Destacando en la Tormenta.

Capítulo 24: El final de la partitura.

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El trayecto en el vehículo desde el aeropuerto hasta el corazón de París se convirtió en un descenso vertiginoso al infierno para Antoine. Acomodado en el asiento trasero, encendió la pantalla con la única intención de escribirle a Giselle, pero la marea de alertas de la prensa del corazón se le adelantó, inundando la pantalla con una agresividad feroz. Las fotografías de la noche anterior parpadeaban ante sus ojos con una nitidez hiriente: Giselle, en la penumbra de un bar, inclinada sobre Louis con una proximidad que los tabloides no dudaron en sentenciar.

« ¿La bailarina estrella busca consuelo en otros brazos?», escupían los titulares.

La sangre se le volvió fuego en las venas. Los celos, alimentados por el agotamiento del viaje y el remordimiento amargo de sus propios deslices en Alemania, mutaron en una furia ciega y descontrolada. Con la voz tomada por la rabia, le exigió al chofer un cambio de rumbo inmediato. No iría a su apartamento a buscar tregua; iría directo al de ella.

Cuando Antoine prácticamente echó abajo la puerta del apartamento, el golpe seco del cerrojo sobresaltó a Giselle, que yacía hecha un ovillo en el sofá, con el rostro ajado y los ojos inflamados de tanto llorar. Él ni siquiera la miró a los ojos para saludarla. Arrojó el bolso contra el piso con violencia y estampó el teléfono sobre la mesa de centro, exhibiendo la maldita fotografía.

— ¡¿Me puedes explicar qué demonios significa esto, Giselle?! —rugió Antoine, con el pecho agitado—. ¡Cruzo media Europa tras dejarme la piel en la cancha, vengo decidido a dar la cara y lo primero que me encuentro al aterrizar es que te estás besando con tu compañerito de baile en un bar!

Giselle se puso de pie, asustada por la violencia de su entrada, pero la indignación no tardó en ganarle terreno al llanto.

— ¡No es lo que parece, Antoine! —Exclamó con la voz rota por la rabia—. ¡Esas fotos están sacadas de contexto, Louis es mi amigo! Pero claro, tenías que creerle a la prensa antes de escucharme a mí. ¡Tú, precisamente tú, que te pasaste semanas de fiesta en Alemania y llenando las portadas con modelos mientras yo me rompía la espalda ensayando sola en París!

La mención de Alemania encendió la mecha de la discordia. Lo que siguió fue una hora de puro y absoluto caos. Discutieron con una ferocidad implacable que nunca antes habían rozado, sacando a relucir cada agravio acumulado, cada silencio de los últimos meses, cada llamada pérdida y cada reproche guardado bajo la alfombra. Antoine atacaba la supuesta traición con Louis, ciego en su orgullo herido; Giselle le gritaba el abandono emocional en el que la había sumido, su desconfianza crónica y cómo él siempre anteponía su estatus de estrella de fútbol al respeto por lo que construyeron juntos.

Intentaron explicarse, pero las palabras ya no tendían puentes, solo levantaban muros insuperables. No lograban coincidir en absolutamente nada; cada intento de aclaración mutaba de inmediato en un nuevo proyectil.

En mitad de un reclamo desorbitado de Antoine, Giselle enmudeció de golpe. Miró al hombre que tanto amaba, ese mismo que ahora la encaraba con los ojos inyectados en rabia y desconfianza, y sintió un peso helado en el pecho. El desgaste físico de las funciones, la persecución en la Ópera y la agonía de sostener una historia que se desmoronaba a pedazos la aplastaron por completo.

Se dio cuenta, con desgarradora lucidez, de que la música había dejado de sonar.

—Suficiente —dijo Giselle. Su voz ya no era un grito, sino un susurro seco, vacío de toda fuerza—. Ya basta, Antoine.

— ¿Suficiente? ¡No hemos terminado de hablar de esto! —escupió él, dando un paso al frente con la respiración entrecortada.

—Sí, ya terminamos —lo cortó ella en seco, dándole la espalda y abrazándose a sí misma como para sostener los pedazos que le quedaban—. Me cansé. Me cansé de pelear por alguien que no confía en mí, de la distancia, de los malentendidos y de este desgaste infame que nos está destruyendo. Ya no podemos encontrarnos en nada. Lo dejamos hasta aquí, Antoine. Se terminó.

Antoine se quedó petrificado en el sitio. La firmeza helada en la mirada apagada de Giselle le congeló la ráfaga de rabia en la garganta. Quiso articular algo —quizá un zarpazo de orgullo, quizá un ruego desesperado—, pero el ego terminó por ganarle la partida. Agarró su bolso del suelo de un tirón, la contempló por última vez con una mezcla amarga de furia y devastación, y cruzó el umbral estampando un portazo que hizo retumbar los cristales del apartamento.

El silencio que sepultó el lugar tras su marcha fue sencillamente ensordecedor.

Giselle se desplomó de rodillas sobre el suelo del salón. La marea de adrenalina de la pelea se evaporó de golpe, dejándola desamparada en mitad del vacío. Con los dedos temblorosos y la visión borrosa, buscó el teléfono y, ahogada en un llanto sofocante, marcó el único número que representaba un puerto seguro en medio del naufragio.

Al segundo tono, la voz alterada de Louis inundó la línea.

— ¿Romero? Dios mío, acabo de ver la prensa, en la Ópera me llamaron para…

—Se fue, Louis… —alcanzó a articular ella entre sollozos desgarradores, cortándole la frase—. Antoine vino… vio las fotos antes de llegar… y todo saltó por los aires. Nos dijimos todo lo que teníamos guardado… y lo terminé. Lo dejé ir, Louis. No pudimos… no pudimos salvarnos de esto.




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