Destacando en la Tormenta.

Capítulo 25: El Eco de la Ausencia.

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Incapaz de regresar al silencio helado de su apartamento, Antoine marcó el número de Seco. Necesitaba con urgencia un refugio, un ancla que amortiguara el torbellino de culpa que amenazaba con devorarlo. Treinta minutos más tarde, ambos se resguardaban en el rincón más discreto y sombrío de un bar clandestino en Le Marais, completamente a salvo del asedio de las cámaras y los transeúntes.

—La cagué, hermano. La cagué hasta el fondo —admitió Antoine, arrastrando la voz mientras clavaba la vista en el fondo ámbar de su tercer vaso de whisky.

Seco, que había sostenido un silencio prudente, dejó ir un suspiro pesado y le apretó el hombro con firmeza fraternal.

—Te lo advertí en el vestuario, Vilois. Esa prensa de mierda solo busca carroña. Tu primera opción debió ser escucharla a ella. Conoces cómo opera Phillips, conoces las entrañas de este negocio... ¿cómo se te ocurrió irrumpir en su casa a disparar antes de preguntar?

Cada palabra de Seco fue una estocada directa a la conciencia. Allí, bajo la penumbra del local y con el alcohol anestesiándole los sentidos, la magnitud del desastre terminó de acorralarlo. Se sintió como un idiota consumado. En un instante de aplastante claridad, revivió las semanas de ausencia, el abandono injustificado en la noche más trascendental de Giselle por pagar las culpas del club, y la inmadurez de refugiarse en las noches alemanas impulsado por celos infundados. Giselle jamás lo había traicionado con Louis; simplemente había aprendido a sostenerse en medio del vacío que él mismo se encargó de cavar.

Desesperado, con los dedos temblándole entre la marejada de alcohol y la ansiedad que le quemaba el pecho, Antoine sacó el teléfono. El arrepentimiento lo asfixiaba. Marcó el número de Giselle con el pulso torpe. Tono... otro tono... buzón de voz. Cortó y volvió a marcar. Nada. El silencio al otro lado se levantaba como un muro de concreto insuperable.

Con los ojos empañados por las lágrimas que ya no le importaba ocultar frente a Seco, Antoine empezó a redactar una ráfaga de mensajes desordenados, vaciando el alma en cada palabra:

<<Giselle, por favor, contéstame. Fui un estúpido, un maldito ciego. La cabeza se me fue por los celos y el cansancio, pero te amo. Sé que Louis es solo tu amigo, sé que lo de Alemania no tiene disculpa... Perdóname, por favor. No me sueltes así, danseuse. Podemos arreglarlo. Dime dónde estás, voy a buscarte donde sea>>.

Los minutos cayeron como piedras sobre la barra hasta convertirse en horas. Antoine no despegaba los ojos de la pantalla, suplicando en silencio el milagro de un visto, pero las frases quedaron ahí, suspendidas en un abismo mudo. En su apartamento, Giselle sencillamente había apagado el teléfono para no dejar entrar más veneno.

Seco estiró la mano y le retiró el celular con una suavidad firme.

—Ya basta, Antoine. Vámonos de aquí. Dale espacio... si es que todavía queda algo por rescatar.

Antoine se puso de pie arrastrando la culpa, hecho pedazos por dentro. Había conquistado los estadios de Europa y marcado los goles del triunfo en la Champions, pero al cruzar la puerta del local hacia la frialdad de la madrugada parisina, el delantero estrella del PFC entendió la verdad más amarga: acababa de perder el único partido que no podía darse el lujo de fallar.

Los días de descanso que siguieron a la marejada se convirtieron en la única trinchera que salvó a Giselle de un colapso definitivo. Cumpliendo su promesa al pie de la letra, Louis se instaló en el apartamento, velando por ella como una sombra incondicional y un escudo impenetrable. Con una paciencia admirable, se encargó de ahuyentar a la jauría de reporteros que rondaba la entrada, le sirvió té caliente para amortiguar el frío del alma y, por sobre todas las cosas, la blindó mentalmente para encarar el inminente regreso al Palacio Garnier tras el breve receso de la compañía.

—Mírate al espejo, Romero —le exigía Louis con aplomo, mientras le sostenía la pierna para estirar en mitad de la sala—. La escena no entiende de desamores ni de portazos a medianoche. París entero pagó una entrada para admirar a tu Cisne Negro, no para presenciar tus ruinas. Tu talento te pertenece solo a ti, y eso no hay escándalo en el mundo que te lo pueda arrebatar.

Giselle apretaba la mandíbula y asentía en silencio, tragándose las lágrimas. El pozo emocional era sofocante, pero la ferocidad de la disciplina del ballet, forjada bajo el látigo incansable de Brittany Wells, comenzó a ganarle la batalla al abatimiento.

El verdadero refugio llegó a mitad de semana. Manteniendo el teléfono encendido solo para lo indispensable, Giselle recibió una videollamada desde Venezuela. Al ver los rostros de los suyos en la pantalla, el nudo de angustia que le atenazaba la garganta cedió. Ocultó las espinas del desgarrador punto final con Antoine, pero escuchar esas voces llenas de orgullo e incondicionalidad le devolvió la tierra y la firmeza que la lejanía amenazaba con arrebatarle.

Para coronar el momento, esa misma tarde la dirección de la compañía lanzó un anuncio histórico: tras el éxito rotundo de las primeras funciones, tan pronto concluyera la temporada en el Palacio Garnier, la Ópera emprendería una gira internacional fuera de Francia. Era la vía de escape perfecta: la oportunidad de poner kilómetros de por medio y volar muy lejos de los fantasmas del delantero.




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