Corazones Tempestuosos +18

09. La fiesta de Drake Finshker II

CORY SHANE.

—Te juro que esta fiesta le da mil vueltas a la de Sam Bardem —le dijo Caritshma a Drake mientras los tres volvíamos al interior de la casa.

Drake, que caminaba delante de nosotras, se detuvo en seco y se giró con una sonrisa de satisfacción.

—Perdona, ¿puedes repetir eso?

Car puso los ojos en blanco.

—Has oído perfectamente.

—Quiero asegurarme. Con la música igual me ha parecido escuchar que acababas de admitir que mi fiesta es mejor que la de Sam.

—He dicho que esta fiesta le da mil vueltas a la suya. No te flipes más de la cuenta.

Drake se volvió hacia mí.

—Tú lo has oído, ¿verdad?

Drake me echó una mirada curiosa, con una sonrisita arrogante en el rostro.

—A mí no me metáis en vuestras chorradas —contesté, levantando ambas manos.

—Tenemos una testigo —insistió él, ignorándome por completo—. Ya no puedes echarte atrás, Ricitos de Oro.

—No pienso echarme atrás porque no he dicho ninguna mentira. Esta fiesta está bastante mejor que la de Sam. Punto. Eso no te convierte automáticamente en el mejor anfitrión de Madrid.

—Es exactamente lo que significa.

—En tu cabeza, quizá.

—Y en la de cualquiera con un mínimo de criterio.

Caritshma soltó una risa incrédula y le dio un empujón a Drake con el hombro al pasar junto a él.

—No te vengas tan arriba, Draky, que luego la caída es más dura.

—Lo que te fastidia es haberme dado la razón.

—Sí, claro. No voy a poder dormir esta noche del disgusto.

Drake continuó sonriendo, encantado consigo mismo. Se notaba a kilómetros que pensaba sacarle partido a aquel comentario hasta que Car se arrepintiese de haber abierto la boca.

Ella, en cambio, dejó de prestarle atención en cuanto vio la pista de baile.

—Voy a comprobar si el DJ que has contratado también supera al de Sam —anunció.

—Ya sabes que sí —respondió Drake.

—No hablaba contigo.

Car se internó entre la gente sin esperar respuesta.

La música hacía vibrar el suelo. Los focos de neón teñían las paredes y el aire olía a alcohol, perfume caro y tabaco. A nuestro alrededor, todos bailaban, gritaban y chocaban vasos como si celebrasen algo importantísimo.

Pero yo apenas veía nada de eso.

Solo la veía a ella.

Caritshma se movía entre la gente con los ojos encendidos y una sonrisa tan grande que tuve que mirarla dos veces. No recordaba haberle visto una expresión así en casi dos años. No era la carcajada exagerada con la que escondía que algo le había dolido ni una de esas sonrisas que utilizaba para tranquilizarnos.

Aquella era de verdad.

Le nacía de dentro y le iluminaba la cara entera.

Me dio un vuelco el corazón al verla tan feliz entonces.

Cogí un chupito de tequila que había alcanzado de la barra de bebidas, y me lo bebí de golpe, notando el ardor en la garganta. Cari ya bailaba en medio de la pista, moviendo las caderas y levantando los brazos como si el mundo fuese a acabarse aquella misma noche.

—No hay quien la pare —comentó Drake a mi lado.

—Hacía mucho que no la veía así de alegre de verdad.

Él siguió mi mirada y su expresión perdió parte de la chulería.

—Entonces deja que lo disfrute.

No respondió con ninguna gilipollez ni intentó hacerse el gracioso. Simplemente se alejó para atender a un grupo que acababa de llamarlo desde el otro lado del salón.

Yo volví a mirar a Car.

Siempre había sido un huracán con rizos rubios y energía para aburrir, capaz de contagiar su alegría hasta a un completo desconocido.

Incluso cuando estaba hecha polvo, encontraba alguna forma de hacer reír a los demás. Con el tiempo había convertido la risa en refugio: si algo se volvía demasiado triste o incómodo, soltaba una barbaridad y conseguía que todos mirásemos hacia otro lado.

Sin embargo, eso no significaba que su vida hubiese sido fácil.

Ni por poco.

Caritshma había soportado golpes capaces de dejar a cualquiera sin ganas de levantarse de la cama. El peor fue perder a Lion, el amor de su vida. Y desde entonces evitaba pronunciar su nombre por miedo a romper algo dentro de ella, pero su ausencia seguía acompañándola incluso en los días buenos.

Y, cuando todavía intentaba aprender a respirar sin él, descubrió que su padre llevaba años engañando a su madre. Por si aquella traición no fuese suficiente, de esa relación había nacido una hija casi de nuestra edad.

Recordaba perfectamente el día que me lo contó. Le temblaban la voz y las manos, y hablaba como si todo aquello fuese culpa suya. Como si pronunciarlo en voz alta la convirtiese en cómplice de lo que había hecho su padre.




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