Eleonor corrió hasta que sus piernas dejaron de obedecerle.
El barro se pegaba a sus zapatos, le pesaba en los vestidos y le enfriaba la piel. La lluvia había empapado cada fibra de su cuerpo. Ya no sentía las manos. Ya no sentía los pies.
Solo sentía el vacío.
—Octavio...
Su voz era apenas un susurro y entonces resbaló, su cuerpo cayó de frente sobre un charco de lodo, el golpe le arrancó el aire de los pulmones, permaneció allí unos segundos, inmóvil, con el rostro hundido en el barro y las manos temblando bajo su propio peso.
Ya no podía correr, ya no podía seguir, con la poca fuerza que le quedaba, levantó lentamente el rostro, se puso de rodillas y entonces lo vio.
Eleonor parpadeó, no podía ser posible, quizá eran las lágrimas, quizá la lluvia, quizá su mente, desesperada, había comenzado a inventar aquello que más deseaba.
Porque bajo aquel árbol...
El árbol.
El mismo árbol donde tantas veces se había refugiado junto a Octavio.
El lugar secreto donde habían compartido sus primeras confidencias, donde ella había apoyado la cabeza sobre su hombro, donde había llorado, donde él había tomado sus manos, donde se habían prometido cosas que ahora parecían pertenecer a otra vida.
Allí estaba él, su Octavio, vivo.
Eleonor abrió los ojos con incredulidad.
—No...
Él estaba de pie junto al tronco, mientras Sofía terminaba de arreglarse el vestido.
Eleonor sintió que una oleada de alivio comenzaba a atravesarla.
Estaba vivo.
¡Estaba vivo!
Había sido una mentira, una terrible mentira, pero estaba vivo, quiso levantarse, quiso correr hacia él, quiso abrazarlo, pero entonces vio a Sofía acercarse a Octavio.
La vio sonreír.
Y antes de que Eleonor pudiera comprender lo que estaba ocurriendo, Sofía tomó el rostro de Octavio entre sus manos y lo besó.
No fue un beso tierno, fue deliberado, exagerado y cruel, un beso destinado a ser visto, asegurándose de que Eleonor no pudiera apartar los ojos.
Octavio permaneció serio, Sofía se separó lentamente de él y miró hacia Eleonor.
Y le sonrió, era una sonrisa que no tenía nada de humana.
—Por todos los cielos, Eleonor...
La recorrió de arriba abajo.
—Eres un desastre.
Eleonor no respondió y Sofía soltó una risita.
—Mírate. Toda cubierta de lodo. Pareces un animal que acaba de revolcarse en el fango.
Eleonor sintió que algo se cerraba alrededor de su garganta.
—¿Qué...?
Su voz se quebró, Sofía ladeó la cabeza.
—¿Qué pasa?
Otra sonrisa se dibujó en sus labios.
—¿Por qué tienes esa cara? ¿No vas a decir nada?
Sofía soltó una carcajada.
—¿Te comió la lengua el gato?
Eleonor retrocedió, una de sus piernas cedió y volvió a caer sobre el barro.
—Octavio...
Él la miró y fue entonces cuando Eleonor comprendió que aquello no era un sueño.
Era peor.
Porque aquellos ojos que tantas veces habían mirado los suyos con ternura ahora parecían pertenecer a un extraño.
—Octavio... ¿qué está pasando?
Él no respondió.
—Me dijeron que estabas muerto.
Una lágrima descendió por el rostro de Eleonor.
—Pensé que...
Su voz se deshizo.
—Pensé que te habían matado.
Sofía volvió a reír.
—Ay, Octavio. Dile la verdad.
Se cruzó de brazos.
—No soporto que nos mire con esa cara de estúpida.
Eleonor levantó los ojos hacia él.
—¿Qué verdad?
Octavio cerró los ojos durante un instante, parecía incapaz de soportar aquella mirada, cuando volvió a abrirlos, su rostro había cambiado, se había endurecido.
—No estoy muerto.
Eleonor dejó escapar una respiración temblorosa, por un instante, casi volvió a sentir esperanza.
Entonces él continuó:
—Solo estábamos jugando contigo.
Sofía estalló en carcajadas.
—¡¿Lo ves?! ¡Te lo dije!
Eleonor permaneció inmóvil.
—No entiendo...
Miró a Octavio.
—¿Una broma?
Su voz era cada vez más pequeña.
—¿Por qué...?
Miró a Sofía, después volvió a mirarlo a él.
—¿Por qué la estás besando?
Octavio apretó la mandíbula.
—Porque nunca debiste creer que eras importante para mí.
Eleonor negó lentamente con la cabeza.
—No.
—Sí.
—No...
—¡¿Es que no estás escuchando?!
La voz de Octavio se volvió áspera.
—Vete de aquí.
Eleonor se estremeció.
—Nunca te quise.
Las palabras parecieron golpearla físicamente.
—Siempre fue Sofía, ella es la mujer a quién amo.
Eleonor dejó de respirar.
—Tú...
—Solo estaba jugando contigo.
Sofía sonreía detrás de él.
—Así que ya vete.
Octavio apartó la mirada, no podía seguir contemplando aquel rostro, el horror que había provocado en ella era insoportable, porque, aunque Eleonor no lo sabía, cada lágrima que veía caer le hacía sentirse más miserable.
Pero no podía retroceder, no ahora.
Sofía dio un paso hacia adelante.
—¿Ya escuchaste, mujerzuela?
Eleonor levantó lentamente la cabeza.
—Fui yo quien le pidió a Octavio que te enamorara.
El silencio fue absoluto, incluso la tormenta pareció quedar lejos.
—¿En serio creíste que se había enamorado de ti?
Sofía soltó una carcajada.
—¿De ti?
La palabra cayó como una bofetada.
—Ay, Eleonor...
Negó con la cabeza.
—Qué estúpida eres.
Eleonor no podía moverse.
—Nadie te quiere.
Sofía se acercó un poco más.
—Ni nuestro padre, ni Octavio, estás sola en este mundo.
Eleonor abrió los labios, pero no encontró palabras.
Sofía señaló a Octavio.
—Así que piérdete.
Su voz se volvió venenosa.
—Y no vuelvas a acercarte a él.
Miró a Octavio.
—Es mío.
Después volvió los ojos hacia Eleonor.
—¿Escuchaste?
Eleonor negó con la cabeza.
—No...no es cierto.
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Editado: 23.09.2026