Te dije que vinieras porque vamos a cenar.

Miró el reloj.

—Son las siete y veinte. Dijiste siete.

—Tu esposa dirige una empresa.

—Su inversionista considera preocupante su manejo del tiempo.

Me recosté en la silla.

—Podría solucionar ese problema comprando tu participación.

—No.

Solté una carcajada. Dos años y seguíamos teniendo la misma discusión.

Axel se negó a vender cuando el estudio empezó a generar suficiente dinero para que yo pudiera recomprar una parte de su participación. Después volvió a negarse. Y otra vez seis meses más tarde. Al principio pensé que se trataba de dinero. Después comprendí que para él aquella inversión había dejado de ser simplemente una participación financiera. Había apostado por Rivas Estudio cuando todavía era poco más que una casa en remodelación, un proyecto importante y una mujer aterrada intentando convencerlo de que sabía lo que estaba haciendo.

Quería seguir siendo parte de aquello.

Y, aunque jamás se lo diría con demasiada frecuencia, me gustaba que quisiera hacerlo.

—Necesito más capital —dije.

Eso consiguió que dejara de mirar el reloj.

—¿Cuánto?

Sonreí.

—Me encanta que ya no preguntes primero para qué.

—Supongo que vas a decírmelo.

Giré el computador hacia él.

—Quiero abrir una segunda sede.

Axel no reaccionó inmediatamente. Se acercó, tomó asiento a mi lado y observó la información que había preparado. Otra ciudad. Otro mercado. Una expansión considerablemente más ambiciosa que cualquier cosa que hubiera intentado hasta entonces.

—¿Tienes números?

Abrí el archivo.

—Tres escenarios, proyecciones conservadoras y flujo de caja a cinco años.

Una ceja se elevó.

—Estoy impresionado.

—Tuve un inversionista insoportable.

—Excelente hombre.

—Terrible esposo.

—Eso no dices normalmente.

Durante los siguientes veinte minutos volvimos a hacer algo que se había convertido en parte de nuestra relación. Revisamos números, discutimos proyecciones y cuestionamos decisiones. Esta vez no me puse nerviosa cuando señaló un error ni me ofendí cuando consideró demasiado alto uno de los costos. Tampoco acepté automáticamente sus propuestas. Había aprendido de él, pero también había aprendido a confiar en mi propio criterio.

Cuando terminamos, Axel se recostó en la silla.

—¿Cuánto quieres de mí?

Le dije la cifra.

Frunció el ceño.

—¿Eso es todo?

—Es bastante.

—No para lo que quieres hacer.

Le mostré cuánto capital pensaba aportar personalmente. Su expresión cambió al instante.

—Eso deja muy poco margen para ti.

—Puedo recuperarlo.

—Si todo sale como proyectas.

—Saldrá.

—Amara.

Antes aquella forma de decir mi nombre habría bastado para iniciar una discusión. Ahora sabía escuchar lo que realmente había detrás.

—Quiero asumir parte del riesgo, Axel. No demostrarte nada. No necesito hacerlo. Simplemente quiero que una parte importante de la inversión salga de mí.

Me observó unos segundos y finalmente asintió.

—Bien. Entonces estructuramos el resto de otra manera. Puedo aumentar mi inversión y entrar directamente en la expansión, sin modificar mi participación en la sede original.

Sonreí lentamente.

—¿Como inversionista?

—Como socio.

Algo cálido se instaló en mi pecho.

—Pensé que ya eras mi socio.

Su expresión se suavizó.

—Lo soy.

Cerré el computador.

—Entonces acepto.

—Todavía no hemos negociado las condiciones.

Me levanté.

—Mañana negociamos. Confío en ti.

—Eso no sustituye un contrato.

Reí.

Naturalmente.

Pasé junto a él y Axel me sujetó por la cintura, atrayéndome entre sus piernas.




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