
Creo que ha pasado mucho tiempo desde la última vez que subí algo por Booknet, y bueno, la verdad es que no tengo justificación, pero les prometo que estaré más activa por aquí. Habrá actualizaciones de COTEM toda la semana, para que estén atentos.
CORY SHANE.
Toda la vida me había tenido por una tía fuerte, capaz de aguantar cualquier golpe que quisiera darme la vida. Creía saber de sobra lo que era pasarlo mal, sentirse sola e incluso abandonada.
Pero nada, absolutamente nada, se parecía a lo que sentí aquel día.
La reacción de Ithiel, aquella mirada envenenada por las dudas y la brutalidad con la que me sujetó, como si se le hubiese ido por completo la cabeza, me hicieron pedazos.
Lo peor no fue que desconfiara de mí. Ni siquiera que me estampara contra aquellas taquillas como si fuera culpable de algo y mereciera pagar por ello.
Lo que de verdad me destrozó fue ver en sus labios la intención de llamarme ramera, como si mereciera aquel insulto, y como si todo lo que le había demostrado hasta entonces no valiera una mierda.
No había hecho nada de lo que su cabeza se había empeñado en imaginar. No me había acostado con Sebastián ni con nadie. Y, aun así, Ithiel consiguió que me sintiera juzgada, rebajada a una palabra asquerosa que jamás debería haber rozado mi nombre.
Y si se había vuelto un loco tan solo de saber que había estado a solas con Sebastián, no quería imaginarme cómo se pondría si supiera que mi exnovio me había visitado, había estado en el despacho conmigo a solas y, además, me había llevado a la fiesta de Drake.
Ithiel no solo se volvería loco, perdería completamente la cabeza.
Pero ya me daba igual en plan se pusiera. Después de la manera en la que me había tratado, Ithiel podría irse a tomar por culo con sus celos y su maldita manía de controlarme a su favor.
Por el amor de dios, ¿con qué puto derecho venía a pedirme explicaciones?
Él, que me había dejado plantada. Él, que no se había dignado a buscarme ni a pedirme perdón en todo el fin de semana. Él, que me había dejado con el corazón hecho polvo mientras, por lo que yo sabía, podía estar pasándoselo de puta madre lejos de mí.
¿Y ahora venía a juzgarme?
¿Cómo podía condenarme por algo que ni siquiera había hecho cuando había sido él quien abrió la herida primero?
Cuanto más le daba vueltas, peor me olía todo.
Sin saber muy bien por qué, me vino de golpe a la cabeza algo que había leído una vez, sobre que, cuando alguien es infiel, suele ponerse hecho una fiera. Acusa, ataca y ve fantasmas donde no los hay porque le aterra que le paguen con la misma moneda.
En el fondo, teme que le hagan exactamente lo mismo que ya ha hecho a escondidas.
No fue más que una idea, pero se me clavó dentro como una espina y ya no hubo manera de arrancarla.
Entonces volví a pensar en lo sucedido con Ithiel hace una semana y se me apretó el corazón, porque, a pesar de que él me había explicado y dado sus pruebas, mi mente seguía pensando que aquellas bragas en el suelo le pertenecían a otra.
Para cualquiera, aquello quizá no habría significado gran cosa. Para mí, había sido una confesión sin palabras.
Intenté agarrarme al ticket que me enseñó. Quise convencerme de que bastaba para demostrar que no me había engañado, pero aquel papel no probaba una mierda, ni con fechas claras, ni horas exactas y mucho menos con la talla.
Me jodía admitirlo, pero una parte de mí —la que todavía sangraba por todo lo ocurrido— estaba convencida de que Ithiel era perfectamente capaz de ponerme los cuernos.
Y aquello, por mucho que me empeñara en negarlo, era mucho más demoledor que cualquier disculpa que pudiera inventarse después.
—¡Cory! ¡Deja de correr! —Su voz retumbó tan cerca que se me encogió todo el cuerpo. Sonaba desesperado. Roto. Demasiado cerca.
Ni de coña iba a parar.
Quería seguir corriendo hasta perderlo de vista. Meterme en cualquier rincón oscuro donde no me alcanzara su olor, donde su sombra dejara de perseguirme de una puta vez.
Necesitaba librarme de aquella atracción de mierda que me tenía tan pillada por él. Sacármelo de la cabeza, del cuerpo, de todos esos sitios en los que se había ido colando hasta convertirse en algo imposible de arrancar.
Sabía que me estaba destrozando.
Lo sabía de sobra.
Pero había cadenas que no se veían y que yo no tenía ni idea de cómo romper. Cadenas que mantenían mi corazón atado al suyo incluso cuando todo lo demás dentro de mí gritaba que saliera por patas.
Poco a poco, las piernas empezaron a aflojarme. Llevaba tanto rato corriendo sin mirar por dónde tiraba que solo fui consciente de adónde había llegado cuando vi aparecer ante mí la parte trasera del complejo deportivo.
El pabellón principal quedaba ya bastante lejos. Delante tenía el antiguo módulo de entrenamiento, un bloque de hormigón levantado junto a las pistas exteriores que Hodsson llevaba tiempo sin utilizar. Habían trasladado las actividades al edificio nuevo y aquella parte del campus se había quedado a medio camino entre el abandono y una reforma que no parecía empezar nunca.
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Editado: 26.09.2026