Fue en un día terrible y oscuro.
Antonio se hallaba en el baño de su casa, bajo la regadera, abrazando sus piernas mientras el agua caía en su cuerpo. Conservaba su ropa y estaba por completo empapado, con la cabeza entre sus rodillas y llorando de una manera desgarradora, tratando de no hacer tanto ruido para que no escucharan.
Su teléfono, que estaba fuera de donde podría mojarse, vibraba una y otra vez, además que le marcaban, encendida la pantalla y visto el nombre de la persona que trataba de comunicarse desde donde estaba sentado, sólo pudiendo el muchacho hacer eso: observarlo. No tenía el valor o la fuerza para contestar.
Cuando dejaban de insistir con las llamadas, los mensajes llegaban uno tras otro, regresando las vibraciones, sin dejar espacio para que, si quiera, la alerta terminara. Hasta que, de tanto escucharla, harto el joven de esto, teniendo con los oídos tapados y los ojos cerrados, gateó hasta el móvil, lo tomó con fuerza y arrojó al espejo, rompiendo el cristal y el aparato, haciendo un escándalo.
El muchacho vio lo que provocó y continuó gimoteando, arrepentido y harto, gritando sin emitir el sonido de su garganta que moría por expulsar todo el aire posible.
Una hora más tarde, Antonio bajó las escaleras de su casa ya arreglado. Se le notaba normal, sólo parecía tener un poco de ojeras, cubiertas por unos lentes de sol, aunque ya era de noche.
–¡Hey! ¿A dónde tan deprisa? –preguntó la madre del muchacho, acercándose a él. La fémina vestía un elegante vestido de cocktail, se notaba que iba a algún evento por su maquillaje y costosas joyas que llevaba encima.
–Iré a ver a mis amigos al antro. Regresaré temprano. Lo prometo –explicó el menor con una sonrisa leve y mirando a la mujer tras las gafas oscuras.
–¿Lentes de sol para un antro?
–Las luces me molestan a veces. Además, es la moda, mamá. No lo entenderías –enunció confiado, a lo que la progenitora rio y le revolvió el cabello.
–No quiero que traigas personas raras a la casa. Menos mujeres que conozcas en ese lugar. Tus amigos…
–Sí, ya sé. Siguen vetados…
–Son bienvenidos con previo aviso –rectificó la mujer, asintiendo Antonio un poco más alegre de lo normal, abrazado por su progenitora–. Cuídate mucho, corazón. Cualquier cosa avisa a Otto –pidió la adulta, regresando a la sala, tomando su móvil y marcando a su esposo para reclamarle su retraso.
Listo para irse, Antonio caminó hacia la puerta, atravesándola, cayendo entonces en el asfalto caliente, adolorido por el golpe que se alcanzó a dar en el asiento delantero, además de la quemadura del cinturón que tenía en el estómago.
El joven respiraba agitado, escuchando el llanto de un niño, imitándolo de momento al darse cuenta de lo que había sucedido, lo que despertó a Marisa.
Seguía bastante mareado, adolorido y confundido de lo que ocurría. Podía ver diferentes luces que se arrastraban en su mirada, además de una que estaba muy cerca de él, la cual emitía un calor intenso y una crepitación constante, confundiendo más al adolescente.
–Jayce... ¡Jayce! –gritaba con una voz adormilada, dándose la vuelta para quedar bocarriba en la calle, al lado del auto de su amigo, escuchados los gritos de horror de Marisa, la cual ya había descubierto qué había ocurrido.
Ahora, el joven estaba en su casa, dentro de su habitación, tratando de encontrar imágenes de la víctima que habían asesinado cerca del metro. Parecía que no habían podido filtrarla todavía, desesperado el muchacho por no poder hacer mucho al haber sido desplazado por sus amigos. Aunque una parte de él no quería ir al velorio, se estaba sintiendo inútil.
Luego de un arranque de ira que terminó por lanzar a un costado su laptop ahí en su cama, el teléfono celular secundario, a pesar de estar roto, comenzó a vibrar. Una llamada estaba entrando, levantado Antonio hacia el mismo y visto de quien se trataba, contestando la llamada.
–¿Hola? Ya te dije que mañana, hoy no puedo. Ni siquiera tengo el dinero. No te preocupes por eso, mañana lo tendrás. ¡Adiós! –Antonio colgó, suspiró profundo y lanzó su puño a la pared, gritando luego de eso, lastimada su mano, hincado por el dolor, abrazando su extremidad y no pudiendo evitar llorar de la frustración.
La pared tenía un poco de su sangre, al igual que algo de piel, detalle que notó al levantar la mirada y recordar algo que le ayudó a encontrar las imágenes que buscaba de la víctima, alegre de haber podido cumplir su parte a costa de una mano lastimada.
Por su parte, Marisa y Jayce observaban a los amigos de Amanda pasar el tiempo en la capilla. No se hablaban siquiera entre ellos y se veían bastante tristes, mientras que los más chicos, luego de acabarse el pan y el café que les dieron, tratando de ser amables, decidieron levantar la voz.
–Bueno… No tuvimos el placer de conocer mucho a Amanda. Así que sería lindo que nos ayudaran a saber cómo era ella en el día a día –inició la estudiante, alentando a Jayce.
–¡Es cierto! ¿Alguna anécdota o cómo la conocieron? Nosotros fue cuando buscábamos a Hendrik en el centro, pero ustedes supongo la vieron en otro lado –secundó el deportista, llamada la atención de todos, mismos que voltearon a mirarlos.
–Yo conocí a Amanda de la misma manera que ustedes –explicó Aide, suspirando un poco antes de continuar–. Cuando empecé a tener problemas con el dinero, salí a las calles luego de encargar a mi hijo con una amiga. Trataba de conseguir dinero, pero las chicas nocturnas somos muy territoriales, así que no pude encontrar donde colocarme sin correr peligro. Fue ahí que vi a Amanda y me colocó junto a ella. Pensé que seriamos buenas amigas desde entonces, pero no todo es como lo imaginas –enunció la mujer, levantándose y yendo hacia el féretro, poniendo una mano sobre éste.
–A mí me pasó algo similar. –enunció la Tiznada con su singular acento extranjero–. Estaba haciendo un video en donde entrevistaba personas que trabajaban en las noches. Las chicas de vida galante no nos querían aceptar una entrevista. Incluso se molestaron porque las grabamos, así que fuimos a un sitio más de cruising. Ahí vimos a varias chicas trans que estaban trabajando, y la mayoría era más accesible. Supongo pensaron que podrían ser la siguiente Veneno, cosa que tomamos en ventaja para entrevistar a muchas y grabarlo todo. La última fue Amanda. Su historia era interesante como trágica. Rechazada de infante por su padre biológico, golpeada por su padrastro, abusada en la escuela y, finalmente, abandonada en la secundaria. Desde entonces vivió en las calles y se valió por sí misma hasta conseguir un hogar y un compañero que la acompañó hasta la muerte: Pechugas, su perro. Le invité a cenar una hamburguesa y lo demás es historia aburrida de cómo nos hicimos amigas.
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Editado: 08.11.2026