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Mientras tanto, en suelo italiano, las noticias del siniestro tardaron horas en filtrarse a los titulares debido al blindaje mediático e institucional impuesto por el club. Cuando el escándalo finalmente estalló en las redacciones, Louis y Emily reaccionaron con la velocidad de un escudo.
—Ni una sola palabra de esto frente a ella —instruyó Louis en voz baja, sujetando el brazo de Emily tras bastidores—. Giselle está rozando la cumbre en La Scala y esto la destruiría por completo.
Unidos en un pacto de silencio estricto, se encargaron de interceptar los diarios en el hotel, desviar con astucia cualquier rumor en los pasillos del teatro y filtrar de manera implacable lo que llegaba al teléfono de la bailarina. Estaban dispuestos a todo para blindar la paz mental de Giselle en el instante más glorioso de su carrera.
Cuando la verdad terminó por abrirse paso semanas más tarde, arrastrando consigo la gravedad del cuadro médico y la sombra inminente de la cárcel sobre Antoine, la bomba estalló. La revelación desencadenó una tormenta devastadora en el apartamento de Milán. Giselle, con los ojos anegados en lágrimas y el cuerpo sacudido por una ira incontrolable, encaró a las dos personas en quienes más confiaba.
— ¡¿Cómo fueron capaces de ocultarme semejante monstruosidad?! —Los increpó, con la voz desgarrada por la traición—. ¡Estuvo al borde de la muerte! ¡Hay una muchacha debatiéndose entre la vida y la muerte en una cama de hospital y él puede terminar en prisión! ¡¿Con qué derecho me lo escondieron?!
Louis dio un paso al frente, sosteniéndole la mirada con una mezcla tajante de severidad y desvelo.
— ¡Lo hicimos porque te conocemos mejor que nadie, Romero! —Le espetó enérgico, intentando frenar la histeria—. Saber la verdad te habría hecho salir corriendo hacia París. Habrías botado la gira a la basura, dinamitando todo lo que te costó sangre erigir aquí, solo para regresar corriendo al lado de un hombre que se estaba encargando de destruirte.
— ¡¿Y si se moría?! —bramó ella en un alarido visceral que retumbó contra los muros del salón, hincándose de dolor.
—Escúchame, Giselle —intervino Emily, acercándose con cautela para contener el desastre—. Monitoreamos cada parte médico con contactos directos en París desde la misma noche del choque. Sabíamos con exactitud la gravedad de sus heridas. Si el desenlace hubiese sido fatal, te lo habríamos dicho sin dudarlo. Jamás habríamos permitido que cargaras con esa culpa, pero teníamos que protegerte de ti misma.
Giselle los miró a ambos, sintiendo cómo una marea de furia y decepción le ahogaba el pecho. Aquella sobreprotección sofocante se sentía exactamente como una condena, una jaula de cristal erigida a sus espaldas.
Louis dio un paso cauteloso hacia ella, alzando las manos para intentar explicarse, mientras Emily se acercaba con los ojos empañados para sostenerla. Sin embargo, en el punto más alto de su dolor, Giselle rechazó cualquier gesto de consuelo. Con un ademán tajante, dio tres pasos hacia atrás, negándoles el contacto con la mirada encendida.
—No me toquen... No tenían absolutamente ningún derecho a decidir por mí ni a manipular mi vida —sentenció con una frialdad que los cortó a ambos. Señaló la salida con pulso firme y añadió, con un hilo de voz que no admitía réplica—: Quiero que se vayan de mi apartamento. Ahora mismo. Necesito estar sola.
A partir de aquella noche, un muro invisible e infranqueable se levantó entre Giselle, Louis y Emily. Aunque mantenían una disciplina impecable sobre las tablas del teatro, en el terreno personal la bailarina se replegó en un aislamiento absoluto, incapaz de perdonarles que le hubieran arrebatado el control de su propia realidad.
Devorada por la culpa, la angustia y un remordimiento que no le daba tregua, Giselle buscó el teléfono en la penumbra de su habitación esa misma madrugada. Con las manos temblorosas y la vista nublada por las lágrimas, le redactó un mensaje a Antoine:
Me acabo de enterar de tu accidente y de la gravedad de todo lo que estás enfrentando. Me rompe el alma, Antoine. Perdóname, por favor, por las palabras tan crueles que te dije en nuestra última llamada. Espero de todo corazón que te recuperes y que ocurra un milagro con la chica en el hospital.
A miles de kilómetros, en la penumbra de su apartamento parisino, Antoine vio encenderse la pantalla. Bajo régimen de libertad condicional y paralizado por el terror constante de una llamada del hospital, leyó el texto con los ojos empañados. No le extrañó en absoluto la tardanza de su mensaje; tras su conducta errática, inmadura y despreciable rodeado de mujeres, comprendía que Giselle tuviera motivos de sobra para repudiarlo. Sintiéndose infinitamente indigno de su compasión y aplastado por el calvario judicial que se le venía encima, resolvió no responder. El silencio absoluto fue su desgarradora contestación.
Dos semanas más tarde, con el cuerpo surcado por cicatrices, la rodilla inmovilizada por un aparato ortopédico y aferrándose al milagro de que la joven despertara del coma para salvarse de prisión, Antoine inició su verdadera redención. Expulsó a las amantes de ocasión, cortó de tajo con los parásitos de la noche parisina y desterró el alcohol de su vida. Llamó a Seco, hallando en su leal amigo el pilar que necesitaba para resurgir.