La esposa del conde

La burla

Por orden de su padre, Eleonor fue llamada a comer con la familia, aquello, para ella, resultaba tan extraño que durante varios minutos permaneció frente a la puerta del comedor sin atreverse a entrar.

Hacía mucho que no comía allí, nunca se le había permitido sentarse a la misma mesa que Héctor de Arlen, Ofelia y su hija.

Ella comía en la cocina, ellos comían en el comedor, esa había sido siempre la regla.

Pero aquella mañana las reglas habían cambiado.

Eleonor bajó la mirada hacia el vestido que llevaba puesto, era uno de los vestidos que Sofía había rechazado, y aunque le resultaba extraño llevar una prenda tan hermosa, no podía negar que por primera vez en mucho tiempo se sentía... distinta.

No como una criada, no como una muchacha que debía disculparse por ocupar espacio, sino como una mujer sin trapos usados y viejos.

Héctor ya estaba sentado a la cabecera de la mesa, Ofelia ocupaba su lugar junto a él, y Sofía se encontraba al otro lado, elegantemente vestida.

Eleonor se detuvo a unos frente a la puerta cerrada y Héctor levantó la mirada.

La comida fue servida, pero justo cuando Sofía tomó sus cubiertos, Héctor habló.

—Todavía no estamos todos.

Sofía levantó la mirada.

—¿Qué?

—No podemos empezar a comer si no está toda la familia reunida.

Héctor juntó las manos sobre la mesa.

—Primero daremos gracias por los alimentos.

Ofelia frunció el ceño.

—Cariño...

Su voz era dulce, casi juguetona.

—¿De qué hablas? Estamos tú, yo y nuestra hija en la mesa.

Héctor retiró con calma la mano que ella había colocado sobre la suya.

—Todavía falta mi hija mayor.

El silencio fue inmediato, Ofelia parpadeó incrédula.

—¿Tu hija mayor?

Sofía también lo miró desconcertada.

—¿De qué hablas, padre?

Entonces la puerta del comedor se abrió y Eleonor entró, el tiempo pareció detenerse, sus ojos se abrieron de golpe.

—¡Ese vestido es mío!

Eleonor se quedó paralizada, Sofía se puso de pie con fuerza y rapidez.

—¿Quién te lo dio?

Pero entonces la miró realmente y se quedó callada, el vestido que ella había considerado demasiado sencillo, demasiado anticuado, demasiado poco digno de su posición...

En Eleonor parecía distinto, la caída de la tela resaltaba su figura, su cabello había sido cuidadosamente arreglado, su rostro, todavía pálido por las lágrimas de la noche anterior, parecía incluso más delicado.

Sofía sintió una punzada de rabia, porque aquel vestido que ella había despreciado...a Eleonor le quedaba mejor, mucho mejor.

Su rostro se endureció.

—¡Padre! —exclamó—. ¡Dile que se quite ese vestido!

Ofelia finalmente reaccionó.

—Querido...

Su tono había perdido toda dulzura.

—¿Qué clase de broma de mal gusto es esta?

Héctor la miró.

—No es ninguna broma.

Señaló a Eleonor.

—Esa ropa la desechó Sofía porque le pareció poca cosa. No iba a tirar a la basura el dinero que gasté en ella, así que se la di a Eleonor.

Ofelia abrió la boca, indignada.

—Pero...

—También es mi hija.

La frase cayó sobre la mesa como una pesada piedra.

Héctor continuó:

—Ya ha sido suficiente.

Su mirada recorrió a su esposa y a su hija.

—He permitido durante demasiado tiempo que la tengan arrinconada como si no fuera una Arlen.

Eleonor bajó los ojos, no estaba acostumbrada a escuchar aquellas palabras.

“Una Arlen.”

—A partir de ahora —continuó Héctor— comerá con nosotros.

Sofía apretó los puños.

—Padre...

—Ya no trabajará en la casa.

Ofelia se levantó de su asiento.

—¿Qué?

—Será tratada como lo que es.

Héctor miró directamente a Eleonor.

—Una hija de Héctor de Arlen.

El corazón de Eleonor dio un vuelco, aquellas palabras, tan simples para cualquiera, para ella eran casi incomprensibles, durante años había esperado escucharlas y ahora, pronunciadas por su padre, parecían demasiado grandes para caber dentro de su pecho.

Pero Sofía no compartía aquella emoción.

—¿Pero qué diablos dices, padre?

Su voz temblaba de furia.

—¡Esa vulgar fornicadora no puede ser tratada como una hija tuya!

Eleonor se estremeció.

—¿Ya se te olvidó que es una vergüenza? —continuó Sofía—. ¡Todo el mundo habla de ella! ¡Es una vergüenza para esta familia!

Ofelia miró a Héctor.

—Sofía dice la verdad, querido.

Su voz adquirió un tono severo.

—Eleonor es una muchacha promiscua y es un pésimo ejemplo para nuestra hija.

La mandíbula de Héctor se tensó, durante un instante nadie habló.

Entonces...

¡PAM!

Su puño cayó sobre la mesa, los platos temblaron, las copas vibraron.

—¡Ya cállense!

El grito retumbó por todo el comedor y Sofía retrocedió, mientras que Ofelia guardó silencio al instante.

Héctor respiró profundamente antes de continuar.

—Jamás le he conocido un hombre a esta muchacha.

Miró fijamente a Sofía.

—Y nunca le he visto moretones en el cuello.

Sofía palideció, Héctor señaló discretamente la marca que ella había intentado ocultar bajo el cuello de su vestido.

—Excepto a ti.

El rostro de Sofía ardió.

—¡Esto... esto es una picadura de mosquito!

La respuesta salió demasiado rápido, demasiado desesperada.

Ofelia la miró aterrada de que pudiera descubrir a su hija y su mala costumbre de tener amantes cultos.

Héctor soltó un resoplido.

—Como sea.

Se recostó en su silla.

—Déjenme a mí lidiar con Eleonor.

Nadie respondió y Héctor tomó los cubiertos.

—Y déjenme en paz.

Luego miró a Eleonor, su expresión volvió a ser fría.

—Apresúrate.

Eleonor se quedó inmóvil

—Come.

Ella obedeció lentamente, tomó los cubiertos con manos temblorosas, Héctor comenzó a comer como si nada extraordinario hubiera ocurrido.




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