Hoy no he podido esquivar la sesión.
Lo intenté.
Dije que estaba cansada. Que me dolía la cabeza. Que prefería otro día.
Pero esta vez, la terapeuta no insistió…
solo dijo:
—Entonces ven y no hables.
Y no supe decir que no.
La sala era la misma.
La terraza del tercer piso. El canal moviéndose despacio. El mismo banco.
Me senté con las manos entrelazadas, los dedos apretándose como si quisieran desaparecer.
Ella no sacó ninguna libreta. No hizo preguntas rápidas.
Solo se sentó frente a mí.
Y esperó.
El silencio duró más de lo que me gustaría admitir.
Pero no era incómodo.
Era… inevitable.
—He vuelto a contar —dije al final.
Sin mirarla.
Sin adornarlo.
Ella asintió.
Como si no fuera una sorpresa. Como si no fuera un fracaso.
—¿Qué sentiste justo antes?
Esa pregunta.
Siempre esa pregunta.
—Nada… —empecé.
Y luego negué con la cabeza.
—No. Sí.
Sentí que… estaba perdiendo el control.
No lloré.
Pero noté algo en la garganta. Algo que llevaba tiempo ahí.
—Estaba mejor —añadí—.
Y eso… me asustó.
No dijo nada.
No me corrigió.
Así que seguí.
—Es como si… —respiré hondo—
como si cuando empiezo a estar bien, algo dentro de mí dijera que no es seguro.
Que no me relaje.
Que no confíe.
La terapeuta se inclinó un poco hacia delante. No invadiendo. Solo acercándose lo justo.
—¿Desde cuándo crees que “estar bien” no es seguro?
Tardé.
Porque la respuesta no estaba en la cabeza.
Estaba más atrás.
—Desde casa —dije.
Y al decirlo en voz alta, algo encajó de una forma que no esperaba.
—Cuando las cosas estaban tranquilas…
duraban poco.
Siempre pasaba algo después.
Un grito. Una decepción. Un silencio de esos que dolían más que cualquier palabra.
Tragué saliva.
—Así que… supongo que aprendí que estar bien era… el principio de que algo iba a romperse.
El aire se quedó quieto un segundo.
Como si incluso el mundo estuviera escuchando.
—Entonces tu mente no está saboteándote —dijo ella suavemente—.
Está intentando protegerte.
Aunque ya no estés allí.
Eso…
eso me descolocó.
Porque siempre pensé que lo que me pasaba era un fallo.
Algo roto.
Algo que tenía que arreglar.
—Pero ya no estoy allí —susurré.
—No —respondió—.
Pero tu cuerpo aún no lo sabe del todo.
Me quedé mirando mis manos.
Por primera vez, no las sentía como enemigas.
Solo… cansadas.
—¿Y lo de… controlar? —pregunté—.
La comida. Los números. Todo eso.
Ella no respondió enseguida.
Como si eligiera bien cada palabra.
—Cuando no puedes controlar lo importante,
controlas lo accesible.
Respiré hondo.
—Mi cuerpo.
—Tu cuerpo —confirmó—.
Porque era lo único que dependía de ti.
Ahí sí.
Ahí algo se rompió un poco.
No de forma brusca.
No con ruido.
Pero se rompió.
—Pero ya no quiero hacerlo —dije, casi enfadada—.
No quiero seguir así.
—Y aun así, una parte de ti lo hace.
Asentí.
—Eso no te hace incoherente —añadió—.
Te hace humana.
Nos quedamos en silencio otra vez.
Pero ya no era el mismo.
Este tenía forma.
Tenía sentido.
No sé en qué momento salió su nombre.
No lo tenía pensado.
No iba a hablar de eso.
Pero salió.
—Hay alguien…
La terapeuta no interrumpió.
—Ara.
Y al decirlo, sentí algo raro en el pecho.
Algo que no dolía, pero tampoco era fácil de sostener.
—¿Qué pasa con Ara? —preguntó.
Solté una risa pequeña. Nerviosa.
—Que… se queda.
Parecía una tontería.
Pero no lo era.
—Y no debería ser tan importante —añadí—,
pero lo es.
Respiré hondo.
Esta parte daba más miedo que hablar de la comida.
—No me pide que esté bien.
No me exige nada.
No se va cuando estoy… así.
Hice un gesto vago con la mano.
—Y eso… —me quedé en silencio—
eso me descoloca.
La terapeuta no sonrió. No romantizó nada.
Solo preguntó:
—¿Qué sientes cuando ella se queda?
Y ahí sí.
Ahí no pude esquivar.
—Miedo.
La palabra salió rápida.
—Mucho miedo.
Noté cómo se me tensaban los hombros.
—Porque si la dejo entrar…
si me acostumbro…
si empiezo a necesitarla…
Tragué saliva.
—Entonces puede irse.
El silencio después de eso fue distinto.
Más denso.
Más real.
—¿Y hay algo más además de miedo? —preguntó ella.
Quise decir que no.
Era más fácil.
Pero no.
—Sí.
Muy bajito.
—Hay algo más.
Me costó decirlo.
Mucho.
—Cuando está…
cuando me mira…
cuando no se va…
Cerré los ojos un segundo.
—Me siento… importante.
La palabra me tembló.
—Como si…
no fuera tan difícil de querer.
No lloré.
Pero estuve cerca.
—Y eso me asusta más que todo lo demás.
La terapeuta dejó unos segundos antes de hablar.
—Porque contradice todo lo que has aprendido sobre ti.
Asentí.
—Exacto.
—Mía —dijo con calma—,
dejarse querer no es perder el control.
Es construir algo que no depende solo de ti.
No respondí.
Pero me quedé con eso.
—No tienes que hacerlo de golpe —añadió—.
No tienes que confiar del todo hoy.
Pero puedes empezar por no alejarla cuando se acerca.
Pensé en la puerta.
En ayer.
En cómo no abrí.
Y por primera vez, no lo sentí solo como un fallo.
Lo sentí como algo que puedo hacer distinto la próxima vez.
Cuando terminó la sesión, no me levanté enseguida.
Me quedé un momento más.
Respirando.
No estoy bien.