Mi terapeuta dice que el alta aún no.
Que hay cosas que todavía no están del todo bien.
Que mis pensamientos siguen siendo punzantes.
Que mis noches todavía no son del todo seguras.
Pero también dice que ya no me escondo.
Que ya no miento tanto.
Que a veces pido ayuda.
Y que eso, aunque no parezca mucho, es gigante.
Así que este miércoles, a las 10:00 de la mañana,
me dieron algo que no sabía cuánto deseaba hasta que lo tuve:
Un permiso de salida.
Sola.
Sin vigilancia.
Libre por unas horas.
Firmé el papel con las manos un poco temblorosas.
Me puse mi sudadera gris favorita,
me até bien los cordones de las zapatillas
y salí por la puerta principal del hospital con un nudo en el estómago y una lágrima seca en el ojo derecho.
El sol me pegó de lleno en la cara.
El aire ya no olía a desinfectante.
Y el suelo, el cemento rugoso de la calle,
me pareció duro, real, casi brutal.
Y a la vez…
tan mío.
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Sabía perfectamente a dónde quería ir.
Caminé con pasos lentos,
mirando las caras de la gente que no me conocía,
las tiendas abiertas,
los perros atados,
los carteles de clase colgando de los muros de la universidad.
Mi universidad.
Me la habían arrancado de golpe hace tres meses.
Y volver a pisarla sin ser “la chica loca que ingresaron”
se sentía como un acto de resistencia.
Sabía que Ara y Luna estarían en clase a esa hora.
Lo comprobé varias veces en el horario desde la app de la uni.
Y aunque no había avisado a nadie,
aunque no sabía si ellas querían verme…
yo quería verlas.
A las dos.
A mi mejor amiga.
Y a la chica de las manos tibias.
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Esperé en el banco de piedra frente al edificio de Ciencias Sociales.
Las piernas me temblaban.
El corazón me retumbaba contra el pecho como un tambor en medio de una protesta.
Pasaban estudiantes a mi alrededor,
y nadie me miraba.
Y eso, curiosamente, me hizo sentir mejor.
No era especial.
Solo estaba viva.
Y en medio de una mañana cualquiera.
A las 11:05, la puerta del aula se abrió.
Primero salió un grupo ruidoso.
Después un par de chicos.
Y entonces…
Las vi.
Luna, con su pelo suelto, mochila al hombro, cara de agotamiento.
Ara, a su lado, con un café frío en la mano y cara de no haber dormido mucho.
Tardaron unos segundos en verme.
Fue Luna quien me vio primero.
Se detuvo.
Se quedó quieta.
Y por un instante,
creí que iba a llorar.
Pero no.
Solo me sonrió.
Con esa sonrisa rota que conozco desde que éramos niñas.
Esa que se guarda para cuando no sabe si correr o quedarse.
Caminó hacia mí.
Y entonces,
corrió.
Me abrazó tan fuerte que pensé que iba a romperme los huesos.
Pero me dejó intacta.
Ara llegó segundos después.
Y no dijo nada.
Solo puso la mano en mi espalda.
Y en ese momento,
entre las dos,
entendí que la vida allá afuera no se había olvidado de mí.
Solo me estaba esperando.
No preguntamos a dónde ir.
Fue instintivo.
Natural.
Como si en nuestros cuerpos aún quedara la costumbre de saber qué hacer cuando estábamos juntas.
Nos miramos,
y sin decirlo,
fuimos a la cafetería.
La de siempre.
La de Lorenzo.
Caminamos las tres como antes,
como si nunca me hubiera ido.
Como si no hubiera pasado lo que pasó.
Como si el mundo no se hubiera abierto bajo nuestros pies.
Al llegar, la campanita sonó como siempre.
Ese pequeño tintineo que para nosotros es casi un ritual.
El anuncio de que estamos a salvo.
Lorenzo estaba detrás de la barra.
Cuando me vio, se le congeló la expresión solo un segundo.
Y luego me regaló una sonrisa honesta,
de esas que no se dan por compromiso.
—Mía —dijo, como si no pudiera creerlo.
—Te ves bien.
Yo no sabía si era verdad.
Pero le agradecí el gesto.
No necesitaba más.
Nos sentamos en la misma mesa de siempre, al fondo,
junto a la ventana.
Donde solíamos reírnos hasta que nos dolía el estómago,
donde Luna se enamoró sin saberlo,
y donde yo…
yo fingía que estaba bien,
aunque me estuviera rompiendo por dentro.
Pero hoy…
hoy no hacía falta fingir.
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Nos trajeron tres cafés con leche.
Como siempre.
Y al principio, no hablamos.
Solo nos miramos.
Nos sonreímos.
Y lloramos un poquito,
cada una a su manera.
Luna fue la primera en romper el silencio.
—Pensé que no te ibas a volver a sentar con nosotras.
—Yo también —dije.
—Pero no sabes cuánto lo deseé.
Ara me miraba con esa mezcla de ternura y preocupación que le conozco bien.
Esa mirada que no interrumpe, pero abraza.
—¿Te sientes rara? —preguntó.
—Muchísimo —admití—.
Siento que el mundo siguió sin mí.
Y a la vez… como si nada hubiera cambiado.
Luna asintió.
Tenía esa mirada nublada que se le pone cuando está a punto de decir algo importante.
—Todo cambió.
Pero tú no te perdiste de nada.
Te estabas salvando.
Esa frase me atravesó.
Como si alguien hubiera entrado y reacomodado todo por dentro.
Me llevé las manos a la taza caliente.
Y, por primera vez en meses,
me sentí parte de algo otra vez.
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No hablamos de Eren.
Ni de la noche en el puente.
Ni del dolor en voz alta.
Solo estuvimos.
Nos contamos pequeñas cosas.
De las clases.
Del profesor nuevo de literatura.
De lo mala que sigue siendo la comida de la facultad.
Y en ese momento,
más allá del ruido de la calle,
del murmullo de fondo,