Las heridas que no se ven

Capítulo 4: Todos cargamos algo

Hoy ha sido mi primera sesión de grupo.

Cuando me lo dijeron esta mañana, no quise ir.

Dije que me dolía la cabeza, que no me sentía bien, que prefería quedarme en mi habitación.

Pero no insistieron.

Solo me dejaron la invitación encima de la mesa, con un subrayado suave al final:

> "Puedes venir. Y si no hablas, también está bien."

Eso me convenció.

No porque quisiera contar nada, sino porque me gusta saber que no tengo que hacerlo.

---

La sala era más grande de lo que imaginaba.

Círculo de sillas, luz suave, una mesa con agua y galletas insípidas que nadie tocó.

Éramos siete.

Cuatro chicas.

Dos chicos.

Y una terapeuta con ojos tristes y voz baja.

Me senté la última.

Con las piernas cruzadas, las manos apretadas y el corazón en la boca.

La terapeuta empezó leyendo una frase.

Una de esas que suenan bien pero no siempre se sienten ciertas.

> “Hablar de lo que duele no lo cura, pero lo libera del silencio que lo enferma.”

Nadie dijo nada durante unos segundos.

Hasta que habló la chica de la silla frente a mí.

Se llama Daniela.

Tiene el pelo corto, negro, y lleva una pulsera de goma que estira y suelta todo el rato.

Comparte pared conmigo, la oigo vomitar casi todas las noches.

—Tengo bulimia —dijo.

—Y me odio —añadió, como si lo segundo doliera más que lo primero.

Después habló Inés, una chica de gafas gruesas, voz bajísima y dedos que no paran de temblar.

—A mí me violó mi tío desde que tenía siete hasta los doce.

—Mi madre lo supo. No hizo nada.

La terapeuta le ofreció una servilleta.

No para que dejara de llorar.

Sino para acompañarla mientras lo hacía.

Nadie se escandalizó.

Nadie se apartó.

Después habló Leo, un chico delgado con mechas rubias, mirada astuta y una risa que parece de mentira.

—Me hicieron bullying desde primaria hasta bachillerato.

—Una vez me mearon en la mochila. Otra, me grabaron y lo subieron a internet.

—Yo solo decía que me dolía la cabeza para no ir al cole.

—Mi madre decía que era flojo. Que los niños son crueles pero se me pasaría.

—Nunca se me pasó.

Después hubo más historias.

Todas distintas.

Todas horribles.

Todas reales.

Nadie interrumpió.

Nadie juzgó.

Solo escuchamos.

Y eso bastó.

---

Cuando me tocó a mí, todos me miraron.

Con esa clase de mirada que no pide, pero espera.

Y no sé por qué,

pero algo se me soltó un poco.

No hablé mucho.

Solo dije:

—Me llamo Mía.

Y a veces no sé si quiero vivir, o si solo estoy cansada de seguir fingiendo.

Nadie me pidió más.

Nadie me dijo “sé fuerte”.

Nadie me dio consejos.

Solo asintieron.

Y por primera vez, **no me sentí una rara entre normales.

Sino una entre muchos que solo…

estamos tratando de seguir.

Al salir, Daniela me dio un papel doblado.

Lo leí al volver a la habitación.

Solo decía:

> “Te oí anoche. Yo también lo hago. Si alguna vez quieres no hacerlo, tocya la pared.”

Me quedé con el papel en la mano durante mucho rato.

Y pensé que tal vez eso era empezar.

No dejar de doler.

Sino dejar de doler sola.

Eran casi las ocho cuando alguien tocó dos veces la puerta de mi habitación.

—¿Puedo pasar? —la voz de Daniela, desde el otro lado, sonó casi sin fuerza.

—Sí —respondí.

Ni siquiera lo pensé.

Entró con el cuerpo encorvado, las manos en los bolsillos del pijama del hospital y el pelo un poco húmedo.

Traía su cuaderno a rayas y una mirada de esas que no preguntan si estás bien, porque ya saben que no.

Se sentó en el borde de mi cama, sin pedir permiso.

Y me pasó su cuaderno.

—¿Puedo enseñarte algo?

Asentí.

Me lo entregó como si me confiara un pedazo de sí misma.

Eran dibujos.

Pequeños, feos, imperfectos.

Pero vivos.

Cuerpos descompuestos.

Rostros distorsionados.

Estómagos vacíos con palabras escritas dentro: “culpa”, “asco”, “ruido”, “nada”.

—A veces me ayuda ponerle cara al monstruo —dijo.

Yo no supe qué decirle.

Pero acaricié con el dedo la hoja.

Muy despacio.

Como si pudiera tocar su herida sin hacerle más daño.

—¿Tú lo haces cada noche? —le pregunté.

—Sí.

Aunque ahora vomito menos.

Pero todavía lo pienso. Todo el tiempo.

—Yo lo pienso también —dije.

—Pero nunca me atreví a decirlo en voz alta.

Nos quedamos en silencio.

Después ella me miró.

Fijo.

—¿Sabes lo que más jode?

—Que hay días que me odio por comer.

Y otros que me odio por no hacerlo.

Asentí.

Me mordí el labio.

Me estaba temblando la garganta.

—¿Y tú? —preguntó Daniela—. ¿Qué haces cuando te duele?

No supe qué responder.

Así que dije la verdad:

—Me encierro.

Me desconecto.

Me invento que no me pasa nada.

—¿Y te funciona?

—Nunca.

Daniela sonrió.

Una sonrisa chiquita, rota, pero honesta.

—A mí tampoco.

Se quedó un rato más.

Me enseñó otro dibujo.

Este era distinto:

Dos manos entrelazadas y una frase escrita con letra temblorosa debajo.

> "No sé si voy a curarme, pero me alegra que no me duela sola."

Se lo devolví.

Y por primera vez desde que estoy aquí,

sentí que alguien me entendía sin necesidad de explicarme.

---

Esa noche no vomité.

Y cuando apagué la luz, toqué la pared.

Dos segundos después,

desde el otro lado,

alguien tocó de vuelta.



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En el texto hay: historia amor, hospital, salud mental

Editado: 22.09.2026

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