Conexiones 0

Décimo Octava Unión: Falacia

Era hora de ir a la escuela. Jayce estaba un poco arrecho a la idea, quería pedirles a sus padres faltar para pensar un poco las cosas y su siguiente paso en todo el asunto de atrapar a Hendrik como el asesino, pero tendría que inventar una buena excusa, y también cayó en cuenta en que se quedaría solo en casa, lo que podría resultar en destino horroroso.

Durante el camino, el joven no pensaba decir una sola palabra. Su padre, quien se ofreció a llevarlo, lo notó bastante callado. Creyó por un momento que fue por lo discutido el día anterior, mas luego decidió apostar por algo más.

–Tu tía me comentó que le dijiste a Kimberly que fuera a darnos una vuelta. ¿Es eso cierto? –cuestionó el hombre, impresionado el muchacho de escuchar eso, un poco asustado.

–Yo… Sí, es que como salió con Mine… Yo también extraño un poco a mis primos –comentó el joven con algo de torpeza, sonriendo un poco el mayor ante eso.

–¿En serio? Monique no mencionó a Michael, sólo a Kimberly.

–Bueno, le iba a decir a Kim que le dijera también si quería venir. No lo hemos planeado del todo –justificó el estudiante, sonriendo el adulto ante ello.

–Está bien. Me gusta que trates de conectar con tus primos. Me encantaría que fuéramos un poco más cercanos a toda la familia, en especial ellos que, como sabes, enfrentaron hace poco el divorcio de tus tíos. Esa es la razón por la que Minerva ha ido a ver a Kimberly más seguido, porque en parte se lo pedí –confesó el padre, suspirando un poco el menor al saber eso.

–¿No sabes por qué se separaron?

–Creo que no soy la persona adecuada para decirlo. Pero, te aseguro que pronto lo sabrás. –El auto se detuvo enfrente de la preparatoria, suspirando el estudiante al ver hacia la entrada de ésta. –Jayce, a veces la gente no es quien tú crees que es. Por más que trates de hacer lo mejor por los demás, el pago de tu generosidad puede ser la indiferencia o, incluso, la traición. «No hagas el bien si no tienes la fuerza para soportar la ingratitud». Era algo que nuestro padre nos decía mucho a tus tíos y a mí. Te pido que seas bueno con tus primos, en especial con Kimberly, pero sé consciente de que es posible no te paguen con la misma moneda. Hacemos bien porque queremos, no porque esperamos algo. ¿Entendido? –Lo dicho extrañó un poco algo hijo, apretado su entrecejo y separados un poco sus labios, mas sólo asintió y fue abrazado por su progenitor, abandonado el auto y arrancando luego de eso.

Apenas el joven se dio la vuelta tomó su móvil y mandó un mensaje a su prima por medio de su cuenta. Aquel decía lo siguiente:

«¿Apoco ya estás pidiendo permiso? Papá me comentó que sin problemas te recibíamos. Te lo dije». Luego de eso, cerró la aplicación y levantó la mirada, visto cómo Marisa y Antonio se acercaron a él.

–¿Alguna novedad? Porque parece que nuestro amigo asesino ya actuó. –Enunció la chica al mostrar su teléfono, visto por Jayce las imágenes filtradas del último siniestro, notada la horrida escena en la cual habían dejado a Amanda.

–¡No! Por favor… ¡Es Amanda! –mencionó el deportista, impresionados sus amigos al escuchar eso.

–¡Qué! ¿Lo conocías? –cuestionó Antonio, empujado por Marisa, quien parecía un poco ofendida.

–«La» conocía. Es una mujer trans… ¡No puede ser! ¿Es la prostituta? –cuestionó intrigada y sorprendida.

–La misma –enunció Jayce al suspirar de momento, tratando de olvidar la horrible imagen que vio en un flashazo gracias a la mujer.

–¿Cómo sabes cómo se llamaba? ¿No me digas que Hendrik te platico de ella?

–No, la vi en la fiesta de la Tiznada. Han pasado muchas cosas desde mi hallazgo de Ricardo y Karla. Hendrik me invitó a una reunión en casa de un amigo o amiga de él. Fueron varias de sus amistades, entre ellas el sujeto que vende los aretes cerca del metro y dos influencers. Uno de ellos es la Tiznada y el otro es Edgardo, la «tía Ponzoñous» –explicó Jayce, asombrada Marisa de escuchar esos nombres.

–¡Vaya! Sí sé quiénes son. Parece que Hendrik tiene más influencias de las que creía –confesó Marisa, pensativa.

–También estaba Amanda y Aide, ambas prostitutas. Cuando llegué, la víctima estaba yéndose y todos se notaban tensos. Tal vez pasó algo –dedujo el deportista, a lo que Antonio reaccionó.

–¿Qué rayos? ¿Por qué se juntan con putas? ¿Cómo era? –La última pregunta fue hecha con cierta cautela y voz un poco más baja, a diferencia de las primeras que parecía haría un escándalo por ello.

–Pues Amanda era alta…

–¡No! La tal Aime.

–Pues de estatura baja, morena, cabello muy largo y liso. Estaba tatuada del brazo y una pierna. Es muy guapa la verdad –describió Jayce, tratando de acordarse.

–¿De qué era el tatuaje? –Marisa entonces se extrañó de la pregunta hecha por Antonio, respondiendo el pelinegro.

–Pues era un tigre y unas flores el de la pierna. El del brazo era un sol naciente oriental. –Los parpados de Antonio se separaron tanto que parecía que sus ojos saldrían de sus orbitas, tomado del brazo por Marisa.

–La conoces –sentenció la mujer.

–¿Qué? ¡Estás loca! ¿Cómo por qué conocería a una persona que se dedica a eso? –mencionó molesto, moviendo su brazo de manera brusca para quitarse de encima a su amiga.

–Has estado particularmente raro estos últimos días. Esa vez que vimos a las prostitutas, las trataste peor que escoria, como si te hubieran hecho algo. Comienzo a sospechar que…

–¡Ya, Marisa! ¡Detente, con un demonio! –gritó Antonio, lo que llamó la atención de todos alrededor, incluso de otros alumnos y personas que estaban lejos de ellos, ya que siempre se alejaban para que nadie los escuchara.

–¡Tranquilízate! –ordenó la chica, enojada.

–¡Entonces bájale con tus preguntitas de porquería! Ya sabes que me molesta que nos estés buscando cosas. Detente, Marisa –pidió el castaño, a lo que su amiga suspiró profundo, cerró los ojos y aspiró el aire acumulado.




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