Las heridas que no se ven

Capítulo 5: Aprender a romper sin esconderse

No quería ir.

Otra vez la misma sala.

La misma terapeuta.

La misma libreta en blanco que me pone delante como si yo tuviera algo que escribir.

Pero fui.

No porque quisiera,

sino porque algo dentro de mí…

ya no quiere seguir huyendo.

---

Se llama Silvia.

Tiene unos cuarenta y algo.

Pelo castaño, rizado, recogido.

Lleva vestidos cómodos y zapatillas sin cordones.

No es condescendiente.

No sonríe todo el rato como esas personas que creen que el positivismo cura.

Solo está.

Presente.

Atenta.

Silenciosa cuando hace falta.

Me invitó a sentarme.

Me ofreció té, que rechacé.

Y luego esperó.

No me miró como si esperara un discurso.

Solo… dejó espacio.

Yo no dije nada al principio.

Solo empecé a arrugar la manga de mi sudadera una y otra vez.

La sentí mirándome, pero sin presión.

—¿Quieres que empecemos por algo fácil? —me preguntó.

—¿Existe eso aquí?

Sonrió.

Una de esas sonrisas que no busca gustarte.

Solo recordarte que no estás sola en la habitación.

—¿Sabes por qué estás aquí, Mía?

Abrí la boca para responder con la frase automática:

"Porque intenté suicidarme."

Pero me detuve.

Y dije:

—Porque ya no sabía cómo pedir ayuda sin que sonara a drama.

Silvia asintió.

—¿Y ahora sabes?

Me quedé callada.

—No —respondí al final—. Solo sé que… ya no puedo más con esto adentro.

Y entonces, lloré.

No esas lágrimas controladas que uso cuando alguien me ve.

No un llanto de consuelo.

Lloré como una niña a la que nunca nadie le dijo “está bien que duela”.

Me cubrí la cara.

Me incliné hacia adelante.

Y solté un sollozo que salió como un grito ahogado.

Uno de esos que se lleva años acumulando.

Silvia no dijo nada.

No se levantó.

No me dio un pañuelo de inmediato.

Solo dejó que llorara.

Me dejó romperme sin miedo a que eso la alejara.

—Te escucho —dijo, cuando ya casi no me quedaban lágrimas.

Y por primera vez en mucho tiempo, le creí.

---

No hablé de todo.

Ni de Rocky.

Ni de las noches vomitando.

Ni de cuando me encerraba en el baño para no comer.

Ni de las veces que pensé que no merecía estar viva.

Pero hablé de algo.

—Me siento como si estuviera llena de cosas rotas —le dije.

—Como si si alguien me tocara muy fuerte, me desarmara para siempre.

Silvia escribió algo en su libreta.

No me dijo qué.

Y no le pregunté.

Antes de terminar, me miró a los ojos y dijo:

—Estás aquí.

Estás viva.

Y no eres peligrosa por estar rota.

Me dieron ganas de abrazarla.

Pero no lo hice.

No aún.

Salí de la sala con los ojos hinchados,

pero por dentro…

algo estaba distinto.

No mejor.

No curado.

Pero más liviano.

Porque al fin, me rompí delante de alguien…

y no pasó nada malo.

Por la tarde tuvimos grupo otra vez.

Pero esta vez…

fue distinto.

No era la misma calma tensa del primer día, ni ese silencio compartido que parecía respetuoso.

Hoy la terapeuta nos propuso algo más frontal.

—Hoy no vamos a hablar de lo que nos pasó —dijo—.

Vamos a hablar de lo que nos decimos a nosotros mismos cuando nadie nos ve.

Todos nos quedamos quietos.

Las miradas bajaron, los dedos empezaron a moverse.

Ese tipo de propuesta hace ruido sin gritar.

Silvia colocó una caja en el centro.

Con papeles doblados.

Y uno por uno, nos fue haciendo sacar uno.

En cada papel, una frase escrita por otro paciente, anónimamente.

El trato era leerla en voz alta.

Y decir si alguna vez habíamos pensado eso sobre nosotros mismos.

---

Daniela sacó uno y lo leyó en voz casi inaudible:

> “Soy una carga para todos.”

Se le quebró la voz.

Y no dijo nada más.

Pero sus manos temblaban tanto que la terapeuta se inclinó un poco hacia ella, sin tocarla, solo cerca.

Un gesto casi invisible.

Pero brutal.

Leo leyó otra:

> “No sé por qué sigo aquí si nadie lo notaría si me fuera.”

Miró al frente.

Y luego al suelo.

—Esto lo pienso casi todos los días —dijo.

Se encogió sobre sí mismo.

Como si cada palabra le doliera en la piel.

Inés leyó uno que decía:

> “Me odio más cuando sonrío, porque parece que estoy bien y no es verdad.”

Y entonces… lloró.

Pero no un llanto tranquilo.

Lloró con el cuerpo entero.

Con el pecho agitado.

Con las manos en la cara.

Y por un segundo…

todos quisimos levantarnos, pero nadie lo hizo.

Porque Silvia no lo permitió.

Con la mirada, nos dijo:

> “Dejadla.

Está sintiendo.

Y eso también hay que sostenerlo.”

Yo me mordí la lengua para no llorar con ella.

Me apreté los muslos con las manos.

Sentí que las lágrimas me arañaban por dentro.

Y entonces, lo supe:

Todos nos decimos cosas horribles.

Todos tenemos voces internas que nos matan despacio.

Y ninguno de nosotros debería tener que pelear solo contra eso.

---

Cuando me tocó, el papel que saqué tenía escrito:

> “Mi cuerpo es mi enemigo.”

No dije nada.

Solo lo leí.

Y lo solté.

Pero me temblaban los dedos.

Silvia no me pidió que hablara.

Solo asintió.

Y eso fue suficiente.

Porque en ese espacio, por primera vez, entendí que las heridas que me hicieron no me definen…

pero sí me habitan.

Y que si no las miro, si no las nombro,

seguirán gobernándome desde adentro.

---

Al final de la sesión, nadie aplaudió.

Nadie dijo “muy bien”.

Nadie abrazó a nadie.

Solo salimos uno a uno.

En silencio.

Con la garganta cerrada y el pecho un poco más abierto.



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En el texto hay: historia amor, hospital, salud mental

Editado: 22.09.2026

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