Destacando en la Tormenta.

Capítulo 23: Verdades bajo la Tormenta.

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El aire del bar pareció congelarse en el segundo exacto en que Giselle rompió la última barrera. Sin embargo, antes de que sus labios pudieran rozar los de él, las manos de Louis se posaron con una suavidad firme sobre sus hombros, frenando el impulso en seco. La miró a los ojos, desprovisto de cualquier atisbo de rechazo, cubierto en cambio por una ternura infinita y una lealtad a prueba de fuego.

—Giselle, mírame —le exigió Louis en un susurro grave, obligándola a enfocar la mirada a través del torbellino del alcohol—. No vas a hacer esto. No soy yo a quien buscas; es el rencor el que te está empujando.

A Giselle se le quebró la respiración, y una lágrima caliente se deslizó por su mejilla, ahogada en un mar de confusión. Louis la guió con delicadeza de vuelta al taburete y le aprisionó las manos con fuerza, dándole un cable a tierra.

—Tengo que confesarte algo que jamás he aireado en los pasillos de la Ópera, Romero —murmuró con una sinceridad descarnada, bajando la voz hasta convertirla en un secreto confidencial—. A mí no me gustan las mujeres, Giselle. Yo soy gay. En la compañía algunos lo suponen o lo dan por sentado, pero la verdad es que yo no hablo de mi vida privada con absolutamente nadie en este nido de víboras. Si te cuido, si me desvivo en cada ensayo y si te sostengo el peso del mundo en el escenario no es porque ande buscando dobleces. Te quiero con el alma, pero como mi gran amiga, como mi hermana de tablas. Eres lo más real, puro y luminoso que tengo en este teatro, y no voy a permitir que una noche de rabia y tragos mal contados destruya una amistad que pienso conservar toda la vida.

El peso de las palabras de Louis cayó sobre Giselle como un bálsamo de cruda y cálida realidad. El nudo de plomo que le ahogaba el pecho comenzó a disolverse, dando paso a una abrumadora ola de gratitud hacia la lealtad inquebrantable de su amigo. Se cubrió el rostro con ambas manos, soltando un suspiro tembloroso y asintiendo en silencio, consciente de que Louis acababa de rescatarla de cometer un error irreparable.

Pero el respiro duró un suspiro. En la implacable era digital, un solo segundo de aparente intimidad bastaba para condenar a alguien. Un fotógrafo agazapado en la penumbra del fondo había cazado el ángulo perfecto: el instante exacto en que Giselle se inclinaba hacia Louis, recortando la distancia, congelando la toma justo antes de que él le frenara los hombros.

Para la mañana del viernes, el veneno ya corría sin freno por las redes y los tabloides de la capital. Los titulares eran una sentencia inapelable, calzando la imagen como la «confirmación del romance» y la «venganza en directo» de la bailarina ante las juergas nocturnas de Antoine en suelo alemán.

El impacto dentro del Palacio Garnier estalló como una bomba de racimo. Ese mismo fin de semana, la dirección de la Ópera emitió un comunicado interno de severa advertencia, exigiendo decoro ante el escándalo mediático que amenazaba con ensuciar el prestigio de la temporada de El lago de los cisnes.

Giselle se atrincheró en su apartamento. Sola, envuelta en el silencio áspero de cuatro paredes mudas, cayó en un pozo de depresión profunda. Ni siquiera tuvo fuerzas para sacarse la ropa de ensayo ni para mirar las zapatillas de punta abandonadas en un rincón. Lloró con espasmos hasta quedarse sin aire, atrapada en una telaraña infernal de malentendidos, sintiendo el vacío helado de una distancia que parecía haber desgarrado su vida entera. La carcomía el terror de haber sentenciado su carrera en la Ópera y, lo que era aún peor, de haber calcinado la única certeza pura que le quedaba con Antoine.

Mientras tanto, ciego ante el verdadero origen del desastre, el avión privado del PFC cortaba la niebla al tocar pista en el aeropuerto de Le Bourget. Antoine Vilois descendió por la escalerilla con el bolso colgado al hombro, la mandíbula encajada por la tensión y los músculos molidos tras la encarnizada jornada de Champions. Regresaba a París resuelto a buscarla, a derretir el hielo que los había aplastado durante esas semanas eternas y a pedir perdón por las estupideces que él mismo había propiciado en Alemania. Llevaba el alma en un hilo y los puños apretados; pero lo que el delantero estrella jamás sospechó fue la avalancha de titulares macabros y mentiras piadosas que aguardaba para devorarlo en el mismísimo segundo en que encendiera el teléfono al subir al vehículo.

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