Destacando en la Tormenta.

Capítulo 26: El Peso de las Decisiones y del orgullo

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Las maletas reposaban en perfecta alineación junto a la puerta del apartamento. Giselle las contempló en silencio mientras se ajustaba el abrigo con gesto pausado. Abandonar París, aunque fuese un paréntesis temporal, se sentía como clausurar un capítulo sombrío de su historia para dar paso a un lienzo en blanco. El Palacio Garnier había bajado el telón con una última función memorable, y el destino aguardaba en el majestuoso Teatro de la Scala de Milán: el punto de partida para la gira internacional de la compañía por suelo italiano.

Louis y Emily acudieron a recogerla a primera hora. En el trayecto al aeropuerto, la atmósfera respiraba la vibra electrizante de las grandes travesías, aderezada por los chispazos de humor de Emily y la complicidad silenciosa de Louis, quien no aflojaba la guardia para mantenerla concentrada en la meta.

Al desembarcar en Italia, el impacto cultural y el resplandor de Milán operaron como un bálsamo reconfortante. El debut en La Scala se tradujo en una ovación apoteósica. Soberbia sobre las tablas, Giselle convirtió cada gota de su nostalgia y dolor en pura poesía corporal al encarnar al Cisne Blanco. El público milanés se puso en pie, rindiéndose sin reservas ante la técnica impecable y la carga emocional desgarradora de la venezolana, quien, por primera vez en semanas, esbozó una sonrisa nacida del orgullo más puro. Estaba probando que la fuerza de sus alas bastaba para sostener su propio vuelo.

A cientos de kilómetros de distancia, bajo el cielo de plomo de Europa, el universo de Antoine se desmoronaba a la vista de todos. El PFC disputaba un encuentro crucial en la fase de grupos de la Champions League, pero su delantero estrella no era más que una sombra espectral en la cancha. La voracidad que solía hacerlo implacable en el área se había disipado por completo; su mente no perseguía el balón, sino que vagaba atrapada en el mudo reproche de su teléfono y en las ruinas de su relación.

A lo largo de la primera mitad, Antoine regaló posesiones insólitas, llegó a destiempo a tres balones claros de gol y lució desfasado del dibujo táctico. Phillips, atento a cada desacierto, multiplicó sus ademanes en el campo para subrayar la apatía de Vilois ante la mirada del cuerpo técnico.

Corría el minuto sesenta cuando una pérdida absurda de Antoine en la salida estuvo a punto de costar un gol en contra. La paciencia del estratega saltó por los aires. En la línea de banda, el luminoso del cuarto árbitro destelló con el número de Vilois en rojo vivo. El técnico dictaba sentencia.

Antoine abandonó el césped arrastrando las botas, con la barbilla pegada al pecho y tragándose el aire de la rabia. Al pisar la banda, el entrenador ni se molestó en buscarle la mirada; le cortó el paso y le lanzó un aviso helado que rezumaba decepción:

—Si no corriges esa actitud y recuperas la forma de inmediato, Vilois, vas a pudrirte en el banquillo lo que resta de temporada. En este club nadie tiene la camiseta asegurada, y mucho menos quien juega con la cabeza en otra parte. Pierdes la titularidad desde el próximo encuentro si no reaccionas.

La amenaza del estratega, lejos de encender una chispa de orgullo o forzar una reacción en el delantero, terminó por fulminar el último hilo de templanza que lo sostenía. Antoine colapsó en un espiral autodestructivo, tanto en lo profesional como en lo emocional.

En lugar de morder el polvo en la siguiente práctica para pelear el puesto, se parapetó en una apatía desafiante: descuidó el tono físico, desafió con la mirada las órdenes del cuerpo técnico y terminó de dinamitar los puentes que le quedaban dentro del vestuario.

El contraste no podía ser más despiadado. Mientras Giselle conquistaba el cielo italiano entre ovaciones cerradas y aplausos de pie, Antoine Vilois se despeñaba con los ojos abiertos hacia las honduras de su propio abismo.

Aquella Milán rendida a sus pies era un hervidero de celebración, pero la atmósfera en el camerino del Teatro de la Scala se volvió asfixiante en cuestión de segundos. Giselle permanecía sentada frente al espejo, ajustándose el tocado de plumas con pulso meticuloso para la segunda gran función de la temporada, cuando Emily cruzó el umbral con el rostro desencajado y una revista deportiva italiana entre las manos.

No hacía falta dominar el idioma para descifrar la brutalidad del titular que abría la sección internacional: «Il declino di Vilois: Dalle stelle alla panchina» (El declive de Vilois: De las estrellas a la banca). La prensa no daba tregua; las páginas desglosaban con morboso detalle la advertencia tajante del entrenador, la pérdida inminente de su puesto estelar y cómo la cúpula del club parecía soltarle definitivamente la mano a la joven promesa francesa.

A Giselle se le detuvo el aire en los pulmones. Había transcurrido casi un mes desde aquella amarga noche del portazo en París. Un mes entero en absoluto contacto cero, en el que se entregó en cuerpo y alma a reconstruirse pedazo a pedazo con el sostén incondicional de Louis. Sin embargo, presenciar el despeñadero de Antoine le abrió una grieta viva en el centro del pecho. Por encima del orgullo herido, de los gritos y del abismo de desconfianza que los distanció, ver al hombre que amaba hundiéndose sin frenos en el lodo le despertó una angustia atroz que no pudo contener.

La duda la devoró durante minutos agónicos mientras la voz del regidor retumbaba por los altavoces anunciando los quince minutos para salir a escena. Con los dedos temblándole sobre el cristal, Giselle dinamitó su propia regla de hierro. Desbloqueó el teléfono, buscó el contacto de Antoine y redactó un mensaje breve, dictado por la pura angustia:




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