La esposa del conde

Sollozos

Las horas pasaron y finalmente cayó la noche, la oscuridad descendió sobre el bosque mientras la niebla se espesaba entre los árboles y el frío penetraba hasta los huesos.

Eleonor permaneció allí durante mucho tiempo, demasiado herida para pensar siquiera en regresar, sus sollozos se habían vuelto débiles, intermitentes.

Como si incluso llorar le exigiera una fuerza que ya no poseía, cuando finalmente consiguió ponerse de pie, sus piernas temblaban y emprendió el camino de regreso arrastrando los pies.

Cada paso parecía pesarle una eternidad.

Cuando llegó a la mansión Arlen, estaba cubierta de barro. El vestido nuevo que había elegido con tanta ilusión estaba manchado y desgarrado en algunos lugares. Su cabello se había desordenado por completo y sus ojos, hinchados por el llanto, apenas podían ocultar cuánto había sufrido.

Como siempre, intentó pasar desapercibida, no quería que nadie la viera, no quería preguntas, no quería explicaciones, solo quería llegar a su habitación y cerrar la puerta.

Pero antes de conseguirlo, escuchó voces.

Risas.

Risas felices.

Eleonor se detuvo.

Al otro lado de la oscuridad, el comedor estaba iluminado por la cálida luz de las velas.

Y allí estaba su familia, una familia feliz, una familia a la que, de alguna manera, ella ya no pertenecía.

Se quedó inmóvil, escondida entre las sombras, su padre, Héctor, estaba sentado a la mesa junto a Ofelia y Sofía.

Los tres reían, sobre la mesa había comida abundante, copas de vino y platos cuidadosamente preparados, parecían una verdadera familia, una familia completa, una familia que no necesitaba de ella.

—Cuando Sofía consiga ganarse definitivamente el corazón del príncipe heredero —decía Héctor con evidente orgullo—, el nombre de nuestra casa será recordado durante generaciones.

Ofelia sonrió.

—Y pensar que todo comenzó con aquella invitación de Su Majestad...

—Es solo el principio —respondió Héctor.

Sofía permanecía sentada junto a ellos, escuchando las palabras de su padre con una sonrisa satisfecha.

Eleonor sintió que algo dentro de su pecho se cerraba, no podía apartar la mirada, aquella escena le dolía de una manera inexplicable, quizá porque, en lo más profundo de su corazón, alguna vez había deseado formar parte de aquello, alguna vez había deseado sentarse allí.

Reír con ellos.

Sentirse querida.

Sentirse hija.

Pero ahora comprendía que aquella mesa no tenía un lugar para ella.

Las risas comenzaron a resonar dentro de su cabeza, cada carcajada parecía golpearla directamente en las sienes, como un taladro, como si alguien estuviera perforando lentamente lo poco que quedaba de su corazón.

Eleonor se llevó ambas manos a los oídos.

—No...

Las voces continuaron, las risas continuaron, ella retrocedió, luego dió otro paso y finalmente echó a correr, sus pasos apresurados resonaron por el corredor.

Héctor levantó la cabeza.

—¿Eleonor?

La vio apenas durante un instante, una figura cubierta de barro, con el cabello desordenado y el rostro destrozado por el llanto, desapareciendo por el pasillo.

Su padre frunció el ceño.

—¿Dónde estaba? ¿Y qué hora cree que es?

Su tono estaba cargado de irritación, no de preocupación.

Ofelia tomó tranquilamente su mano.

—Seguramente estaba con algún hombre.

Héctor chasqueó la lengua.

—Esa muchacha...

—Es una perdida —añadió Ofelia con desprecio—. No pierdas tu tiempo con ella.

Héctor refunfuñó y volvió la atención hacia la mesa.

Como si aquello hubiera sido suficiente.

Como si Eleonor no acabara de regresar con el corazón destrozado.

Como si no importara.

Sofía, en cambio, permaneció en silencio, observó durante unos segundos el lugar por donde Eleonor había desaparecido y entonces sonrió, tomó su copa y bebió lentamente.

Había algo diferente en aquella sonrisa, no era simplemente satisfacción, era anticipación, porque sabía que lo ocurrido aquella noche apenas era el comienzo.

Si Eleonor ya parecía rota...

Lo que estaba por venir terminaría de destruirla, Sofía dejó la copa sobre la mesa, sus ojos brillaron con una crueldad fría mientras contemplaba el vacío.

“Ojalá te cuelgues de un árbol y desaparezcas de mi vista para siempre.”

Una sonrisa casi imperceptible volvió a dibujarse en sus labios.

“Yo soy la única hija de la casa Arlen.”

Y mientras en algún lugar de la mansión Eleonor lloraba sola, Sofía continuó cenando junto a la familia que estaba convencida de que le pertenecía.

—Octavio...

Mi querido Octavio, aquellos ojos tuyos iban a terminar por matarme.

Eleonor había repetido su nombre tantas veces durante la noche que, al final, ya no sabía si lo estaba pronunciando o si simplemente lo estaba llorando.

“Mi lugar seguro…"

“Mi amor eterno…"

“No me mires de esa forma.”

“No me veas como si fueras tú también a avergonzarte de mí.”

—Tú no... —susurró entre sollozos—. Tú no, por favor.

Se llevó ambas manos al pecho, como si pudiera contener allí el dolor que amenazaba con partirla en dos.

La vergüenza que había visto en los ojos de Octavio era peor que todas las humillaciones de su familia.

Peor que las palabras de su padre, peor que las risas de Sofía.

Peor incluso que aquellos años enteros en los que había aprendido a caminar de puntillas por su propia casa, procurando no ocupar demasiado espacio, no pedir demasiado, no existir demasiado.

Porque Octavio era diferente, Octavio era el único lugar donde Eleonor había creído que podía descansar.

Y ahora él también se había alejado.

“¿Por qué me dijiste todo eso?”

“¿Dónde está mi dulce Octavio?”

“¿Quién era ese hombre con el que me encontré hoy?”

Las lágrimas siguieron cayendo hasta que el cansancio venció finalmente a su cuerpo.

Cuando salió el sol, sus sollozos habían muerto, pero aquella no era una mañana de paz, era una mañana de condena, el día había amanecido extraño, frío, húmedo, un cielo gris y pesado cubría la propiedad como una inmensa sábana funeraria, y la lluvia golpeaba los cristales con una insistencia lúgubre. El aire olía a tierra mojada y a madera podrida por el agua.




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