Mientras Derek contaba la historia, lo hacía con un detalle tal que sus palabras se volvieron fáciles imágenes para los demás, quienes centraban toda su atención en el adulto.
«Fernando y yo nos conocimos cuando éramos muy pequeños. Fue de hecho en el kínder, cuando unos sujetos molestaron a quien sería mi amigo. En lugar de defenderlo, traté de alentarlo a levantarse y ponerles un alto.
Al principio parecía que me gané de enemigos a los demás mocosos, pero Fer se levantó y golpeó a uno de ellos, lo que provocó una pelea entre los tres contra él, metiéndome también por un extraño sentido de justicia que me invadió en ese momento.
Recuerdo que ambos terminamos en la oficina de la directora, golpeados y molestos, aunque Fer no dejaba de llorar.
–Lo siento, no era mi intención meterte en más problemas –enuncié al chico, aunque eso parecía no importarle, pues sonrió en mi dirección con su cachete hinchado, diente roto y ojo morado.
–¡Gracias! –expresó, lo que me hizo reírme mucho de su cara, algo que primero lo extrañó, mas luego se unió a las burlas. Desde entonces nos volvimos inseparables.
Hacíamos absolutamente todo juntos. Siempre comprábamos los mismos videojuegos, participábamos en los mismos deportes, veíamos juntos películas, series e íbamos a espectáculos sólo nosotros dos, aunque a veces nuestras familias se juntaban, lo que nos volvió casi como primos, o tal vez más unidos, como hermanos.
Aunque tengo a Mine y Jayce, Fer siempre fue como un hermano gemelo para mí, alguien de mi edad que me acompañaba en todas mis locuras, travesuras y aventuras. Siempre vi en él a una persona con la que quería pasar el resto de mis días, descubriendo el mundo y creciendo a la par.
Luego entendí que esas ideas podían ser un poco infantiles, pues llegó la pubertad. De los dos, Fer tuvo una mejoría mayor en su apariencia. A mí me empezó a dar flojera los deportes, pero mi amigo decidió meterse al equipo de volleyball del estado, comenzando a jugar de forma profesional, lo que moldeó su cuerpo a tal grado que los músculos comenzaron a notársele más, incluso encima del uniforme de la escuela.
Eso provocó que todas las chicas de la secundaria estuvieran interesadas en él. Debo admitir que me daba un poco de envidia, porque en esos momentos yo tenía mucho acné y poca autoestima, una mala combinación para alguien en la edad de la punzada.
No obstante, había algo raro en todo eso. Pues Fer rechazaba a todas sus pretendientes. Era obvio que las menos agraciadas fueran bateadas, pero incluso algunas muy guapas tuvieron el valor de confesarle sus sentimientos al hombre, mas nunca eran suficientes para él. Una tras otra cayeron ante el “no” de mi amigo, lo que hizo a todos pensar una de dos cosas: Tenía un gusto raro como mujeres mayores o era homosexual.
Por obvias razones, cuando me preguntaban, negaba ambas. Inventaba excusas tontas que apenas y recuerdo, mientras que mi amistad con él seguía intacta, sólo que se había vuelto un poco más tosco.
–Ya sé. Lo peor es que me mandó como siete cartas. Todas tenían dibujos de nosotros besando y cosas así. ¡Qué vergüenza! –comentaba sobre su último rechazo mientras caminábamos, a la par que también comíamos una hamburguesa.
–A mí me daría pena ajena. ¡Ja, ja, ja! Te tengo una pregunta, la verdad a mí ya también me da curiosidad porque rechazaste hasta la Beverly –expresé, algo que lo hice reír un poco.
–¡Pff! He visto chicas más guapas.
–¿Dónde? –Mi pregunta ya fue hecha con cierto cinismo, pues ella era sin dudas una muchacha bastante bella.
–Pues no es mi tipo.
–¿Y cómo es tú tipo? Sólo es curiosidad.
–¿Me vas a conseguir novia?
–Ojalá pudiera conseguirme una yo. Tú deberías ayudarme, señor guapetón.
–¡Claro! Quédate con las sobras que más te guste. Con la Beverly si quieres.
–¡Ja, ja, ja! Ni en mis sueños la Beverly se fijaría en mí. –Fer notó mi cara de tristeza, a lo que me abrazó por encima del hombro y me acercó a él.
–¡No digas eso! ¿Por qué no lo intentas siquiera? Mira a todas las chicas que vienen a tratar de ser mis novias cuando saben que les diré que no.
–¿Cómo saben eso?
–Porque ya rechacé como a 20 y siguen insistiendo –explicó el muchacho bastante alegre. Yo no entendía qué rayos pasaba por su cabeza. Siempre fue confiado, desinhibido y sociable. Desde que lo conozco, jamás lo vi ponerse nervioso o tener pena. Era cómo un super poder que tenía. Ya debería tener novia para entonces y se negaba a hacerlo. Sin dudas era raro.
Justo en esa tarde habíamos quedado en ver películas en mi casa, por lo que a la salida fuimos primero por unos churros y pasamos a casa. Recuerdo hacía mucho frio. Llevábamos guantes y bufanda que, una vez dentro de mi casa, nos provocó quedarnos un poco en la entrada para quitarnos de encima los extras invernales y ponerlas en el perchero de la que entonces era nuestro hogar.
Minerva tenía diez años y Jayce apenas tenía entre tres o cuatro años, así que cada uno estaba en su mundo. Mi madre se hallaba atendiendo a personas en el comedor, cosa que, como siempre, íbamos a ignorar y correr a mi habitación para que no nos entretuvieran, pero al quedarnos un poco en la entrada les dio tiempo de darse cuenta que estábamos ahí y hablarnos.
–¿Derek? Ven a saludar a tus tíos –enunció mamá, lo que me hizo girar los ojos y a Fer reírse en voz baja, empujándome.
Al llegar con una sonrisa fingida vi que se trataba de Michael y Kimberly, mis primos, además de sus padres, obviamente, familia de mi padre, el cual en esa ocasión se encontraba trabajando. No me caían mal ni nada, pero Michael es un año mayor que yo. Eso puede marcar diferencias entre primos, por lo que sólo lo saludé como siempre. Por el lado de su hermana, tenía siete años y yo catorce, así que no me llamaba ya la atención jugar con ella. Al contrario, lo veía como un fastidio.
–¿Vino Fer? –preguntó mamá, asintiéndole, haciendo que lo llamara para presentarlo a mis tíos–. Él es Fernando, es el mejor amigo de Derek. Yo creo parece más de la familia que DJ, al menos yo lo veo más en la casa que él –bromeó con los adultos, provocadas risas y nuestra incomodidad.
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Editado: 08.11.2026