Mientras Jayce viajaba hacia su casa, la mayoría de las personas parecían incomodas al viajar cerca de él, pues lloraba atemorizado, sin poder evitar gimotear y respirar con dificultad. Había quienes querían preguntarle si estaba bien, pero como nadie se atrevía a acercarse, lo dejaron solo, abrazándose mientras trataba de recuperarse de lo sucedido, recordando de forma muy vívida el día del accidente.
Fue como si hubiera sido transportado al momento justo donde por fin consiguió bajar de su auto, caminando hacia la mujer afectada con dificultad, tratando de ayudarla, manchándose de rojo y escuchando los gritos de Marisa detrás de él.
–¡Es inútil! ¡Se fue! ¡Nosotros lo provocamos! –vociferaba la chica, colocado detrás de un faro Antonio, sentado y abrazando sus rodillas, igual de asustado que los demás, viendo sus manos el deportista al momento, todavía mareado, pero más consciente gracias al susto y la adrenalina.
–¡Muchacho! –habló una voz familiar, levantada la mirada de Jayce al momento, regresado al presente y encontrado a su lado la misma señora que una vez le contó de su comportamiento durante la alucinación.
–Usted…
–¿Aún tienes problemas con eso? Creí que te había dado un contacto para que te revisaras. ¿No fuiste? –cuestionó la anciana, a lo que el joven la miró extrañado, limpiándose las lágrimas.
–No, no me dio nada, señora. Pero muchas gracias por preocuparse. Estoy bien, es sólo que he tenido días difíciles –explicó un poco más tranquilo, preocupada la extraña y confundida.
–Juro que te di el número del psicólogo de mi nieta. Debo tenerlo por aquí –enunció al buscar en su bolso algo, sin poder encontrarlo.
–No se preocupe. La realidad es que sí voy a terapia, sólo que la solté un rato ahora que empecé a sentirme bien y mi terapeuta no me ha dicho que tengo esquizofrenia. Ya lo hubiera detectado –enunció Jayce con más calma, a lo que la señora tomó compostura en su asiento y siguió.
–Entonces ¿Estás bien? Cuando la gente llora en lugares públicos suele ser por cosas repentinas o muy malas.
–Bueno, fue un poco de ambas. Es sólo que tengo miedo –confesó el joven al derramar un par de lágrimas más, arqueado hacia adelante y puestos sus codos sobre sus rodillas–. La ciudad cada vez es menos segura. Siento que en cualquier momento puede pasarme algo a mí o a mis amigos. He estado muy estresado por eso, por la escuela, el partido que tengo este fin de semana y de más cosas. Tal vez si deba retomar la terapia –confesó un poco apenado, temblando mucho, notado eso por la mujer. Aquella tomó una mano de Jayce y éste la vio a los ojos, notando cierta nostalgia.
–Me recuerdas a un alumno que tuve hace muchos años. Estaba mortificado por tantas cosas que pudieran pasar en el futuro que se la pasaba estresado y ansioso. Siempre lo veía dibujando en los pasillos, solo. A veces lloraba e incluso faltaba a clases, pero todo cambio un día que nos visitó un escritor famoso de la ciudad. No recuerdo su nombre, pero dio una conferencia a la cual todos estaban obligados a asistir. Lo curioso es que, de todos los alumnos, quien más preguntas le hizo y más emocionado estaba era él. Se nos hizo raro a todos y se quedó platicando mucho al final, hasta decidimos tomarles una foto que pronto le regalamos y publicamos en redes. Desde entonces, lo vi bastante feliz y con mucha alegría, dibujando más que nunca. Terminó como uno de los mejores de la generación, un orgullo de nuestra escuela. Aunque ya no supe nada de él, me gusta tomarlo como ejemplo de que, a pesar de que las cosas vayan mal, siempre puedes encontrar la luz al final del túnel. –Al inicio, el deportista estaba confundido con lo relatado. Sentía que no tenía nada que ver, hasta creyó que la señora estaba senil, pero al final entendió el porqué de todo, y hasta le resultó familiar.
–Disculpe, de casualidad él se llamaba… –En eso, se anunció la siguiente parada por la alta voz, interrumpiendo al adolescente.
–¡Oh! Aquí me bajo, muchacho. Por favor, no te rindas. Sé que encontrarás la manera de hallar nuevamente tu felicidad. –Sin más, Jayce asintió con una leve sonrisa, poniéndose de pie la mujer y abandonando el vagón con cierta dificultad.
Sin muchos problemas y más tranquilo, el adolescente llegó a su casa, encontrada en ésta sólo Minerva en la sala, leyendo un libro rojo que tenía el año en grande en la portada.
La adulta notó que se trataba de su hermano y ni siquiera lo saludó. Levantó la mirada un poco y la regresó al libro de inmediato, haciendo una mueca de desaprobación poco después, escuchado por el menor cómo expiró por la nariz en tono de molestia, lo que le enojó de inmediato.
–¿Qué te hice? –cuestionó al ponerse frente a la mayor, bajando ésta el texto para verlo, extrañada.
–¿Disculpa?
–Te pregunté que sí te hice algo como para que éstes así de enojada conmigo. Para que te moleste el solo verme. –Minerva entonces cerró el libro y lo colocó a un lado suyo, mirando al joven con cierto recelo.
–¿Qué quieres, Jayce? Lo tienes todo en esta casa. El cuarto más grande con su propia regadera; desayuno, almuerzo y cena hecha por mamá; transporte a tu escuela, ya sea por medio de tu propio carro o cuando papá puede llevarte; estás en la preparatoria más privilegiada y cara de todas; te compran lo que quieras siempre y cuando lo pidas con antelación; y no importa qué hagas, tu mayor castigo parece una llamada de atención como si fuera la primera vez que la cagas. –Todo eso dejó el muchacho extrañado, como si su hermana hubiera desviado la conversación.
–¿Por eso estás enojada?
–Estoy enojada porque te consienten demasiado, pero no contigo en realdad, sino con papá y con mamá porque todavía nos dicen egoístas o envidiosos. Mi problema hacia ti es porque tomas ventaja de ello tanto como puedes de la manera más descarada posible. Perdóname si tu vida perfecta es obstruida por mi cara de enojo. No se te vaya a caer un ojo de la mortificación –emitió con sarcasmo al final, cuya confesión molestó más al deportista.
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Editado: 08.11.2026