Destacando en la Tormenta.

Capítulo 30: El Duelo y las Dos Orillas

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El silbato del míster rasgó el aire en el complejo de entrenamiento de París, marcando el inicio del partido de práctica más tenso de la temporada. No era una jornada cualquiera: era un pulso a muerte por la titularidad entre la estrella caída que pugnaba por su redención y el rival que se había aposentado en su trono. Desde el primer minuto, Adrián intentó marcar territorio, buscándolo al choque, trabando con brusquedad y mascullándole provocaciones al oído.

—Sigues siendo un cadáver, Vilois. Esta cancha ya tiene dueño —le siseó tras un encontronazo en la medular.

Antoine ni siquiera pestañó. La mirada de acero esculpida en la clandestinidad permaneció inalterable. Su rodilla, reconstruida y blindada tras la disciplina militar junto a Seco, respondió con un estallido de velocidad que tomó a la zaga por sorpresa. Jugó con rabia, pero con una lucidez táctica impecable: recuperó balones, arrastró marcas y, en una maniobra individual sublime, recortó a dos defensas antes de fusilar el arco con un zurdazo raso al poste izquierdo. El míster anotó un apunte en su libreta, disimulando una leve sonrisa de satisfacción. El verdadero Antoine Vilois estaba de vuelta, devorando el césped y dejando en claro que el talento genuino no se extingue en la sombra.

A miles de kilómetros, el universo de Giselle se teñía con los matices del mar Tirreno. Su llegada a la villa privada de Matteo en Capri fue un despliegue de lujo sutil y soberbio: acantilados imponentes, buganvillas en flor y una terraza nívea suspendida sobre la inmensidad del Mediterráneo. La galantería del aristócrata italiano la sometía a una constante prueba emocional; Matteo orquestaba cada instante, desde la selección musical de fondo hasta una cena impecable al calor del atardecer.

Fue precisamente allí, frente al susurro interminable de las olas, donde el italiano decidió dar su primer paso firme. Posó la copa sobre la mesa y clavó la mirada en los ojos de la bailarina, acortando la distancia.

—Giselle, quiero salir contigo —declaró con una seriedad caballerosa pero infranqueable.

Giselle lo contempló, un tanto desconcertada por semejante franqueza, e intentó esbozar una sonrisa para aligerar la densidad del ambiente.

—Bueno, Matteo... técnicamente ya lo estamos haciendo. Estamos aquí, ¿no?

—No, no me refiero a esto —replicó él, acortando la distancia con sutil elegancia—. Quiero que salgamos de verdad. Deseo que lo nuestro sea algo formal, Giselle.

La bailarina no pudo ocultar el asombro en su mirada. El corazón le propinó un vuelco violento en el pecho, mientras el peso sordo del pasado le recordaba que sus cicatrices aún continuaban abiertas.

—Matteo, es demasiado pronto... Apenas nos estamos conociendo y yo acabo de atravesar un proceso profundamente doloroso —alcanzó a articular, buscando un refugio en la cautela.

Sin embargo, el aristócrata hizo gala de una elocuencia impecable. Con una madurez serena, le tomó delicadamente las manos y desarmó sus reticencias en cuestión de instantes. Le aseguró que no pretendía arrastrarla ni imponerle ritmos ajenos, sino ofrecerle un remanso de estabilidad, veneración y resguardo que ella merecía con creces; un puerto seguro, infinitamente distante de las tempestades y los escándalos a los que su corazón se había acostumbrado. Sus palabras, impregnadas de una certidumbre tan reconfortante, terminaron por quebrantar la última línea defensiva de Giselle.

Más tarde esa misma noche, al abrigo de su habitación en la villa, Giselle llamó a Louis para confiarle lo sucedido. Al escuchar la propuesta formal de Matteo, una risa cálida y contenida se filtró a través de la línea, delatando el alivio de percibirla finalmente en paz.

—Te lo dije, Romero. Ese hombre no anda con titubeos —le recordó Louis con un afecto entrañable—. Solo te pido que vayas con cautela y resguardes tu corazón, pero, por favor... disfrútalo. Te mereces de sobra un remanso después de tanta tormenta.

Giselle sonrió en la penumbra, sintiendo por primera vez en meses que las piezas de su vida comenzaban a encajar.

Al colgar con Louis, dispuesta a entregarse al descanso con el arrullo constante del mar de Capri, la luz de su teléfono volvió a encenderse. Esta vez no se trataba de una línea privada; era una llamada internacional proveniente de la mismísima dirección general del ballet. Al atender, la voz al otro lado del auricular le transmitió un anuncio de proporciones monumentales: impulsada por la resonancia de la gira, la junta directiva la convocaba formalmente para encomendarle el rol principal absoluto en la próxima superproducción internacional de la compañía. Una consagración de oro que la inmortalizaría, para siempre, en la cima de la danza mundial.

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