La esposa del conde

Pesadilla

Tenía la esperanza de haber vivido una pesadilla.

Me aferraba a ella con las pocas fuerzas que aún me quedaban, como quien se aferra a los últimos restos de un naufragio. Deseaba, con una desesperación casi enfermiza, que todo aquello hubiera sido una mentira; una monstruosa alucinación nacida de alguna fiebre, de algún rincón oscuro de mi mente. Cualquier cosa. Cualquier cosa antes que aceptar que había sido real.

Yo había descendido al infierno, este no era como lo había imaginado, las llamas no me consumían, era el frió lo que me devoraba, frente a mis propios hijos, había visto a mi querido Octavio convertirse en un demonio, uno tan cruel como Sofía.

Sus risas todavía resonaban dentro de mi cabeza.

Me revolvían el estómago. Me daban náuseas. Se me clavaban en el pecho como agujas ardientes y descendían hasta el vientre, donde dejaban una sensación helada, insoportable. Cada carcajada parecía arrancarme un pedazo del alma.

Sentí que mi corazón se rompía, no como una metáfora, lo sentí de verdad, como si unas manos invisibles lo hubieran tomado entre sus dedos y lo hubieran desgarrado lentamente, fibra por fibra, hasta convertirlo en un amasijo de carne inútil.

El dolor era igual a ser mutilada.

Agonizaba.

Mientras suplicaba por su misericordia, era como si dos bestias hambrientas me devoraran desde dentro. Una arrancaba mi carne; la otra mordía mi espíritu. Y yo no podía hacer nada salvo suplicar, llorar y esperar que aquella tortura terminara.

Habría preferido que la tierra se abriera bajo mis pies, que sus fauces oscuras se tragaran mi cuerpo.

Que me enterrara junto a los olvidados, entre los muertos sin nombre y las almas que nadie recuerda. Habría aceptado la oscuridad eterna. Habría aceptado pudrirme bajo la tierra. Habría preferido cualquier tumba antes que seguir respirando después de aquello.

De verdad deseé que todo hubiese sido un mal sueño, lo deseé con cada latido, con cada respiración, con cada lágrima que todavía ardía sobre mi rostro, hasta que desperté, abrí los ojos lentamente, por un instante, no reconocí el techo sobre mi cabeza. El aire tenía un olor extraño, ajeno. Las sábanas eran demasiado limpias, demasiado frías. La habitación estaba sumida en una penumbra desconocida, y el silencio parecía envolverlo todo como una mortaja.

Entonces comprendí.

No estaba en casa.

Aquella no era mi cama.

Aquellas no eran mis paredes.

Y aquello que había intentado sepultar en lo más profundo de mi mente no había desaparecido con el sueño, seguía allí, esperándome.

El horror regresó de golpe, brutal, despiadado, como una puerta que se abre de repente hacia el abismo y entonces lo supe, no había sido una pesadilla, la pesadilla era mi vida.

Había despertado en una habitación extraña, en una cama ajena, con el cuerpo todavía vivo y el alma perdida en vida.

Eleonor se quedó completamente tiesa, durante unos segundos no se atrevió siquiera a respirar.

¿Dónde diablos estaba?

¿Y por qué estaba allí?

Sus ojos recorrieron la habitación con desesperación, buscando algún rostro conocido, alguna pared, algún objeto que pudiera decirle dónde se encontraba. Pero nada. Todo le resultaba extraño. Las paredes, el techo, el olor del aire... incluso las sábanas que cubrían su cuerpo parecían pertenecerle a otra persona.

Entonces sintió que algo se quebraba dentro de su cabeza.

Un vértigo repentino le hizo perder el equilibrio, aunque permaneciera tendida. La habitación comenzó a girar lentamente a su alrededor y un zumbido profundo se apoderó de sus oídos.

Y entonces regresaron las risas, aquellas risas despiadadas.

Primero fueron apenas un eco lejano, casi imperceptible, pero poco a poco cobraron forma hasta convertirse en carcajadas que parecían resonar dentro de su propio cráneo.

Sofía.

Eleonor se llevó ambas manos a la cabeza.

—No...

La palabra apenas consiguió escapar de sus labios y entonces apareció aquel rostro, la mirada fría de Octavio, vacía, implacable, sin una sola chispa de compasión.

Eleonor comenzó a respirar con dificultad. Sus dedos se hundieron entre sus cabellos y tiró de ellos con desesperación, como si pudiera arrancarse de la mente aquello que acababa de recordar.

Pero ya era demasiado tarde, lo recordaba todo, recordó el bosque, la oscuridad espesándose entre los árboles, el barro pegándose a su piel.

El agua y la sal empapando sus ropas mientras su cuerpo yacía medio muerto sobre la tierra.

Recordó las carcajadas de Sofía, recordó a Octavio observándola, recordó cómo se habían burlado de ella mientras permanecía allí, incapaz de defenderse, incapaz siquiera de reunir fuerzas para levantarse.

Y después...

La habían abandonado, la habían dejado allí, sola.

En aquel bosque oscuro, húmedo y silencioso, como si no fuera más que un cadáver que todavía no había terminado de morir.

Eleonor cerró los ojos, la memoria llegó entonces con una claridad insoportable.

Había intentado moverse.

Había intentado respirar.

Había intentado pedir ayuda.

Pero su cuerpo ya no le pertenecía.

Y mientras la oscuridad comenzaba a cerrarse sobre sus ojos, alcanzó a verlos alejándose entre los árboles.

Dos siluetas.

Dos demonios.

Ni una sola mirada hacia atrás.

Ni un solo gesto de arrepentimiento.

Ni una pizca de compasión.

Entonces escuchó la voz.

—Que se la coman los perros.

Esas fueron las últimas palabras que recordó de ellos, las últimas palabras de aquel par de enfermos antes de desaparecer entre la oscuridad.

Después, todo se volvió negro, pero no había muerto o al menos eso creyó, porque lo siguiente que recordaba era otra cosa.

Una figura inclinándose sobre ella, unos brazos fuertes levantando su cuerpo del suelo.

El frío de la noche, el balanceo lento de sus pasos mientras la oscuridad la envolvía.




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