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El sudor helado goteaba sin tregua desde la frente de Antoine, estrellándose contra el suelo de madera de su gimnasio privado. Mantenía las mandíbulas apretadas y las venas de los brazos marcadas al límite mientras sostenía el peso de su cuerpo en una implacable rutina de dominadas. La férula de su rodilla izquierda yacía a un par de metros; la articulación, aún inflamada y fracturada en su interior, palpitaba con una punzada rabiosa ante cada atisbo de flexión. Sin embargo, aquel suplicio físico resultaba insignificante frente a la agonía mental que lo devoraba segundo a segundo. Cada repetición de esa rehabilitación clandestina era un zarpazo desesperado para no despeñarse en la locura, una penitencia muda para purgar sus culpas.
La puerta del gimnasio se abrió de golpe, fracturando el ritmo sistemático de su respiración. Seco irrumpió a zancadas. No vestía la indumentaria deportiva habitual; venía directamente de la calle, con el abrigo húmedo y el teléfono aferrado en el puño. Su rostro, por lo general imperturbable, lucía demacrado y desencajado por la agitación.
Antoine se soltó de la barra al instante, aterrizando de pie. El corazón le propinó un hachazo violento en las costillas. No hizo falta una sola palabra para comprenderlo: Seco venía del hospital.
—Despertó, Antoine —soltó Seco, con la voz entrecortada por la conmoción—. Abrió los ojos hace una hora. Los médicos confirmaron que responde bien a las pruebas y que los daños neurológicos son mínimos. Está fuera de peligro, hermano. Salió del coma.
Un gemido sordo, sepultado durante semanas en el fondo del pecho, brotó de la garganta de Antoine. Se desplomó sobre la lona del gimnasio, hincándose de rodillas y cubriéndose el rostro con las manos temblorosas. Las lágrimas, contenidas durante un calvario de terror y remordimiento, emergieron finalmente sin freno. No se trataba solo de la dicha indescriptible al saber que la muchacha conservaba la vida; era la sombra abrumadora de la cárcel disipándose en el aire. La amenaza de una condena por homicidio involuntario se desintegraba con aquel milagro médico.
Seguía marginado por la directiva, su rodilla continuaba hecha pedazos y su reputación yacía en el barro, pero la chica había sobrevivido y, con su aliento, le devolvía a Antoine el derecho a la libertad.
Seco se arrodilló a su lado, poniéndole una mano firme en el hombro.
—Ya pasó lo peor, hermano. Te salvaste del abismo. Ahora te toca demostrar que valió la pena la segunda oportunidad.
Antoine asintió en silencio, limpiándose el rostro. Miró hacia la ventana de su apartamento parisino, pensando por un segundo en el mensaje de Giselle que jamás respondió. Tenía su libertad de vuelta; ahora era momento de recuperar su fútbol y su dignidad.
A cientos de kilómetros de allí, la noche romana caía con una elegancia dorada sobre la Piazza Navona. Ajena al milagro que acababa de ocurrir en París, Giselle se ajustaba los aretes frente al espejo del lujoso palacio de Matteo D’Angelo. Había aceptado la invitación a la recepción privada, empujada por Emily y por su propio deseo de romper el aislamiento y la tensa distancia que mantenía con sus amigos. Necesitaba, con urgencia desesperada, una distracción.
Matteo se acercó a ella con dos copas de cristal, entregándole una con una sonrisa impecable y una reverencia sutil que destilaba la sofisticación de la aristocracia italiana.
—Es un honor absoluto tener a la ballerina más aclamada de Europa bajo mi techo, Signorina Romero —dijo Matteo, con una voz suave y una mirada atenta que buscaba descifrar el misterio detrás de los ojos de la bailarina—. Roma entera habla de su Cisne Negro, pero yo veo en usted una luz mucho más brillante.
Giselle forzó una pincelada de sonrisa y aceptó la copa, respondiendo al cumplido con la elegancia nata que la caracterizaba. Matteo encarnaba al anfitrión idóneo: refinado, elocuente, de un ingenio sutil y escrupulosamente respetuoso de sus límites. A lo largo de la velada, la condujo con maestría entre crónicas y secretos del arte romano, arrancándole risas genuinas por primera vez en semanas.
Sin embargo, a pesar del caldo exquisito, de la música de cámara que acariciaba la estancia y de las atenciones de un hombre que simbolizaba la paz, el estatus y un éxito exento de escándalos, el espíritu de Giselle era una trinchera. Cada vez que Matteo suspendía la conversación, la mirada de la bailarina se extraviaba en el abismo tras los imponentes ventanales del palazzo.
Bajo la coraza de diva inalcanzable, una incógnita incandescente le perforaba el pecho: ¿qué estaría sucediendo en París? Le resultaba imposible sofocar la angustia por el destino penal de Antoine, el estado de la joven en coma y la atroz perspectiva de que el hombre que había marcado su vida terminara condenado tras las rejas. El mutismo de Antoine ante su mensaje de disculpa la laceraba en silencio, manteniéndola en un limbo de dolorosa incertidumbre.
Matteo D’Angelo llamaba a las puertas de su mundo ofreciéndole un refugio luminoso, firme y perfecto; pero el corazón de Giselle, encadenado aún a las sombras del drama parisino, se negaba tozudamente a soltar las amarras del pasado.
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