Axel
Había cometido un error.
No acostarme con Amara. De eso no me arrepentía en absoluto.
El error había sido creer que, después de hacerlo, podría continuar comportándome como antes.
Lo descubrí el lunes por la mañana, cuando entró en la cocina vestida para trabajar y mi primera reacción no fue saludarla. Fue mirarla. Llevaba un pantalón oscuro de cintura alta, una blusa sencilla y el cabello recogido de una forma que dejaba su cuello descubierto. Nada extraordinario. Nada que no hubiera usado antes.
El problema era que ahora sabía demasiado.
Sabía cómo se sentía su piel bajo mis manos, cómo cambiaba su respiración cuando la besaba en el cuello y cómo sonaba mi nombre cuando olvidaba controlar la voz. Sabía cómo se veía al despertar entre mis brazos y que, cuando estaba realmente cansada, buscaba calor incluso dormida.
Información completamente inútil a las siete y veinte de la mañana.
Amara llegó hasta la cafetera sin prestarme demasiada atención.
—Buenos días.
—Buenos días.
Me obligué a regresar al correo que estaba leyendo.
Duré aproximadamente ocho segundos.
—¿Vas al estudio?
—Primero tengo una reunión con Daniel y después voy a revisar unas muestras.
Naturalmente.
Daniel.
—¿Otra reunión?
Amara se volvió lentamente con la taza entre las manos.
—No pongas esa expresión.
—¿Cuál?
—La que aparece cada vez que digo Daniel.
—No tengo ninguna expresión particular relacionada con Restrepo.
—Acabas de llamarlo por el apellido.
—Ese es su apellido.
Me observó unos segundos antes de sonreír.
—Sigues celoso.
—Y tú sigues disfrutándolo demasiado.
—Un poco.
Regresé al computador.
—¿A qué hora terminas?
—No sé. Quizá a las seis.
—Avísame cuando salgas.
—¿Por qué?
Levanté la mirada.
—Porque cenamos con mi abuelo.
—¿Hoy?
—Te lo dije.
—No me dijiste nada.
Pensé.
Probablemente tenía razón.
—Entonces te lo estoy diciendo ahora.
—Eso no cuenta.
—Cuenta suficientemente.
Amara bebió café mientras intentaba ocultar una sonrisa.
—Qué romántico. Nuestra primera mañana laboral después de acostarnos y ya estás dándome órdenes.
Cerré el computador.
Ella cometió el error de seguir sonriendo.
Me levanté.
Su expresión cambió apenas cuando comprendió que iba hacia ella, pero no retrocedió. Me detuve frente a su cuerpo, le quité la taza de las manos y la dejé sobre la encimera.
—¿Qué haces?
Puse una mano en su cintura.
—Corrigiendo algo.
—¿Qué cosa?
La besé.
No tuve que pensarlo.
Ese era uno de los cambios.
Hasta la semana anterior, acercarme a Amara implicaba una discusión interna absurda. Podía tocarla. No debía tocarla. Quería besarla. Era mejor no hacerlo.
Ahora simplemente la quería.
Y la besaba.
Amara tardó menos de un segundo en responder. Sus manos llegaron a mi pecho y después a mi cuello mientras yo la acercaba. El beso que pretendía ser breve dejó de serlo bastante rápido.
Cuando me separé, sus ojos permanecieron cerrados un instante.
—Eso —dije— era un buenos días apropiado.
Abrió los ojos.
—Podrías haber empezado por ahí.
—Lo tendré en cuenta mañana.
Intentó recuperar su café.
No la dejé.
—Axel.
—¿Qué?
—Voy tarde.
—Tienes siete minutos.
—¿Cómo sabes cuánto necesito?
—Llevas mirando el reloj desde que bajaste.
Me estudió.
—A veces eres inquietante.
—Observador.
—Controlador.
—También.
Esta vez sí le devolví la taza.
Amara bebió un poco y caminó hacia la entrada. La seguí porque también debía salir, aunque sospeché que ella sabía perfectamente que no era la única razón.
Tomó su bolso.
—Nos vemos en la noche.
—A las siete.
—Dijiste que te avisara cuando saliera.
—Y ahora te estoy diciendo que necesitamos estar donde mi abuelo a las siete.
—Eso significa que tengo que llegar antes.
—Correcto.
Entrecerró los ojos.
—Algún día voy a ignorarte solo para comprobar qué haces.
Me acerqué.
—No necesitas experimentar conmigo, Amara.
—¿Eso fue una amenaza?
—Una recomendación.
Sonrió.
—Definitivamente voy a hacerlo.
La besé otra vez, esta vez apenas unos segundos.
—Trabaja.
—Mandón.
Salió.
Me quedé mirando la puerta cerrada.
Después bajé la vista hacia mi reloj.
Siete treinta y cuatro.
Tenía una reunión en veintiséis minutos.
Y estaba sonriendo.
Perfecto.
Nick tardó aproximadamente doce minutos en descubrirlo.
Entró en mi oficina a las nueve, dejó una carpeta sobre el escritorio y se sentó sin que lo invitara.
—Algo pasó.
No levanté la mirada.
—Buenos días para ti también.
—Con Amara.
Eso sí consiguió mi atención.
—¿Por qué supones eso?
—Porque llevas toda la mañana tolerable.
—Vete.
—Además, Marta me contó que...
—¿Por qué mi vida se ha convertido en una red de informantes?
Nick soltó una carcajada.
—No me contó nada importante. Solo dijo que Amara no bajó de su habitación el sábado.
Silencio.
Su sonrisa desapareció lentamente.
Después volvió.
Peor.
—Oh.
—No.
—Axel.
—No vas a terminar esa frase.
—No necesito hacerlo.
Abrí la carpeta.
—¿Qué quieres?
Nick se quedó observándome con una satisfacción irritante.
—¿Y?
—¿Y qué?
—¿Qué significa?
La pregunta me molestó porque era la misma que Amara y yo habíamos evitado responder.
—Nada que te concierna.
—Entonces sí pasó.
Lo miré.
—Nick.
Levantó ambas manos.
—Bien. No necesito detalles. Gracias a Dios.
—Nunca ibas a recibirlos.