La esposa del conde

El banquete de la reina

Los ojos de Eleonor la vieron salir de la mansión Arlen, sin darse cuenta todo a u alrededor se volvió absurdamente lento.

Sofía cruzó el umbral como si no caminara sobre la tierra, sino sobre una corriente de luz. La claridad de la mañana se derramó sobre ella y pareció quedarse prendida de su piel, envolviéndola en un resplandor dorado que la hacía parecer un ángel recién descendido del cielo.

¿Un ángel?

Eleonor casi sintió ganas de reír, porque conocía demasiado bien al demonio que se escondía detrás de aquel rostro.

La hostilidad que durante toda la mañana había endurecido las facciones de Sofía había desaparecido. En su lugar había surgido una mujer serena, majestuosa, intocable. Cada movimiento estaba calculado con una precisión exquisita; cada paso transmitía una seguridad que habría hecho palidecer de admiración a cualquier noble de Ventor.

Sofía no parecía una joven que aspiraba a convertirse en princesa heredera, parecía haber nacido para serlo.

Llevaba el vestido más magnífico que Eleonor hubiera visto jamás. La tela, fina y luminosa, se deslizaba sobre su cuerpo como agua bajo el sol, recogiendo cada destello de luz con un brillo casi sobrenatural. En su cuello y en sus muñecas centelleaban piedras preciosas de un valor obsceno.

Joyas capaces de desestabilizar las arcas de la familia del vizconde si Sofía no conseguía conquistar el favor de la reina.

Pero, a juzgar por las sonrisas que la recibieron, nadie parecía tener la menor duda de cuál sería el resultado.

Su padre sonreía, Ofelia sonreía, la servidumbre sonreía, todos lo hacían y Eleonor sintió náuseas, a que aquella belleza había despertado en los demás avaricia, una avaricia desnuda, descarada y vulgar.

—Qué hermosa está...

—Parece una verdadera princesa.

—La reina quedará encantada.

—Cuando se convierta en princesa heredera, la familia Arlen alcanzará una posición que nadie podrá desafiar.

Las voces se superponían unas sobre otras, dulces y serviles, como un coro dedicado a una diosa.

Eleonor permaneció en silencio, era casi divertido, todos tenían la misma certeza.

“Sofía será la princesa heredera.”

Y cuando eso ocurriera, la fortuna de todos mejoraría.

Todos salvo ella.

Eleonor bajó la mirada hacia sus propias manos, esas manos habían tocado la seda que ahora cubría a Sofía. Habían extendido sobre su piel aquella costosa crema perfumada, hasta que solo quedó un poco en sus dedos. Y ahora podía sentirla todavía: suave, fría, delicada.

Podía percibir también el perfume, dulce, exquisito, tan costoso, un aroma que permanecía en el aire incluso después de que Sofía hubiera pasado, Eleonor cerró lentamente los dedos.

Aquella seda.

Aquel perfume.

Aquellas joyas.

Todo aquello pertenecía al mundo al que ella debería haber tenido acceso, porque ella era la verdadera heredera del vizcondado y, sin embargo, allí estaba, de pie junto a la puerta, con las manos impregnadas de los restos de una crema que había usado para preparar a otra mujer.

Una criada.

Eso era lo que parecía.

Una criada dentro de su propia casa.

Mientras la mujer que había llegado a arrebatarle todo era conducida hacia el carruaje como una futura princesa.

Eleonor levantó la mirada.

Sofía se detuvo un instante antes de subir.

La luz volvió a acariciar su rostro y sonrió, no fue una sonrisa vulgar ni triunfal, fue peor, fue una sonrisa serena, confiada.

La sonrisa de alguien que ya se consideraba vencedora.

Las puertas de la mansión se cerraron poco después, el sonido seco de la madera al encajar resonó en el vestíbulo, entonces las sonrisas desaparecieron y Eleonor se quedó sola con el silencio.

Miró hacia las puertas cerradas y juntó las manos frente al pecho.

—Por favor... —susurró, deseando que el cielo la escuchara. —Que Su Majestad pueda ver más allá de las joyas.

Su voz tembló.

—Más allá de esa belleza, más allá de aquella fachada peligrosamente encantadora.

Eleonor cerró los ojos.

Deseaba con todas sus fuerzas que aquella mujer no se convirtiera en princesa heredera, porque conocía a Sofía, sabía de lo que era capaz y si aquella mujer llegaba a ocupar el lugar que tanto ambicionaba...

Eleonor no tenía ninguna duda de lo que sucedería después.

Sofía haría hasta lo imposible por destruirla.

Y esta vez, Eleonor no estaba segura de poder sobrevivir a ello.

Por otro lado, el carruaje avanzaba lentamente por la avenida que conducía al palacio, era imposible no mirarlo.

Dos caballos blancos como la nieve tiraban de él con pasos firmes y elegantes, sus crines agitándose con el viento como largas cintas de seda. Los cascos golpeaban el empedrado con un ritmo solemne, y cada sonido parecía anunciar la llegada de alguien importante.

El carruaje era una pequeña obra de ostentación.

La carrocería, de un negro profundo y pulido, reflejaba los jardines y las columnas que encontraba a su paso. Los bordes estaban adornados con filigranas doradas y discretos escudos de la familia Arlen. Las ruedas, perfectamente cuidadas, giraban con una suavidad que apenas permitía sentir el movimiento desde el interior.

Al frente, el cochero mantenía la espalda recta y las manos firmes sobre las riendas.

Era un hombre de aspecto sencillo, incluso austero. No había arrogancia en su rostro, ni la insolencia que Eleonor habría esperado de alguien encargado de conducir a una mujer como Sofía.

Por el contrario, había en él una expresión reverente, para aquel hombre, la joven que viajaba en el interior del carruaje no era simplemente una dama de la nobleza.

Era una criatura intocable, una virgen venerada por la alta sociedad, una mujer cuya belleza parecía haber sido creada para adornar salones, conquistar corazones y despertar reverencias y, aunque jamás se lo habría confesado a nadie, el cochero se sentía orgulloso de ser quien la llevara aquella mañana.




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