La esposa del conde

Despojos

Desde el día en que Sofía había regresado de conocer a Su Majestad en persona, algo en ella había cambiado.

No era algo que pudiera señalarse con facilidad. Seguía caminando con la misma elegancia estudiada, conservaba aquella sonrisa delicada que hacía pensar en una muchacha dulce y refinada, y su rostro continuaba poseyendo esa belleza casi irreal que había conquistado tantas miradas.

Pero bajo aquella apariencia perfecta, algo había despertado, su codicia había crecido y con ella, su orgullo.

Sofía sentía que había ascendido a un lugar al que los demás apenas podían aspirar. Había estado frente a la reina. Había hablado con ella. Había conseguido agradarle. Y, como si aquello no fuera suficiente, Su Majestad había vuelto a invitarla a su presencia.

Para Sofía, aquello no era una simple invitación.

Era una confirmación.

Una prueba de que estaba destinada a algo mucho más grande.

Durante los días siguientes, su autoestima alcanzó alturas que rozaban la arrogancia. Ya no veía el mundo de la misma manera. Las personas que antes consideraba dignas de su atención comenzaron a parecerle insignificantes. Los vestidos que alguna vez había considerado hermosos de pronto le parecían vulgares. Las joyas que antes la maravillaban ahora le resultaban insuficientes.

Había probado, aunque fuera brevemente, el sabor del mundo de la realeza.

Y ahora quería más.

Cuando regresó a casa y contó a sus padres lo sucedido, la noticia fue recibida como si hubiera sido anunciada la llegada de una nueva era para la familia.

Hubo risas, copas alzadas y felicitaciones.

Héctor, embriagado por la posibilidad de ver a su hija convertida en princesa, no tardó en declarar que, a partir de aquel momento, no escatimaría en gastos.

—Quiero que todos la miren —dijo con orgullo—. Que cuando Sofía entre en una habitación, nadie pueda apartar los ojos de ella.

No repararía en vestidos, joyas, carruajes ni en ninguna otra extravagancia necesaria para hacer resplandecer a su hija.

No lo consideraba un gasto, lo consideraba una inversión, una inversión que, estaba convencido, pronto daría sus frutos.

Porque si las cosas continuaban como hasta entonces, Sofía sería la candidata perfecta para convertirse en la futura princesa heredera.

Mientras la familia celebraba, sin embargo, alguien permanecía en silencio.

Al otro lado de una gruesa pared de piedra, húmeda y helada, Eleonor había escuchado cada palabra.

No necesitaba ver el rostro de sus padres para imaginar la expresión de satisfacción que debían tener.

Apoyó lentamente la espalda contra la pared, la piedra estaba fría, pero no tanto como la sensación que comenzaba a instalarse en su pecho, Eleonor cerró los ojos y dejó escapar un profundo suspiro.

Deseaba, con todo su corazón, que algún día —y esperaba que no fuera demasiado tarde— la familia real pudiera ver lo que ella veía.

Que pudieran mirar más allá de aquel rostro angelical.

Que pudieran descubrir al monstruo que se escondía detrás de aquella sonrisa perfecta.

Porque Eleonor sabía que Sofía no deseaba solamente convertirse en princesa.

Deseaba todo lo que la corona podía darle.

El poder.

La riqueza.

La admiración.

La obediencia de los demás.

Y, sobre todo, la certeza de estar por encima de todos ellos y lo más importante, pisotearla hasta la muerte.

Lo que ocurrió después fue, quizá, la señal más clara de que aquel orgullo ya había echado raíces demasiado profundas.

Aquella misma noche, Sofía se reunió con Octavio como tantas otras veces.

Durante unas horas, ambos se refugiaron en la intimidad de aquella relación secreta que habían mantenido lejos de miradas indiscretas. La pasión terminó apoderándose de ellos y, cuando finalmente el silencio reemplazó a las palabras, Octavio permaneció junto a ella, completamente rendido.

Sofía descansaba entre las sábanas, serena, contemplando las velas mientras él permanecía a sus pies.

Octavio tomó uno de ellos entre sus manos con una devoción casi absurda y depositó un beso sobre su piel.

Entonces Sofía lo apartó, el gesto fue pequeño, pero definitivo y tomó un delicado pañuelo de seda que descansaba junto a la cama y se limpió tranquilamente la piel, como si quisiera borrar cualquier rastro del contacto.

Octavio levantó la mirada, por un instante pareció no comprender, Sofía, en cambio, no mostró la menor emoción.

Su rostro permaneció perfectamente tranquilo, lo miró fijamente y, con una voz suave que hizo que sus palabras resultaran aún más crueles, habló por fin:

—Si realmente me amaras, me quedaría contigo hasta el final, pero como no estoy segura de tu amor, quizá sea mejor que cada quién siga su camino.

El silencio que siguió pareció congelar la habitación, Octavio la contempló sin poder reaccionar.

Sofía simplemente dejó el pañuelo a un lado.

Ya no lo miraba como al hombre que había compartido sus secretos, sus noches y sus deseos.

Lo miraba como algo que había dejado atrás.

Porque, en su mente, Sofía ya había comenzado a caminar hacia un mundo donde Octavio no tenía cabida.

Había probado la cercanía de la corona.

Y ahora todo lo que no pudiera conducirla hasta ella empezaba a parecerle demasiado pequeño, sin embargo, Sofía quería un último acto de obediencia de su amante antes de desecharlo por completo.

Cuando Octavio finalmente salió del shock provocado por sus palabras, se acercó precipitadamente y tomó sus pies entre las manos. Se inclinó hacia ella, con el rostro desencajado y la voz temblorosa, mezclando pánico e incredulidad.

—¿Qué estás diciendo? No te entiendo... ¿Por qué dices eso de repente?

Sofía lo observó en silencio

Luego levantó uno de sus pies y lo apoyó contra la frente de Octavio, con un suave empujón, lo hizo perder el equilibrio y caer de sentón sobre el suelo, Octavio levantó la mirada hacia ella.




Reportar




Uso de Cookies
Con el fin de proporcionar una mejor experiencia de usuario, recopilamos y utilizamos cookies. Si continúa navegando por nuestro sitio web, acepta la recopilación y el uso de cookies.