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La tensión en el vestuario del Parque de los Príncipes se podía cortar con un bisturí. Los jugadores, con sus bolsos al hombro y el uniforme de gala puesto, se agruparon en un silencio denso frente a la pizarra táctica donde el técnico revelaría el once inicial para el próximo compromiso de liga. Tras semanas de naufragio mediático, marginación y un accidente atroz que estuvo a milímetros de costar de la vida, el nombre de Antoine Vilois reaparecía formalmente en la convocatoria.
El entrenador carraspeó, adueñándose de la atención absoluta del recinto, y comenzó a desgranar los nombres. Al alcanzar la línea de ataque, pausó la voz un segundo y fijó la mirada en el extremo.
—En la delantera, por la banda izquierda... Vilois. Vuelves al once titular, Antoine.
Un murmullo sordo y vibrante serpenteó por el camerino. Antoine se limitó a asentir, apretando las mandíbulas con una frialdad glacial; la redención que había esculpido a fuerza de sudor y lágrima en la sombra junto a Seco estaba, por fin, servida.
Sin embargo, en el extremo opuesto del salón, la furia de Phillips estalló de golpe. El delantero pateó su banquillo con una violencia ciega, desatando un estruendo metálico que hizo retumbar las paredes y congeló a toda la plantilla.
— ¡¿Es un chiste, míster?! —Gritó Adrián, con las facciones deformadas por la indignación—. ¡He estado marcando goles! ¡Sostuve al equipo mientras este tipo ocupaba portadas de prensa rosa y destrozaba su auto borracho! ¡¿Y le devuelve el puesto así sin más?!
El míster dio un paso al frente, con una frialdad tajante que petrificó la protesta de Adrián en el aire.
—Vilois se ganó el puesto sobre el césped esta semana, exhibiendo un rigor táctico y una condición física que tú descuidaste por confiarte, Adrián. En este club juega el que rinde, no el que más alza la voz. Se cerró la discusión.
Antoine ni siquiera se molestó en cruzar mirada con su rival. Comprendía que la tregua en el vestuario se había pulverizado para siempre, pero su cabeza habitaba únicamente en la cancha. El delantero estrella estaba de regreso y la Champions League lo aguardaba a la vuelta de la esquina.
Mientras el fútbol engullía el escenario parisino, Giselle pisaba nuevamente la capital italiana tras el idílico paréntesis en Capri. El histórico anuncio de la junta directiva la obligaba a descender de la nube de ensueño que Matteo D’Angelo había modelado para ella. La propuesta de la Ópera era una consagración absoluta, pero acarreaba una encrucijada compleja: trasladar su residencia fija a una nueva sede internacional o someterse a una agenda de giras feroces por todo el globo.
Aquel dilema ponía a prueba, de manera inmediata, su naciente compromiso con Matteo. De vuelta en la suite, el aristócrata la escuchó con su serenidad característica, aunque Giselle logró percibir un fugaz destello de zozobra en su mirada. Un romance formal exigía permanencia, y la perspectiva de que su pareja cruzara continentes de forma ininterrumpida amenazaba de muerte la estabilidad que él aspiraba a brindarle.
Consciente de que no podía encarar semejante encrucijada con el alma fracturada, Giselle comprendió que debía reconstruir primero sus propios cimientos. Convocó a Louis y Emily a su camerino en el Teatro de la Ópera de Roma momentos antes del inicio de los ensayos matutinos. Al verlos cruzar el umbral, el hielo acumulado durante semanas terminó por derretirse ante la contundencia de la realidad.
—Chicos... necesito que me escuchen —comenzó Giselle, con un todo suave pero vibrante de emoción—. No puedo seguir con esta distancia entre nosotros. Sé perfectamente que si me ocultaron el accidente de Antoine fue por un afán desmedido de protegerme... para evitar que echara por la borda todo lo que construí. Me laceró que me guardaran el secreto, pero al fin entiendo que nació del amor incondicional que nos une. Los extraño demasiado.
Emily no esperó un segundo más y se arrojó a sus brazos con los ojos anegados en lágrimas. Louis se sumó al abrazo de inmediato, apretándolas contra su pecho y depositando un beso lleno de ternura sobre la coronilla de la bailarina.
—Estamos para ti, Romero. Siempre. En las cumbres y en las tempestades —le susurró Louis al oído, sellando un perdón que le devolvió a Giselle su santuario más preciado.
Con su coraza afectiva reconstituida, Giselle plegó sobre el tocador la carta oficial con la propuesta de la nueva temporada. Los tres se inclinaron sobre el documento para desglosar la cartografía de su destino, plenamente conscientes de que el Cisne Negro se disponía a emprender un vuelo de tal magnitud que reescribiría, de golpe, las reglas del juego tanto en la aristocrática Roma como en el convulso París.
Capítulo 32: Reyes sin corona y promesas de mármol
El brillo de la cristalería de Murano en el salón de Matteo contrastaba de forma impecable con la tormenta que Giselle llevaba por dentro. Frente al enorme ventanal que dominaba la Piazza Navona, el aristócrata escuchaba con una compostura imperturbable el dilema que ahogaba a la bailarina: el contrato internacional de la Ópera la obligaba a elegir entre el sedentarismo o una vorágine de giras globales.
—No hay necesidad de que fragmentes tu vida, Giselle —dijo Matteo, acercándose con paso pausado y sosteniendo su mirada con una serenidad magnética—. Si el problema es la logística de la compañía, yo puedo ser el mecenas de tu propia fundación de ballet con sede en Roma. O, si prefieres mantener la gira internacional, adaptaré la agenda de la firma para acompañarte en cada capital. La aristocracia no solo hereda títulos; también sabe construir imperios a la medida de lo que ama.