Destacando en la Tormenta.

Capítulo 21: El Peso de las Máscaras

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El Palacio Garnier lucía majestuoso e imponente bajo el cielo de la noche parisina. No cabía ni un alma en el recinto; el foso y las galerías estaban a reventar, colmados por la flor y nata de la alta sociedad europea, críticos implacables y mecenas ansiosos por presenciar el esperado debut de la protegida de Brittany Wells. El vibrante murmullo del auditorio atravesaba el denso telón de terciopelo carmesí, entrelazándose con el timbre dulce y tenso de los violines que terminaban de afinar en el foso de la orquesta.

En los camerinos principales, Giselle se mostraba sencillamente deslumbrante. El tutú blanco de Odette, realzado con filigranas de plata y delicadas plumas tejidas a mano, esculpía la sutileza de su estampa, mientras que el sombreado del maquillaje acentuaba la profundidad abismal de sus ojos oscuros. Estaba lista, con cada fibra de su ser vibrando bajo la descarga de adrenalina. Louis le había brindado un cálido abrazo de camaradería antes de ocupar sus marcas en bambalinas, y Brittany Wells le había dedicado una escueta inclinación de cabeza, un gesto parco que para Giselle valía más que cualquier trofeo.

La puerta se abrió y Antoine apareció en el camerino luciendo un traje a medida de porte impecable. Al contemplarla bajo la luz de los espejos, se quedó sin aliento un instante. Acortó el paso con cautela para no rozar la rigidez del vestuario, le tomó las manos con extrema delicadeza y le dedicó una mirada teñida de esa absoluta devoción que solo reservaba para ella.

—Estás deslumbrante, danseuse. Todo París está allá afuera esperando una razón para juzgarte, pero sé que esta noche el Palacio Garnier va a ser completamente tuyo —le susurró Antoine con un orgullo que le encendía la mirada.

Giselle le devolvió una sonrisa tenue, sintiendo cómo el miedo acumulado se disipaba en su pecho con la sola tibieza de sus manos. Sin embargo, en el instante preciso en que el regidor golpeaba la madera del camerino anunciando la tercera llamada —cinco minutos para el levantamiento de telón—, una irrupción violenta fracturó la magia del ambiente.

No se trataba de una crisis de vestuario ni de una filtración de la prensa. Fue el propio director técnico del equipo, escoltado por dos agentes de seguridad del club, quien irrumpió en el pasillo de los camerinos principales. El míster avanzaba con el rostro demudado, desencajado por la gravedad del asunto y sosteniendo un portafolios de cuero apretado con fuerza contra el costado.

—Vilois, se nos cayó todo —soltó el entrenador a bocajarro, irrumpiendo en el lugar y atropellando la etiqueta del recinto sin el menor miramiento—. El comité disciplinario de la UEFA acaba de emitir una resolución de emergencia por la bronca con Adrián. El rival impugnó la sanción del torneo local y exigen tu comparecencia inmediata ante la sede de la federación esta misma noche. Si no estás en la mesa de arbitraje antes de la medianoche, el equipo queda descalificado de la Champions. El vuelo privado despega en treinta minutos.

El camerino quedó sepultado en un silencio denso, sofocante. Antoine se agarrotó por completo, con la mirada clavada en los sellos oficiales del documento que le temblaba en los dedos. La sombra de Phillips había logrado traspasar el césped, asestando un golpe letal en la noche más trascendental de sus vidas.

A escasos minutos de la primera llamada, el ultimátum del club no admitía réplica: si no abordaba ese avión de inmediato, su carrera en la Champions habría terminado antes de empezar.

Giselle sintió que el corazón se le congelaba en el pecho. El hombre que había sido su refugio y su fuerza, quien le había prometido sostenerle la mirada desde el palco principal mientras ella conquistaba París, estaba siendo brutalmente arrancado de su lado.

—Dime que es una pesadilla, Anto... —susurró ella, con la voz rota apenas en un hilo mientras la angustia amenazaba con ahogarla—. Dime que no te vas a ir ahora. No esta noche. No a cinco minutos de que se abra el telón.

Antoine la miró con los ojos empañados por la impotencia, incapaz de amortiguar el dolor que le desgarraba el pecho. Acortó la distancia, tomándole el rostro entre sus manos frías.

—Ojalá pudiera romper este maldito papel y quedarme a verte brillar, Giselle —contestó él, con la garganta anudada y un tono cargado de desesperación—. Me están destruyendo por dentro... pero si no me subo a ese avión, nos van a hundir a los dos. Phillips quiere arruinarnos, y no se lo voy a regalar.

Giselle negó con la cabeza, permitiendo que una sola lágrima trazara un surco amargo sobre su maquillaje.

— ¡Me da igual Phillips! ¡Me da igual el club! —Suplicó, apretando los puños contra el pecho de Antoine en un ruego desesperado—. Te necesito a ti. Necesito saber que estás ahí afuera cuando las luces se apaguen. ¿Cómo se supone que voy a salir a bailar sabiendo que te estás yendo?

—Vas a salir a volar, mon ange —le prometió él, pegando su frente a la de ella mientras la voz se le quebraba por completo—. Vas a salir y vas a destrozar el escenario por los dos. Aunque yo esté en un avión a diez mil pies de altura, cada segundo de mi pensamiento va a estar en este escenario contigo.

Con el alma hecha pedazos, Antoine le estampó un beso agónico en los labios, un adiós cargado de rabia y promesa, antes de soltarla y dar media vuelta, dejando tras de sí un vacío helado mientras los altavoces anunciaban la primera llamada.




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