Amara
Había empezado a reconocer el momento exacto en que Axel entraba en una habitación.
No necesitaba verlo. A veces bastaba con escuchar sus pasos, la puerta del despacho cerrándose o el sonido de sus llaves sobre la mesa de la entrada. Era una costumbre reciente y bastante inconveniente, especialmente porque cada día me resultaba más difícil fingir que aquella atención constante no significaba nada.
Después del beso en la cocina, los pequeños gestos se habían vuelto frecuentes. No habíamos hablado de ellos ni establecido nuevas reglas; simplemente ocurrían. Un beso antes de que alguno saliera a trabajar. Su mano en mi espalda al pasar detrás de mí. Mi cabeza apoyada en su hombro mientras revisábamos algo en el sofá. Axel apareciendo con café porque sabía que llevaba horas trabajando, o yo guardándole comida cuando avisaba que llegaría tarde aunque él insistiera en que no era necesario.
Era una intimidad extraña porque nadie la había decidido.
Se estaba construyendo sola.
Y quizá precisamente por eso era más peligrosa que cualquier beso impulsivo.
Aquella noche debía haber sido normal.
No lo fue.
Había pasado toda la tarde en la casa de mi abuelo revisando los espacios para el estudio. Por primera vez llevé a una contratista para valorar las reformas y salí de allí con una lista suficientemente larga como para hacerme cuestionar cada una de mis decisiones financieras. Aun así, estaba emocionada. Mucho.
Cuando llegué a casa eran casi las ocho y encontré a Axel en la cocina. Tenía una copa de vino frente a él, el computador abierto sobre la isla y una expresión de cansancio que me hizo sospechar que llevaba trabajando desde demasiado temprano.
—Hola.
Levantó la mirada y una sonrisa pequeña apareció en su rostro.
—Hola. ¿Cómo fue?
—Caro.
—Eso ya lo esperaba.
—Muy caro.
Cerró el computador y se acomodó en el banco, concediéndome toda su atención.
—Ahora dime cómo fue realmente.
Dejé el bolso y me acerqué.
—Bien. Creo que realmente puedo hacerlo.
La emoción debió notarse en mi voz, porque su expresión cambió inmediatamente.
—Cuéntame.
Saqué el computador y durante los siguientes veinte minutos le mostré fotografías, presupuestos preliminares y algunos de los cambios que estaba considerando. Axel hizo preguntas, muchas, y varias me obligaron a reconsiderar decisiones que había dado por hechas. Pero nunca intentó apropiarse del proyecto.
Ese detalle era quizá lo que más apreciaba.
No decía yo haría esto.
Preguntaba por qué quería hacerlo de determinada manera, escuchaba mi explicación y solo entonces daba su opinión. No intentaba demostrar que sabía más que yo ni utilizar su experiencia para imponerse. Me obligaba a pensar.
Cuando terminé, apoyé los brazos sobre la isla.
—Estoy aterrada.
Axel frunció ligeramente el ceño.
—¿Por qué?
—Porque ahora es real. Mientras era algo que quería hacer algún día, podía imaginarlo perfecto. Ahora tengo presupuestos, fechas, permisos, personas esperando decisiones y suficiente dinero en juego para arrepentirme de existir.
—Eso es normal.
—¿Tú tuviste miedo cuando empezaste tu empresa?
La pregunta pareció sorprenderlo.
—Sí.
Parpadeé.
—No esperaba esa respuesta.
—¿Por qué?
—Porque eres tú. Pareces el tipo de hombre que firma una inversión millonaria y después duerme perfectamente.
Una sonrisa breve apareció en sus labios.
—No siempre. Cuando fundé la empresa tenía ventajas que otros no tenían: dinero, contactos, un apellido conocido. Sería absurdo fingir lo contrario. Pero esas mismas ventajas significaban que todos estaban esperando comprobar si podía construir algo que no dependiera de mi familia.
—Tu padre especialmente.
—Mi padre me dijo que volvería al grupo familiar en menos de un año.
—Qué hombre tan motivador.
Axel soltó una risa.
—Considera que provocar a alguien es una estrategia válida.
—¿Funcionó?
—Desafortunadamente.
Reí y cerré el computador.
—Entonces quizá debería buscar a alguien que me diga que voy a fracasar.
—No.
La respuesta fue inmediata y firme.
—Era una broma.
—Lo sé. Pero ya vas a cuestionarte suficiente tú sola. No necesitas a nadie ayudándote a hacerlo.
Me quedé mirándolo.
Ese era Axel. Podía discutir conmigo por una taza mal puesta y cinco minutos después decir algo que encontraba un espacio directamente debajo de mis costillas.
—A veces eres bastante bueno en esto.
—¿En qué?
—En decir exactamente lo que necesito escuchar.
Su mirada se sostuvo sobre la mía.
—No te acostumbres.
Sonreí y me alejé hacia el refrigerador.
—¿Comiste?
El silencio detrás de mí fue suficiente.
Me volví.
—Axel.
—Almorcé.
—Son las ocho de la noche.
—No preguntaste cuándo.
Negué con la cabeza mientras sacaba la comida del día anterior.
—Si algún día consigues matarte trabajando, voy a estar muy molesta.
—Tendré eso en cuenta.
—Deberías.
Lo escuché reír mientras buscaba dos platos.
Terminamos cenando en la terraza.
El clima estaba agradable y yo había insistido después de pasar todo el día encerrada entre paredes. Axel llevó el vino, yo la comida y dejamos los teléfonos dentro. Eso último había sido idea suya, algo suficientemente extraño como para que lo mirara con sospecha.
—¿El mundo empresarial sobrevivirá una hora sin ti?
—Probablemente. Aunque no puedo garantizarlo.
—Qué sacrificio.
—Espero que lo valores.
La terraza daba hacia el jardín. No tenía la exuberancia de los jardines de Augusto, pero de noche me gustaba. Había suficientes árboles para bloquear buena parte de las casas cercanas y la iluminación tenue hacía que todo pareciera más privado.