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Décimo Séptima Unión: Expiatorio

El regreso a la casa de los Darkcast fue bastante incómodo. Derek y Jayce seguían peleados y no se querían dirigir la palabra, al menos el mayor intentó calmar las cosas disculpándose, pero tan pronto comenzó a decir algo, Jayce le pidió guardar silencio, cuya voz se notaba todavía muy enojada.

Derek pensaba arremeter contra él, pero pensó que era más maduro callarse, respirar hondo y dejar que siguiera con su berrinche en su casa, cosa que sucedió.

Al arribar, el menor arrojó la puerta del auto, estruendo que todos dentro del hogar escucharon. La madre de Jayce lo llamó por su nombre al verlo entrar, pero éste hizo caso omiso, mejor preguntando a Derek qué había pasado, mortificada. Los pasos del menor fueron sonoros, así como el azote de la puerta de su cuarto, recargado en la misma y cayendo al suelo, llorando.

Jayce tenía miedo. No estaba así sólo por haber discutido con su hermano, sino por lo que Hendrik le había dicho. Sospechaba que su cuello estaba en la línea de corte y faltaba poco tiempo para que Hendrik, convertido en el «vampiro», fuera a asesinarlo y transformarlo en la horrida obra de arte que será exhibida en internet, no sin antes extraerle la sangre, lo que estaba cayendo en cuenta el joven seguro usaba para pintar cuadros cómo el que vio la última vez de sus compañeros.

Desesperado, el joven redactó en su móvil un mensaje a Marisa. Estaba temblando y apenas conseguía escribir las palabras de manera adecuada, pero al conseguirlo, lo envió y esperó que a su amiga le importara un poco responder a pesar de lo acordado.

Marisa: Voy para tu casa.

Sabía que era una mala idea, pero de inmediato le pidió un auto por aplicación y la chica llegó al hogar del muchacho, recibida por sus padres, quienes se extrañaron de verla.

–Buenas noches, señor y señora Darkcast. Lamento tanto tener que presentarme tan tarde, pero Jayce tiene un libro que necesito con mucha urgencia y estuve todo el día marcándole para obtenerlo y no me respondió. Temo que no deseo esperar más y entiendo que todo lo que sucedió les haya hecho ponerse todavía más estrictos con él, pero tampoco espero que dejen sea irresponsable con las cosas que no son de él. ¿Puedes apoyarme dejándome pasar por el libro? –cuestionó la chica, haciendo que los adultos se vieran el uno al otro, levantando una ceja, extrañados y algo sorprendidos por lo dicho.

–Jayce está en su habitación, Marisa. Puedes ir a pedirle el libro personalmente. Si es que te abre –explicó la madre, cosa que «impresionó» a la de cabello corto, actuando lo mejor que le era posible.

–¡Oh! ¿Está triste o enojado?

–Bastante molesto. Tal vez verte le haga tranquilizarse. Llegas justo a tiempo, hija. –La joven es invitada a pasar, vista con malos ojos por los hermanos mayores, regalándoles una sonrisa y caminando hacia las escaleras, deteniéndose antes y volteando hacia los dueños del hogar.

–Trataré de convencerlo de bajar y que hable con todos sobre lo que sea que haya ocurrido. Denme oportunidad de ayudar. –Eso hizo a los progenitores sonreír, abrazada la esposa del hombre por éste desde los hombros y asintiéndole a la chica a su propuesta.

Ya arriba, Marisa tocó la puerta de su amigo, abierta aquella y notado que estaba sentado en su cama, temeroso.

–¿Cómo sé que no eres una ilusión? Una maldita pesadilla –cuestionó el deportista, cerrada la puerta detrás por la joven.

–Ese balón que está a tu lado. ¿Cuántas veces lo has cargado? –preguntó Marisa señalando una pelota de basketball del tamaño de su puño que el joven mantiene al lado de su cama. Esto sin moverse la estudiante de la entrada, recargada en la puerta con las manos detrás de ella.

–Muchas veces…

–¿Lo has dejado caer al suelo?

–¿A qué vas con esto?

–En teoría, las ilusiones que alguien puede mostrarte están hechas bajo sus reglas y conocimientos. Lo que puedas hacer dentro de ellas y las reacciones de con lo que interactúas, se basa en el conocimiento de quién las hace. Esa pelota jamás la ha tocado Hendrik, nunca la ha visto rebotar. Tú sí, eso significa que, si pesa diferente o se siente diferente o no rebota cómo siempre lo hace, es probable que estés dentro de una ilusión, pues quien la creó tratará de usar lógica dentro de lo que ves, no pudiendo replicar cómo es en realidad –explicó Marisa, a lo que Jayce tomó la pelotita, la apretó y dejó caer al suelo.

–Todo se ve bien…

–De nada –alegó la chica, orgullosa y acercándose a la cama–. Ahora, ¿qué demonios sucedió? Dijiste que urgía hablar y que era de vida o muerte. Aquí estoy.

–Hice enojar a Hendrik –explicó el muchacho, temblando y llorando, a lo que Marisa ni siquiera parecía cambiar su expresión, sentándose a su lado.

–¿Eso es todo?

–¿Estás imbécil o qué? ¡Me va a mat…!

–¡Tranquilízate, Jayce! –tajó de forma autoritaria y bastante molesta–. Hendrik no va a hacer nada mientras haya la posibilidad de que pueda meterte a su cama.

–Deja de jugar con eso.

–No es broma. Es lo único que te ha puesto en una posición privilegiada. Tienes acceso al «vampiro» como nadie más. No creo que…

–Me dijo que yo era idéntico a su hermano, y me dio a entender que estaba muerto. ¿No descubriste nada del padre o su familia aún? –cuestionó a la mujer, cosa que denegó de inmediato.

–Nada de utilidad. Encontré su perfil en redes, pero pues es lo que un señor de su edad normal tendría: Muchas cosas raras y sin sentido. No tiene fotos de él, sino de lugares random y compartía memes de viejos. No hay otra cosa que me dé pistas de quién era su esposa o hijos. Lo que sí es que, entre sus amistades, aparece un personaje bastante interesante –explicó Marisa, extrañado el hombre ante esto.

–¿Quién?

–Una mujer mucho menor que él, de veintinueve años. Es de los últimos contactos que agregó, y ella sí es interesante, mi querido Jayce.

–¿Por qué?

–Es de las primeras víctimas del «vampiro». Rosa Aurelia Firecrack era su nombre y fue una divorciada con dos hijos de diferentes matrimonios que el asesino eliminó hace ya mucho tiempo. Fue un caso especial, porque mató tanto a ella como a su hijo, a un par, algo que sólo ha hecho tres veces, contando la de Ricardo y Karla, única donde muere un infante. La tipa no era muy rara, aunque, para ser madre, le gustaba mucho beber y la fiesta. La mayoría de sus fotos se ve haciendo estas cosas. –La chica le mostró el perfil a su amigo, visto lo que le había descrito, solo tenía una foto diferente, donde se le veía alegre en el gimnasio, notado algo en uno de los espejos por el pelinegro.




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