La esposa del conde

La mujer virtuosa

Sofía había llegado tarde a propósito.

No demasiado tarde, por supuesto. Jamás cometería una vulgaridad semejante. Había llegado exactamente a la hora indicada; eran las otras invitadas quienes, llevadas por los nervios y el entusiasmo, habían aparecido mucho antes de lo necesario.

Y Sofía pensaba aprovecharlo, ser la última en llegar significaba que todas las miradas caerían sobre ella, o al menos, eso había imaginado.

Mientras aguardaba frente a las puertas del salón, alisó con delicadeza una arruga inexistente en su vestido y respiró profundamente, no estaba allí para demostrar que necesitaba la aprobación de la reina.

Estaba allí para demostrar que una invitación de la corona no era suficiente para hacerla perder la dignidad, en su cabeza, Sofía había ensayado incluso las palabras que su entrada debía transmitir:

“Es cierto, su majestad, que es un honor haber sido invitada a su reunión de té.”

“Pero el placer es suyo.”

“Después de todo, son ustedes quienes tienen la dicha de contemplarme llegar.”

Una sonrisa casi imperceptible curvó sus labios y entonces las puertas se abrieron.

—La señorita Sofía de la casa Arlen ha llegado.

Sofía levantó el mentón, ahora sí, el momento había llegado, la reina hizo una pequeña señal con la mano.

—Déjenla pasar.

El corazón de Sofía dio un salto, con una seguridad cuidadosamente calculada, comenzó a caminar, el sendero de piedra que conducía hasta la reina parecía haberse extendido especialmente para ella. Cada paso era lento, elegante, deliberado. Sofía avanzaba como un pavo real que acabara de desplegar la cola ante un público que esperaba ansioso admirarlo.

Esperaba murmullos, esperaba curiosidad, esperaba, como mínimo, que algunas damas dejaran de hablar para observarla, pero no ocurrió nada de eso, nadie se volvió, nadie pareció impresionado, nadie dejó escapar siquiera un suspiro.

Las conversaciones continuaron.

Las damas seguían riendo, inclinándose unas hacia otras, compitiendo por encontrar la palabra más aduladora para la mujer que ocupaba el centro de la reunión.

—Su majestad siempre ha tenido un gusto incomparable...

—Es usted demasiado generosa, lady...

—Jamás había visto una mesa tan exquisitamente dispuesta…

—Usted es tan refinada su alteza, todas aprendemos de usted, es un deleite verla tomar el té con tanta gracia.

Sofía parpadeó.

“¿Qué…?"

Continuó caminando, su sonrisa permaneció intacta, pero algo dentro de ella comenzó a resquebrajarse, había preparado una entrada triunfal y la corte ni siquiera se había molestado en mirarla, aquello era, francamente, ofensivo.

Sofía carraspeó suavemente.

—Su majestad.

Algunas conversaciones se apagaron, entonces, por fin, las miradas comenzaron a dirigirse hacia ella y Sofía sonrió.

—Es un placer conocerla por fin. Permítame presentarme. Mi nombre es Sofía, de la casa de Arlen. Es un honor conocer a la madre del Imperio.

Y entonces levantó la cabeza, fue en ese instante cuando la vio realmente, Sofía sintió que algo se detenía dentro de ella.

Había esperado encontrar a una mujer consumida por los años, una soberana agotada bajo el peso de una corona demasiado pesada. Una reina decadente, quizá sostenida por el protocolo y por los recuerdos de una gloria que ya pertenecía al pasado.

Pero aquella mujer no se parecía en absoluto a la imagen que Sofía había construido en su imaginación.

Era hermosa.

No de una belleza delicada, sino de aquella clase de belleza que parecía haber sido esculpida para ocupar un trono.

Su cabello rubio caía sobre sus hombros con una perfección casi irreal. Sus ojos verdes brillaban como esmeraldas bajo la luz del sol. Y en su rostro no había cansancio, había poder.

La reina sonrió de manera tranquila y apacible.

—Me alegra que haya aceptado mi invitación, lady Sofía.

Su voz era suave, elegante y, precisamente por eso, resultaba más difícil ignorar la autoridad que había detrás de cada palabra.

—Tome asiento, por favor. Ese lugar está reservado para usted.

Sofía siguió la dirección de su mano y entonces lo vio, el asiento estaba justo en medio, sintió que todas las miradas se clavaban en ella.

Ahora sí las había conseguido, pero ya no eran las miradas curiosas que había imaginado durante su entrada, eran diferentes, mucho más frías y descaradas, las damas de la corte la observaban de arriba abajo con una atención casi enfermiza. Sus ojos recorrían el vestido, el cabello, las joyas, los zapatos. Como si cada una de ellas hubiese recibido una misión secreta: encontrar un defecto.

Uno solo.

Una costura mal hecha.

Una joya de mal gusto.

Una imperfección en el maquillaje.

Cualquier cosa que pudiera convertir a Sofía en objeto de burla, Sofía entendió entonces algo que no había previsto, no la estaban ignorando, la estaban evaluando y con una sonrisa perfectamente ensayada, Sofía comenzó a caminar hacia su asiento.

Cada paso parecía hacer más pesado el silencio.

No bajó la cabeza.

No apresuró el paso.

No permitió que su sonrisa desapareciera.

Si aquellas mujeres querían encontrar una grieta, tendrían que buscarla durante mucho tiempo.

Sofía tomó asiento en el lugar que la reina había reservado para ella.

Entonces cruzó las manos sobre su regazo y miró nuevamente hacia el lugar de honor.

La reina seguía sonriendo, como si nada hubiera ocurrido, como si no hubiese notado las miradas, como si no hubiese sido ella misma quien había colocado a Sofía exactamente en el centro de aquella jaula de seda.

Sofía se inundó de preguntas en su cabeza:

¿Por qué ella?

¿Por qué aquel lugar?

¿Por qué aquella reunión?

La respuesta no llegó, pero, mientras una criada comenzaba a servir el té, Sofía sintió una certeza incómoda instalándose lentamente en su pecho.

Aquello no era una reunión de té, era una prueba y acababa de comenzar.




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